viernes, 31 de marzo de 2017

"COMO OVEJAS EN MEDIO DE LOBOS"




   “COMO OVEJAS EN MEDIO DE LOBOS” He aquí el sello que nos permite en todo los tiempos reconocer a los (verdaderos) discípulos (de Cristo).


   Monseñor Straubinger.

Sagrado Corazón de Jesús


LOS DEMONIOS EXISTEN, NO LOS TEMAS. PERO TEN CUIDADO CON ELLOS




El poeta francés Charles Baudelaire dijo que: “El mayor engaño del diablo es hacernos creer que no existe”

DEBEMOS EXAMINAR Y MODERAR LOS DESEOS DEL CORAZÓN




   Cristo. Hijo mío, hay aún muchas cosas que debes aprender bien, pues no las sabes todavía.

   El discípulo. ¿Cuáles, Señor?

   Cristo. Gobernar tus deseos en perfecto acuerdo con mi voluntad, no querer hacer lo que tú quisieras, sino procurar con celo ardiente que se haga lo que yo quiero.

   Tienes muchas veces deseos que te abrasan y empujan con vehemencia. Pero mira bien si no te mueve más bien el amor propio que mi honor. Si soy yo el motivo real, quedarás muy contento como quiera que yo disponga. Más si allá en los repliegues de tu alma se esconde algo de amor propio, allí tienes precisamente lo que te embaraza y apesadumbra.

   Guárdate, pues, de empeñarte demasiado en llevar a cabo proyectos que formaste sin consultar antes mi voluntad. No sea que lo que al principio te gusta y lo sigues por parecerte mejor, después te disguste, y aun te pese de haberlo hecho. Porque ni se debe seguir sin más ni más toda inclinación que parezca buena, ni dejar de hacer lo que de pronto repugne.

   Aun las buenas inclinaciones y deseos convienen a veces refrenar, ya para evitar que la importunidad del deseo distraiga el espíritu, ya para no dar escándalo al prójimo con la falta de gobierno de sí mismo, o también para no turbarse súbitamente y sucumbir a la oposición de otros.

   Pero otras veces es preciso hacerse fuerza y refrenar virilmente el apetito sensitivo, sin prestar atención a lo que ame o deteste el cuerpo; sino más bien esforzarse por sujetarlo al espíritu aunque no quiera.

   Y hay que mortificarlo continuamente y forzarlo a obedecer hasta que se halle dispuesto a todo, y aprenda a contentarse con poco y deleitarse en lo sencillo, sin murmurar jamás por incomodidad alguna.


“LA IMITACIÓN DE CRISTO”


Por el Beato Tomás de Kempis.

domingo, 26 de marzo de 2017

Comulgar con fe y amor




Discípulo. — Dígame: Padre, ¿cuáles son las disposiciones para comulgar bien y con fruto?

Maestro. –– Primeramente, nunca debemos acercarnos a comulgar como autómatas, con frialdad, apatía o indiferencia, sino con devoción, fervorosos, rebosantes de fe y de grande amor. ¿Acaso este Sacramento no es el Misterium fidei, el misterio de Fe por excelencia? Sí, es misterio de fe porque creemos en él en contra de nuestros sentidos, que no ven en la Hostia blanca y pura más que el pan, en el cáliz otra cosa que vino, sintiendo el sabor, olor y tacto de pan y de vino.

Pero si, efectivamente y con la mayor firmeza, creemos que en la Santísima Eucaristía está presente real y verdaderamente Jesucristo, verdadero Dios, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y creemos que al ir a comulgar recibimos en verdad a este Dios, que entra en nosotros y se hace uno con nosotros, ¿qué sentimientos y afectos deberemos llevar, tener, sentir? ¿Qué alegría no experimentaremos? ¿Qué esperanzas de consuelo y de protección? ¿Cuál no deberá ser la profundidad de nuestra voluntad y devoción al recibirlo? ¿Con qué anhelo no suspiraremos por El, invocándole, suplicándole y dándole gracias?

Léese en la Vida de San Felipe Neri que empleaba el mayor tiempo posible para la celebración de la Santa Misa y para dar gracias, y que frecuentemente despedía al monaguillo después de la Consagración con estas palabras: —Vete, ya volverás dentro de una o dos horas, cuando yo te llame. Y entretanto se comunicaba con Jesús, Hostia viviente en el Altar, por largo tiempo y en íntima conversación, como un amigo con su amigo más entrañable.

D. —Yo también, Padre, he oído hablar y contar lo mismo de algunos santos, que, celebrando la Misa, en el momento de la Consagración y de la Comunión, veían y sentían visiblemente a Jesucristo, como le sucedió muchas veces al Beato Juan de Ribera, al Beato Eymard, a San José Cottolengo, a San Juan Bosco y a muchos otros.

M.— Sin contar los sacerdotes, es muy cierto que muchos otros, como Santa Teresa de Jesús, Santa Teresita del Niño Jesús, San Luis Gonzaga, el Siervo de Dios, Domingo Savio, etc., etc., con frecuencia quedaban arrobados, en éxtasis, después de comulgar, y al volver en sí de este suavísimo sueño, se sentían rebosar de Jesús y de sus divinos consuelos.

D. ¡Ah, sí me lo concediera el Señor a mí alguna vez!

M. –– Sí, te lo puede conceder, pues ¿quién es capaz de contar el número de almas a quienes Jesús se ha manifestado de esta manera sensible y real? Habiendo fe y amor, existe también el milagro.

D. — Padre, por lo que toca a la fe, creo tenerla, pues estoy firmemente convencido de estas grandes verdades; pero en cuanto al amor no me basta todavía. Dígame algo sobre él.

M.Santo Tomás de Aquino, serafín de amor, dice que debemos acercarnos a comulgar con el mismo impulso con que se precipita la abeja sobre la flor para libar el polen que después convierte en dulcísima miel; con la misma ansiedad con la que, calenturiento, se lanza uno sobre el agua para calmar su sed; con la impetuosidad con que el niño se pega al pecho de su madre para chupar la leche que ha de convertir en su sustancia. El amor es un fuego que todo lo abraza. Si amáramos de veras a Jesús, desearíamos recibirlo con más ardor, y frecuentaríamos más la Sagrada Comunión. “El amor no es amado”, decía Santa Teresa derretida en lágrimas.

D. –– ¡Oh Padre, qué cosas tan hermosas! Pero prácticamente, ¿qué hay que hacer para sentir ese amor y esa fe?

M. — Es cuestión de acostumbrarse, pues se consigue poniendo sumo empeño y esforzando mucho la buena voluntad. O mejor, es cosa de hacerse siempre niños, considerar la Comunión como la leche que debe darnos la vida, el crecimiento, la robustez, la perfección, la santificación y la divinización. En vez de en el niño, pensemos en el pobre que pide al rico, en el enfermo que pide la salud al médico, en el náufrago que demanda ayuda y salvación.

Hace algunos años asistí a un enfermo muy grave, que no cesaba de pedir viniera el médico. Cuando éste llegó, inmediatamente exclamó: “Doctor, ¡no me deje morir! ¡No me deje morir!” Este grito de angustia expresaba la confianza sin límites que este pobre enfermo había depositado en el médico y el favor que le pedía de curar sus males. Nosotros somos los necesitados de siempre, los enfermos de todas horas; necesitamos constantemente la Eucaristía, que es el tesoro inagotable, la medicina y el bálsamo divino: acerquémonos a la Comunión y repitamos también nosotros la súplica de aquel moribundo: — ¡Jesús, no me dejéis morir! ¡Haced que viva para amaros siempre y más y más!

En todas las peregrinaciones que continuamente se hacen a Lourdes desde hace casi noventa años, por ser la ciudad del milagro, se celebra una función especial, que consiste en bendecir a los enfermos con el Santísimo, llevado por uno de los señores Obispos allí presentes.

Siempre se desarrollan escenas de fe y de amor. Miles y miles de fieles, postrados de rodillas, lloviendo o bajo un sol canicular, no cesan de gritar: ¡Jesucristo, tened piedad de nosotros! ¡Jesús, haced que vea! ¡Haced que oiga! ¡Haced que ande! ¡Haced que sane!

Espectáculo por demás conmovedor, al que nadie puede asistir sin extremos de fe y sin derramar lágrimas. La oración brota espontánea de los labios, nace impetuosa, atronando el espacio, capaz por sí sola de ablandar los corazones más duros, y que cada vez es seguida de los más estruendosos milagros.

Pues bien, cuando asistimos a la Santa Misa y nos acercamos a comulgar, acordémonos de Lourdes, y lancemos con todo el ardor de nuestro espíritu estas mismas invocaciones de fe, de esperanza y de amor.

D. — Entonces podríamos decir en verdad que nuestras Comuniones fructifican y son muy agradables a Jesucristo.

M. –– Serían tal como Jesucristo las quiere y como deben ser siempre: obradoras de milagros.



COMULGAD BIEN


Pbro. Luis José Chiavarino

sábado, 25 de marzo de 2017

La adoración en espíritu y en verdad (Parte III y final) Una lectura maravillosa para los que gustan de visitar a nuestro Señor en la Eucaristía.




   Para adorar bien es necesario recordar que Jesucristo, presente en la Eucaristía, glorifica y continúa allí todos los misterios y todas las virtudes de su vida mortal.

   Es preciso tener presente que la santa Eucaristía es Jesucristo pasado, presente y futuro; que la Eucaristía es el último desenvolvimiento de la Encarnación y la prolongación de la vida mortal del Salvador; que allí Jesucristo nos comunica todas las gracias; que todas las verdades confluyen a la Eucaristía, y que al decir Eucaristía se ha dicho todo, pues no es sino el propio Jesucristo.

   Que la santísima Eucaristía sea, pues, nuestro punto de partida en la meditación de los misterios, de las virtudes y de las verdades de la Religión. Ella es el foco: es las verdades no son sino los rayos.

   Partamos del foco, y nuestros pensamientos se irradiarán por todo el ámbito del mundo sobrenatural. ¿Qué cosa más sencilla que relacionar el nacimiento de Jesús en el establo, con su nacimiento sacramental sobre el altar y en nuestros corazones?

   ¿Quién no ve que la vida oculta de Nazareth se continúa en la divina Hostia del Tabernáculo, y que la Pasión del Hombre-Dios en el Calvario se renueva en el santo Sacrificio en cada momento del tiempo y en todos los lugares del mundo?

   ¿Nuestro Señor Jesucristo no es por ventura tan dulce y humilde en el Sacramento como lo fué durante su vida mortal?

   ¿No es allí siempre el buen Pastor, el Consolador divino, el Amigo del corazón?

   ¡Feliz el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía, y en la Eucaristía todas las cosas!



“LA DIVINA EUCARISTÍA”

San Pedro Julián Eymard




viernes, 24 de marzo de 2017

La adoración en espíritu y en verdad (Parte II) Una lectura maravillosa para los que gustan de visitar a nuestro Señor en la Eucaristía.




   ¿Queréis ser felices en el amor? Vivid continuamente en la bondad de Jesucristo, siempre nuevas para vosotros; seguid en Jesús el trabajo de su amor hacia vos. Contemplad la belleza de sus virtudes, la luz de su amor, más bien que sus ardores; en nosotros el fuego del amor pasa presto, pero permanece su verdad.

   Comenzad todas vuestras adoraciones por un acto de amor, y abriréis deliciosamente vuestra alma a su acción divina. Si os detenéis en el camino, es porque empezáis por vosotros mismos; o bien, si empezáis por cualquiera otra virtud que el amor, os extraviáis. ¿Acaso el niño no abraza a su madre antes de obedecerla? El amor es la única puerta del corazón.

   ¿Pero queréis ser nobles en el amor? Hablad al amor de sí mismo: hablad a Jesús de su Padre celestial a quien tanto ama: Obladle de los trabajos que Él emprendió para su gloria, y alegraréis su corazón y os amará más y más.

   Hablad a Jesús de su amor hacia todos los hombres, y esto dilatará su corazón y el vuestro a causa de la felicidad y de la alegría.

   Hablad a Jesús de su santa Madre, que le fué tan querida, y renovaréis en Él la dicha de un buen Hijo; habladle de sus Santos para glorificar la gracia de Dios en ellos.

   El verdadero secreto del amor es, pues, olvidarse uno de sí mismo, como San Juan Bautista, para exaltar y glorificar a Nuestro Señor Jesucristo.

   El verdadero amor no considera lo que da, sino lo que merece el ser querido.

   Si lo haces asi, entonces Jesús, contento de ti, te hablará de ti mismo; te manifestará su amor hacia ti, y tu corazón se abrirá a los rayos de este sol como la flor, húmeda y fría por la noche, a los rayos del astro del día. Su dulce voz penetrará tu alma como el fuego penetra en un cuerpo combustible. Y dirás entonces como la Esposa de los Cantares: “Mi alma se ha derretido de felicidad a la voz de mi amado.” —Entonces le oirás en silencio, o más bien, en la acción más suave y más fuerte del amor: entonces irás a Él.

   Porque lo que más tristemente se opone de ordinario el desenvolvimiento de, la gracia del amor en nosotros, es que, apenas hemos llegado a los pies del buen Señor, le hablamos en seguida de nosotros mismos, de nuestros pecados, de nuestros defectos  de nuestra pobreza espiritual; es decir, que nos fatigamos el espíritu a la vista de nuestras miserias, nos contristamos el corazón ante el pensamiento de nuestra ingratitud e infidelidad; la tristeza trae aparejada la pena, la pena el desaliento, y sólo a fuerza de humildad, de angustia y sufrimiento salimos de ese laberinto para encontrarnos libres en la presencia de Dios.

   En adelante, pues, no obres asi. —Más como el primer movimiento del alma determina ordinariamente toda la acción, dirige este primer movimiento hacia Dios, y dile: “¡Oh mi buen Jesús, cuánta es mi felicidad y mi alegría por venir a veros, por venir a pasar con Vos esta buena hora y  comunicaros mi amor! ¡Cuán bueno sois por haberme llamado! ¡Cuán amable por amar a una criatura tan pobre como yo! ¡Oh, sí, quiero amaros con toda mi alma!”

   El amor entonces te ha abierto ya la puerta del corazón de Jesús; entra, ama y adora.



“LA DIVINA EUCARISTÍA”

San Pedro Julián Eymard




jueves, 23 de marzo de 2017

La adoración en espíritu y en verdad (Parte I) Una lectura maravillosa para los que gustan de visitar a nuestro Señor en la Eucaristía.




     “El Padre busca adoradores en espíritu y en verdad.” (Juan. VI, 23.)


   La Adoración eucarística tiene por objeto la divina Persona de Nuestro Señor Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento.

   Allí está vivo, queriendo que nosotros le hablemos para hablarnos Él a su vez.

   Todo el mundo puede hablar a Nuestro Señor. ¿No está allí para todos? ¿No nos ha dicho: Venid todos a mí?

   Y este coloquio que se establece entre el alma y Nuestro Señor es la verdadera meditación eucarística: en esto consiste la adoración.

   Todo el mundo tiene la gracia para ello. Mas para hacerlo con éxito y evitar la rutina o la aridez del espíritu y del corazón, es necesario que los adoradores se inspiren en los gratos atractivos de los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen o de las virtudes de los Santos, a fin de honrar y glorificar al Dios de la Eucaristía por todas las virtudes de su vida mortal, así como también por las de todos los Santos, para quienes Él fué la gracia y el fin, y hoy es la corona de gloria.

   Considera la hora de adoración que se te ha concedido como una hora del Paraíso; ve allí como se va al cielo, al banquete divino, y esta hora será deseada y saludada con plácemes. — Agita suavemente en tu corazón el deseo de esta hora. Di: “Dentro de cuatro horas, de dos horas, de una hora, iré a la audiencia de gracia y de amor de ¿Nuestro Señor Jesucristo : Él me ha invitado, me espera y desea tenerme a su lado.”

   Cuando la naturaleza os depare una hora penosa, regocijaos más en la presencia de Dios: vuestro amor será más grande porque sufrirá más: esta es la hora privilegiada que será contada por dos.

   Cuando por enfermedad o imposibilidad no podáis hacer vuestra adoración, dejad que vuestro corazón se contriste un instante: constituíos luego en adoración, en espíritu juntamente con aquellos que hacen su adoración en aquel momento: en vuestro lecho de dolor, en los viajes o durante el trabajo que os ocupa, guardad un mayor recogimiento durante esa hora, y conseguiréis el mismo fruto que si hubieseis podido ir a los pies del buen Señor: esta hora será tenida en cuenta, y tal vez doblado su valor.

   Id a Nuestro Señor tal y como sois: que vuestra meditación sea natural. —Agotad vuestro caudal de piedad y de amor antes de hacer uso de los libros; aficionaos al libro inagotable de la humildad y del amor. — Que os acompañe un libro piadoso para volveros al buen camino cuando el espíritu se extravía o cuando vuestros sentidos se adormecen, está muy bien; pero tened presente que nuestro buen Señor prefiere la pobreza de nuestro corazón a los más sublimes pensamientos y afectos tomados de otros.

   Sabed bien que Nuestro Dios y Señor quiere nuestro corazón y no el de otros: Él quiere el pensamiento y la oración de este corazón como la expresión natural de nuestro amor hacia Él.

   Frecuentemente es fruto de un sutil amor propio, de la impaciencia o de la cobardía, el no querer ir uno al Señor con su propia miseria o su humillada pobreza; y sin embargo, esto es lo que el Señor prefiere a todo lo demás, esto es lo que Él ama y bendice.

   Os halláis en la aridez, pues glorificad la gracia de Dios, sin la cual nada podéis; abrid entonces vuestra alma al cielo, bien así como la flor abre su cáliz a la salida del sol para recibir el rocío bienhechor.

   Os halláis en la más completa impotencia, el espíritu entre tinieblas, el corazón bajo el peso de su frivolidad, el cuerpo atormentado por el dolor; haced entonces la adoración del pobre; salid de vuestra pobreza e id a habitar junto al Señor, o bien ofrecedle vuestra pobreza para que Él la trueque en riqueza: esto es una gran obra digna de su gloria.

   Mas os encontráis tal vez en el estado de tentación y tristeza, todo se conjura contra vosotros, todo os lleva a abandonar la adoración con, el pretexto de que ofendéis a Dios, que le deshonráis más bien que le servís; no prestéis oídos a esta tentación especiosa; en esto consiste la adoración del combate, de fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, no, no le desagradáis; antes por el contrario, causáis las delicias de vuestro Señor que os está mirando, y que ha permitido a Satanás que turbe vuestra tranquilidad. Él espera de nosotros el homenaje de la perseverancia hasta el último minuto del tiempo que debíamos consagrarle.

   Que la confianza, la sencillez y el amor os conduzcan, pues, a la adoración.



“LA DIVINA EUCARISTÍA”

San Pedro Julián Eymard


Falsas excusas y pretextos para no confesar (Aprende a librarte de ellas)




Comentario del blog: Gracias a los lectores que siguieron esta larga  publicación que hoy llega a su final. Sólo quiero decirles que esta obra es muy antigua. Si de algo les sirvió estas publicaciones a la hora de confesar, por favor eleven una oración por el alma del  Presbítero Misionero José Luis Chiavarino. Dios los bendiga y la Virgen les guarde.

Discípulo. — En cuanto a mí estoy bien persuadido de todas cuantas cosas, lindísimas por cierto, se ha dignado usted referirme hasta aquí; de las excelentes ventajas de la confesión bien hecha y de la confesión frecuente; mas hay muchos que, para no confesarse con frecuencia o para no confesarse nunca, tejen mil excusas o pretextos. ¿Tendría a bien sugerirme el modo de combatirlos y convencerlos?

Maestro. — Con mucho gusto te voy a complacer; exponme sencillamente las excusas y pretextos de los primeros y asimismo las excusas y pretextos de los segundos.

D. — Yo no tengo pecados que confesar, dicen algunos.

M.¿Será posible? El Espíritu Santo dice que aun el justo cae siete veces al día, y San Juan Evangelista escribe: “Si dijéramos que no tenemos culpa, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros”. Los que dicen no tener pecados que confesar son ciegos miserables, que no conocen la propia miseria, precisamente porque no se confiesan con la debida frecuencia. Las personas pulcras no permiten ni toleran la más mínima mancha en sus vestidos ni en sus personas; más las menos pulcras, no se cuidan de eso, ni les dan fastidio las mayores manchas e inmundicias.

Un oficialote muy elegante, preguntó a un sacerdote:

—Diga, por favor, Reverendo: quien no peca ¿está obligado a confesarse?... Yo no me confieso nunca, por la sencilla razón de que nunca peco.

Contéstale al punto el sacerdote: —Señor oficial, yo no conozco más que dos suertes de personas que no pecan: los niños que todavía no han llegado al uso de razón y los locos que desgraciadamente la han perdido.

El oficialote elegante no tuvo ya más ganas de repetir la suerte.

D. —Yo no sé qué decir al confesor.

M. —Poco decir es: aunque no hubieseis robado, ni muerto a nadie, ni odiado, ni dado escándalo, etc… y en vuestra conciencia, algún tanto ruda, no encontraseis ni siquiera leves mentiras, murmuracioncitas, pequeñas maledicencias, pensamientos inútiles, afecciones desordenadas de poca monta, distracciones, omisiones, negligencias y otras cosas semejantes; presentaos, no obstante, al confesor y declaradle sencillamente que no sabéis qué decirle; estad seguros de que con su caridad y prudencia, sabrá haceros notar cuanto no supisteis vos mismo descubrir. Además, tendrá que deciros muchas cosas, consejos que daros, y alguna pequeña penitencia: de tal manera que saldréis de allí mejorado, enfervorizado, contento y feliz por el contacto que tendréis con Jesús, del cual el confesor es su Ministro.

D. — No tengo cabeza para eso.

M.¿Tenéis desazones, preocupaciones, fastidios? Pues bien, id igualmente. El confesor sabrá compadeceros, trataros con dulce caridad, os ayudará. Dios no exige más de lo que podéis darle. Los sacramentos están ordenados para los hombres, no por el contrario, los hombres para los sacramentos. Animo y buena voluntad, y sobre todo, confianza en el confesor y en Dios.

D. — No tengo tiempo ni comodidad para confesarme con frecuencia.

M. —Tampoco ésta excusa se puede admitir como buena. Querer es poder. ¡Cuántas cosas se hacen aún a costa de sacrificios, por el bien corporal, por la salud, por los intereses! Y por nuestra alma ¿no queremos hacer nada? Tratémosla, por lo menos, como tratamos el tiempo empleado en favor de nuestra alma. Dios lo recompensa generosamente aun aquí abajo.

Un día fué a confesarse con un Padre Jesuita, un aldeano bastante descuidado, y el confesor, antes que nada le preguntó:

— ¿Cuánto tiempo hace que no os habéis confesado?

— Diez años.

— ¿Y ahora queréis de veras confesaros bien?

— Sí. Padre.

Dadme, pues, diez liras.

— ¿Cómo diez liras?... Y siempre he oído decir que por confesarse no se paga nada.

— No se paga nada, replicó el sacerdote.

¿Y no venís a confesaros sino después de diez años?

Comprendió el campesino el justo reproche, pidió humildemente disculpa y prometió frecuentar más la confesión.

D. —No saco ningún provecho, siempre yo soy el mismo.

M. —De eso no debéis ser vos el juez, sino el confesor. Además ése es un razonamiento falso. ¿Acaso porque siempre se llenan de polvo y se os ensucian los vestidos, no debéis cepillarlos ni lavarlos nunca? No confesándoos o confesándoos rara vez no seréis siempre el mismo, sino que os volveréis peor cada vez aun sin daros cuenta de ello.

D. — No quiero ir a confesarme con un confesor que me conoce.

M.¿Quién os obliga a confesaros con un confesor que os conozca? La confesión es libre. Hay tantos confesores que ni siquiera saben que vos estáis en el mundo. Id a uno de ésos y confesaos con toda sinceridad y sin miedo.

D.¿Pero, qué le diré a mi confesor después de haberme confesado con otro?

M. — Le diréis lo que le habéis dicho otras veces, sin nombrar para nada los pecados absueltos por el otro confesor. Lo mejor sería escoger un confesor de vuestra completa confianza y con él confesaros siempre con la mayor sinceridad.

D.¿Y cuando no se puede elegir otro, porque no hay?

M. — Si tuvieseis una herida que os hubiera de acarrear la muerte, si por equivocación os hubieseis tragado un veneno, ¿no correríais en seguida en busca de un médico o de un cirujano, fuera quien fuera, a costa de cualquier sacrificio, con tal de salvar el pellejo? Pues bien, haced otro tanto para sacaros inmediatamente del alma el veneno del pecado, recurriendo aun con todos los inconvenientes que podáis tener, al confesor ordinario.

D.¿Qué dirá de mí?

M. — Dirá que estáis todavía en este mundo como todos los demás, admitirá vuestra valentía, vuestra humildad, vuestra sinceridad; se gozará en su corazón pensando que ha merecido toda vuestra confianza y os tendrá en mayor estima y aprecio. Además, diga lo que quiera, con tal que consigáis la paz en vuestro corazón.
D. — Otros, y son aquellos que no quisieran confesarse nunca, dicen: ¿por qué confesarse?

lunes, 20 de marzo de 2017

ASPECTOS DE LA PEDAGOGÍA MARIANA EN FÁTIMA (IVa Parte final) Y CONCLUSIÓN.




MEDITAR EL ROSARIO: UN PEDIDO INSISTENTE, UNA ORDEN DE MARÍA.

¿Por qué el Rosario como fuente de meditación y no otra?

   Porque Nuestra Señora se dirige a niños que no saben ni leer ni escribir, y la meditación de los quince misterios del Rosario no requiere tal aprendizaje. Esta meditación está al alcance de todos. Porque el Rosario es a la vez oración y meditación. Porque el Rosario es la contemplación de la vida de Jesús y de María. Porque el Rosario es la contemplación del conjunto de los misterios de nuestra fe. Porque el Rosario es el aprendizaje de todas las virtudes. Porque el Rosario incita a la imitación de Jesús y de María…

   Es por eso que Nuestra Señora insiste tanto sobre el rezo cotidiano del Rosario Lo menciona ya dos veces en la primera aparición. Lo repetirá otras cinco veces. En el día de Ascensión, el 9 de mayo de 1918, la Virgen misma vino a enseñar a Jacinta a rezar y a meditar el Rosario. Desgraciadamente, el método no nos fue transmitido.

   Del mismo modo que el Ángel había mandado rezar y sacrificarse en reparación de los pecados y para la conversión de los pecadores, María mandó rezar el Rosario: “REZAD el Rosario todo los días”, “QUIERO QUE SIGAN rezando el Rosario todos los días”, dijo para animar a los niños en la tercera, cuarta y quinta aparición. En la tercera, formuló este pedido: “DIGAN después de cada misterio: O Jesús, perdonadnos, libradnos del fuego del infierno y llevad al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”. En la última aparición, extiende su pedido al mundo entero: “QUE SE SIGA SIEMPRE REZANDO el Rosario, todos los días”.

   ¡Qué insistencia maternal en la enseñanza!


CONCLUSIÓN (de las lecturas anteriores)

   En Fátima, fue Nuestra Señora del Rosario quien recibió el Fiat de los niños, asociándolos de esta forma a la Anunciación, a los MISTERIOS GOZOSOS.

   En Fátima, fue Nuestra Señora del Rosario quien asoció a los tres niños a la Pasión de Nuestro Señor. Este era el sentido de los sacrificios pedidos por la conversión de los pecadores y de Rusia. Los sacrificios ejercitaron a los niños en la práctica de la mortificación de los sentidos, del espíritu y de la paciencia en las pruebas, asociándolos a los MISTERIOS DOLOROSOS.

En Fátima, fue Nuestra Señora del Rosario quien prometió el Cielo a sus siervos fieles y devotos. El Cielo y un lugar predilecto en el Cielo: “A quien abrazare esta devoción, prometo la salvación, estas almas serán queridos por Dios y puestas por Mí como flores predilectas para adornar su trono”. Los asoció así a los MISTERIOS GLORIOSOS.

   La entrega al Corazón de María es la entrega a Dios al igual que Ella. Igual que Ella y con Ella. La meditación de los misterios del Rosario alimenta a la vez nuestra devoción a Nuestro Señor y a Nuestra Señora. ¡Al Corazón de Jesús por el Corazón de María! Las alegrías, los dolores y las glorias de los Santos Corazones también son los nuestros. Nuestra Señora del Rosario es modelo de virtud y de vida sobrenatural.

   María nos invita a ser imitada en su vida al lado de Jesús. El Rosario nos comunica el amor de María por su divino Hijo: “MIENTRAS MEDITABA, UN FUEGO SE ABRAZÓ EN MI CORAZÓN” (Ps, XXXVIII, 4).

Ave Cor Mariae!!!!



sábado, 18 de marzo de 2017

SANTO DOMINGO SAVIO – PDF (Una joya para niños y jóvenes)




DESCARGAR: AQUÍ

CONFIEMOS EN DIOS CUANDO MURMUREN DE NOSOTROS –– Por Tomás de Kempis.




Cristo. Hijo, ten confianza en mí, y estáte firme, porque las palabras, ¿qué son sino palabras? Por el aire vuelan, más en las rocas no hacen mella.

Si eres culpable, resuelve gustoso emprender la enmienda. Si la conciencia no te remuerde, resuélvete a sufrir con alegría por Dios. Bien poco es aguantar palabras de cuando en cuando, ya que aún no puedes aguantar fuertes azotes.

Y ¿por qué te llegan al corazón tan pequeñas cosas, sino porque aún eres carnal y prestas demasiada atención a los hombres?

Pues como temes que te desprecien, no quieres que reprendan tus faltas, y buscas excusas para disculparte.

Examínate más de cerca, y advertirás que aún vive en ti el mundo, juntamente con el vano deseo de complacer a los hombres. Pues al rehuir las humillaciones y confusiones por tus faltas, muestras claramente que no eres humilde de veras, ni estás muerto de veras al mundo, ni está el mundo crucificado para ti.

Escucha mis palabras, y no harás caso de infinitas palabras de los hombres.

Mira: si contra ti dijeran cuanto pudiera inventar la malicia más refinada, ¿qué mal te harían si ningún caso hicieras, ni un bledo te importara? ¿Podrían arrancarte un solo cabello?
Quien no tiene recogido su espíritu, ni a Dios ante sus ojos, fácilmente se inquieta por las críticas.

Quien en mí confía, sin querer apoyarse en su propio juicio, no tendrá miedo a los hombres.

Yo soy el Juez que sabe cuánto hay oculto. Sé cómo sucedió la cosa, quién hizo la injuria y quién la sufrió.

Yo permití que tal cosa se dijera, y en ese sentido tuvo su origen en mí, “para que se descubriesen los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 35).

Yo juzgaré al inocente y al culpable; pero quise probarlos primero por juicio secreto.

El testimonio humano es falso muchas veces; mis juicios son rectos; se sostendrán y no se anularán.

Los más son ocultos. Pocos en cada caso los ven. Pero jamás son, ni pueden ser injustos, aunque a los insensatos no les parezcan rectos.

Por eso se debe acudir a mí en todo juicio, y no atenerse al propio sentir.

“Envíele Dios lo que le enviare” (Prov 12, 21), el justo no se perturbará. Aunque cosas injustas de él se dijeren, poco le importará. Ni sentirá vana alegría cuando otros lo defiendan con buenas razones. Pues considera que soy yo “quien las entrañas y el corazón escudriña”, y no juzga por la cara o por apariencias humanas.

Pues muchas veces resulta a mis ojos culpable lo que a juicio de los hombres se estima laudable.

El discípulo. ¡Señor Dios mío, Juez justo, poderoso y clemente! Tú que conoces la fragilidad y maldad humana sé mí fortaleza y toda mi confianza, pues el testimonio de la conciencia no me basta.

Tú sabes lo que yo ignoro: por eso debo recibir humilde y mansamente las reprensiones.

Perdóname clemente cuantas veces no lo haya hecho así, y dame la gracia de mayor paciencia.

Pues es mejor para mí confiar en tu misericordia infinita para alcanzar el perdón, que en el testimonio oculto de la conciencia para creer en mi inocencia.

Pues “aunque mi conciencia está limpia” (1 Cor 4, 4), su testimonio no me justifica: porque sin tu misericordia “nadie será justo a tus ojos” (Sal 142, 2).




“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

viernes, 17 de marzo de 2017

ASPECTOS DE LA PEDAGOGÍA MARIANA EN FÁTIMA (IIIa parte)




MEDITAR EL ROSARIO PARA CONSOLAR

   Si la meditación permite alimentar nuestra devoción, también permite consolar a Nuestro Señor y así atraer gracias de misericordia. Así lo vemos cuando Nuestro Señor tomó el cáliz de su agonía: sus discípulos ya no estaban con él, se habían dormido. Sin embargo, les había dicho: “MI ALMA ESTÁ TRISTE, PERMANECED AQUÍ Y VELAD”.

   Nos pide esta presencia, esta vigilia, esta meditación.
   Los niños de Fátima vieron esta tristeza de Nuestro Señor. Como si lo hubieran visto tomar el cáliz de su agonía. La visión de esta tristeza de Dios impulsó en ellos el deseo de consolarlo por la meditación.

   A Francisco, que tenía la misión de consolar a Dios, Nuestra Señora le pide el rezo del rosario. Francisco irá al Cielo, promete la Señora, pero tendrá que rezar muchos rosarios. Haciéndolo, acompaña a Nuestro Señor y lo consuela. El “PERO” de María no debe ser mal interpretado. No significa que Francisco no está tan bien dispuesto como su hermana o su prima. Significa que como su misión es consolar a Nuestro Señor, tendrá que rezar muchos rosarios porque la meditación Lo consuela.

Revista de la Cruzada Cordimariana –– Octubre -2014-


A MI MADRE DEL CIELO




Sí Madre, lo quiere Dios,

Tú ya se lo has dicho al mundo.

Más dime, Madre, del mundo,

¿Formo parte también yo?

Si es así, Madre, ¿Qué pasa?

¿Qué pasa en mi corazón,

Que no ve que se hace tarde,

No ve que llora su Madre,


Ni que lo llama su Dios?

Deseos y oración por el amor divino, pidiendo muchas lágrimas de amor, sacado de San Agustín.




   Dulcísimo Dios mío, amantísimo, benignísimo, deseadísimo, amabilísimo, hermosísimo. Ruégote que infundas la abundancia de tu dulzura y caridad en mi pecho, para que no desee ni piense cosa de la tierra, ni de la carne, sino sólo a ti ame, y a ti sólo tenga en mi corazón y en mi boca. Escribe con tu dedo en mi alma la memoria dulce de tu regalado nombre de Jesús, de manera que jamás se borre. Escribe en las tablas de mi corazón tu voluntad y tus santas leyes, para que a ti, Señor de inmensa dulzura, y a tus; mandamientos, siempre y en todas partes, tenga delante de mis ojos. Enciende mi corazón en aquel fuego tuyo que enviaste a la tierra, y quisiste que ardiese grandemente, para que cada día con lágrimas de mis ojos te ofrezca sacrificio de espíritu atribulado y corazón contrito. Dulce Dios, buen Jesús mío, así como lo deseo, así de todo corazón te lo suplico: dame tu santo y casto amor, para que me llene, tenga y posea todo. Dame, Señor, la señal de tu amor, que es una fuente perpetua de lágrimas, para que ellas sean testigos del amor que me tienes, ellas digan y muestren cuánto te ama mi alma, derritiéndose en lágrimas por la mucha dulzura de tu amor. Acuérdome, poderoso Señor, de aquella santa mujer Ana que fué al Tabernáculo a rogarte la dieses un hijo, de quien dice la Escritura que después de su oración no se le mudó más el semblante de su rostro. Mas acordándome de tan gran virtud, de tan gran constancia, me atormenta mi dolor y se me cubre el rostro de vergüenza, porque me veo miserable estar abatido en una profunda bajeza. Vuelve, pues, tus ojos, y compadécete; porque si lloró con tantas ansias aquella mujer, y perseveró en su llanto la que buscaba un hijo, ¿cómo debe llorar y perseverar de día y de noche en su llanto el alma que busca y ama a Dios, y desea llegar a Él? ¿Cómo debe gemir y llorar quien busca a Dios de día y de noche, y ninguna otra cosa quiere amar sino a Cristo? Maravilla sin duda es que sus lágrimas no sean su pan de día y de noche. Vuelve, pues, a mí los ojos, y compadécete de mí, porque se han multiplicado los dolores de mi corazón. Dame tu celestial consolación, y no quieras menospreciar el alma pecadora que te costó la vida. Ruégote que me des lágrimas de corazón, que puedan romper las ataduras de mis culpas y tengan siempre mi alma llena de una celestial alegría. Me ha venido también al pensamiento la devoción maravillosa de otra mujer santa, que con afecto piadoso te buscaba puesto en el sepulcro; la cual no se iba yéndose los Apóstoles, la cual en pié, y asentada, triste y dolorosa, por mucho tiempo, derramaba suspiros y lágrimas, y levantándose llorosa una y muchas veces hecha ojos, buscaba y escudriñaba los rincones y senos del monumento, por si acaso podía ver en él al que buscaba con tan fervoroso deseo: ya ciertamente había entrado una y otra vez, y visto el sepulcro; pero no bastaba para quien tanto amaba, porque la perseverancia es la virtud de la buena obra; y porque amó más que los demás, y amando lloró, y llorando buscó, y buscando perseveró, por eso mereció hallarte, verte y hablarte primero que todos; y no sólo esto, pero también ser la que primero llevó las nuevas a los Apóstoles de tu Resurrección, mandándoselo tú, diciéndole amorosamente: “Ve y di a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán”.

ASPECTOS DE LA PEDAGOGÍA MARIANA EN FÁTIMA (IIa parte)




¿Por qué meditar el rosario?

MEDITAR EL ROSARIO PARA ALIMENTARSE

   El pedido del rezo del rosario aparece desde la primera visita de la Virgen: el 13 de octubre de 1917. Esta aparición marca una etapa muy importante en el ciclo de Fátima. Luego de un año de ejercitación en la oración y los sacrificios por medio del Ángel, los tres niños van a pronunciar su FIAT.

   “¿QUIEREN OFRECERSE A DIOS para soportar todos los sufrimientos que les quiera mandar, en acto de reparación de los pecados por los cuales esta ofendido y por la conversión de los pecadores?” Libremente y sin dudar, los niños responden “SÍ, lo queremos”. Esta respuesta, este Fiat, es un acto de devoción, de dedicación absoluta a la misión confiada por María a los niños: la salvación de los pecadores.

   “La devoción es un acto de la voluntad que hace que uno se entregue con prontitud al servicio de Dios” dice Santo Tomás. Añade que: “LA CAUSA INTERIOR DE LA DEVOCIÓN ES NECESARIAMENTE LA MEDITACIÓN O CONTEMPLACIÓN”. Hay entonces un vínculo directo entre devoción y meditación. Por eso la Santísima Virgen pide la meditación de los misterios del Rosario. ¡Sí! Nuestra devoción, nuestra total dedicación a la obra de Redención, nuestro FIAT, necesita ser alimentado. María nos da para ello el Ave María, aquella oración que repite las palabras que Ella pronunció el día de su FIAT.

   En la meditación de los misterios del rosario, los pastorcitos encontraron la fuente de su celo para salvar a los pecadores. Esta devoción de los niños fue indudable pero también fue constantemente alimentada.

   El rosario es la prueba del amor a María y de la voluntad de imitarla. Es la contemplación de las virtudes y de la obra de María para la salvación del género humano.


Revista de la Cruzada Cordimariana –– Octubre - 2014 -
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