lunes, 30 de enero de 2017

“San Nicolás de Tolentino en sus luchas con el demonio”: Cuanto odia el demonio la oración humilde.



   COMENTARIO NUESTRO: Se sabe cuánto odia Satanás la oración que tantas almas les arrebata. Pero si quieren darse una idea hasta donde llega este odio. Lean este impresionante fragmento de la Vida de San Nicolás de Tolentino. Les aseguramos amigos que pocos habrán leído hasta dónde puede llegar el demonio con el permiso de Dios. La lectura no es muy corta (le pedimos léanla con tranquilidad y paciencia) porque  a medida que se avanza en ella se podrá ver como el demonio ante su impotencia en vencer a este humilde siervo del Señor llega hasta lo increíble por vencerlo, redoblando una y otra vez sus ataques, llegando a una crueldad como pocas veces hemos leído en la vida de otros Santos. Recomendamos esta lectura para que aprendamos a valorar más el poder de la oración,  la visita al Santísimo Sacramento y la devoción a nuestra Madre del Cielo. María Santísima.

   Es de notar en la vida de San Nicolás que el demonio procuró siempre perseguirle y aterrorizarle con extraordinario encarnizamiento, como si tuviese razones particulares para aborrecerlo y temerlo. Dios lo permitía sin duda a fin de poner de manifiesto la virtud de nuestro Santo, y hacer brillar a los ojos de todos, su constancia heroica y su admirable paciencia.

   El piadoso ermitaño era, con preferencia a todo, un hombre de oración. Sabemos, por las palabras aquéllas del Salvador: “Vigilad y orad para que no entréis en tentación”, que la oración es la fuente de toda fuerza sobrenatural y el arma de toda espiritual victoria. De aquí que Satanás dirigiese todos sus ataques contra las oraciones continuadas y contra las rigurosas penitencias de nuestro Santo. No le tentó de manera extraordinaria sobre la humildad, la pobreza y demás virtudes que son el ornamento del verdadero religioso; mas procuró a todo trance impedirle que orase y se mortificara. Todas las historias acerca de Nicolás están acordes en decir que el fervor con que él hacía la oración fué la principal causa de sus combates exteriores con el demonio. Este enemigo encarnizado de todo bien, parece que había jurado vencerlo en esto a todo trance, sabiendo que, si le hacía perder el sentimiento de la presencia de Dios, llegaría a hacerle retroceder de la penitencia, debilitaría su fuerza sobrenatural y haría fuesen menos numerosos e importantes los milagros y conversiones que de las tales oraciones se seguían.

   Ya había sufrido Satanás derrotas en lo tocante a las abstinencias y mortificaciones del Santo. Vamos a hacer ver ahora que no estuvo más feliz en lo concerniente a la oración. Nicolás de Tolentino, dice el Breviario, tenía un celo increíble por la oración; él oraba sin cesar, por el día, por la noche y a todas horas. Si alguno le visitaba, había de encontrarle invariablemente, o prosternado en contemplación, u ocupado en leer la Sagrada Escritura. No puede decirse cuánto empleaba en orar cada día y cada noche: era tan asiduo a este santo ejercicio, dice el proceso de canonización, que a él se entregaba desde Completas hasta el canto del gallo, y desde Maitines hasta el otro día. Después de la Misa, a no ser que tuviese que oír confesiones, volvía a comenzarla hasta Tercia, y después de Nona hasta Vísperas, como no estuviese ocupado en alguna obediencia.

   De modo que, según las expresiones mismas del proceso, Nicolás empleaba en la más ferviente oración, exceptuando tres horas al día, todo el tiempo que le dejaban libre los deberes de la obediencia y de la caridad. Y sucedió más de una vez que aun estas tres horas fueron señaladas con visiones y éxtasis del Bienaventurado. Gracias eran éstas muy frecuentes en Nicolás. Lo que sabemos es que los éxtasis del Santo no le impedían rezar cada día arrodillado en tierra las horas canónicas, los salmos graduales, los salmos penitenciales con las letanías de los Santos, el Oficio de la cruz y el de difuntos, añadiendo a todas estas oraciones un gran número de Avemarías en honor de la Bienaventurada Madre de Dios, a la que saludaba arrodillado todos los días, y hacia la cual profesaba una devoción especialísima, un amor tierno y sencillo, como el de un niño a su cariñosa madre. Desde los primeros años de su vida religiosa había Nicolás colocado en su celda una imagen de la Piedad. Llámase así en Italia a la Virgen de los Dolores, teniendo sobre sus rodillas a su Hijo bajado de la cruz. Prodigaba Nicolás a esta santa imagen los más afectuosos testimonios de filial veneración, y en su presencia pasaba largas horas, rezando parte de las muchas devociones que se había impuesto y derramando abundantes lágrimas de amor y de compasión. Ya veremos cómo María le recompensó esta tierna piedad para con Ella, y con qué rabia perseguía el demonio a este siervo fiel de la Reina del Cielo.

   Cada viernes se dirigía Nicolás a la sacristía, donde se conservaba una reliquia de la verdadera Cruz, que había él hecho engastar en un Crucifijo de plata, y allí permanecía largas horas en oración. El amor intensísimo que sentía por el Salvador en su Pasión Sagrada, le hacía también venerar con una singular piedad las imágenes de Jesús crucificado. Una de éstas, entre otras, colocada ante la puerta de la antigua sacristía de Tolentino, recibía todos los días los homenajes del piadoso ermitaño, que la amaba particularmente, y la saludaba con un respeto y una veneración extraordinarios. Esta, sin duda, fué la causa por qué el demonio atacó a Nicolás por este respecto y se esforzó en alejarlo de esta bendita imagen, como luego veremos.

   Tolentino fué el principal campo de batalla donde el Infierno puso en juego todas sus astucias y toda su rabia para vencer a nuestro Santo, sin poder jamás conseguirlo. Los ataques de Satanás fueron aquí más frecuentes y más violentos que en otras partes. Su ruindad y su odio mostráronse aquí con mucha mayor audacia, sobre todo en los tres últimos años de su vida. Todos los medios le parecían buenos al enemigo del género humano, y todos los empleaba contra el hijo de Agustín, que no cesaba de despreciarlo y de tratarlo como él se merecía. Estos combates dan a la fisonomía de nuestro bienaventurado ermitaño el más extraño carácter, pero no el menos digno de nuestra admiración.

   Había en cierta ocasión preparado Nicolás dos pedazos de tela para remendar su hábito. Mientras él rezaba el Oficio de difuntos, el ladrón infernal robóle uno, que el Santo buscó enseguida por todas partes, sin poder encontrarlo. Acostumbrado como estaba hacía mucho tiempo a estas audacias diabólicas, exclamó, dirigiéndose al Cielo: “Dios mío, ¿quién ha podido jugar así conmigo, sino aquel que no es digno ni de ser nombrado?” A estas palabras de desprecio contestó Satanás al punto: “Sí, yo he sido: yo te he engañado, y te engañaré más aún. Yo inventaré otra manera de atacarte, pues que hasta ahora, por los medios empleados, no te he podido vencer. — ¿Quién eres tú, preguntó Nicolás? Yo soy Belial, enviado para destruir tu santidad: no he de concederte un momento de reposo, pues que no haces tú otra cosa que Atormentamos”. Empleando entonces, como Nuestro Señor, las palabras mismas de la Escritura, exclamó el Santo, rebajando por desprecio a su terrible adversario de su naturaleza angélica e igualándolo a los hombres perversos, que se hacen sus esclavos; “Si mi Dios viene en mi ayuda, yo no temeré todo lo que el hombre pueda hacer contra mí”.

   Sin embargo, el ángel réprobo debía retener estas palabras y hacer pagar muy caro a su enemigo el poco caso que de él hacía. No le faltarán en adelante ocasiones de molestarle o atormentarle: él multiplicará de tal modo sus ataques, y hasta sus golpes, que, sin una especial protección de la providencia, Nicolás hubiera perdido la vida. El Hermano Juanito, testigo de todas las luchas sostenidas por el heroico fraile de Tolentino, depuso, bajo fe de juramento, en el proceso de canonización que eran imposibles de enumerar los golpes recibidos por el Santo de mano del demonio; ni podían asimismo contarse las atroces persecuciones de este monstruo infernal, a fin de conseguir distraerlo e impedirle la oración.


   Una noche del mes de Agosto de 1304 oraba Nicolás en su cuarto, en compañía del Hermano Juanito, a la sazón de unos catorce años, cuando, poco antes de Maitines, abrió el demonio de repente la puerta haciendo un espantoso ruido, y vino a colocarse al lado de los dos religiosos, en figura de un enorme pájaro negro, con el plumaje erizado y mirada formidable. Habiendo empezado a temblar de miedo el joven compañero del Bienaventurado, éste, por ver de animarlo, díjole con inefable ternura: “Ven aquí, Juanito, ponte junto a mí y no temas a esta bestia. Dios, con toda seguridad, vendrá en nuestra ayuda”.

   En el mismo instante, irritado el demonio con este lenguaje, arrojase con ímpetu sobre la lámpara que colgaba de un rincón del cuarto, suspendida por un gancho de hierro, y, apagándola de un aletazo, arrojóla en tierra y la quebró en mil pedazos. El pobre Hermano Juanito estaba medio muerto de miedo; mas el Santo volvió otra vez a consolarlo, diciendo: “Anda... llama al Hermano Buenaventura, que vive en esta celda inmediata: vete con él, a ver si encontráis una luz, y traédmela”. Obedecieron los dos religiosos, y, descendiendo al piso bajo del convento, buscaron la luz que se les había encargado; mas, así el fuego de la cocina como la lámpara de la sacristía, se hallaban completamente apagados, sin duda por el mismo Satanás. Después de varias diligencias inútiles, los pobres Hermanos, llenos de disgusto y de tristeza, decidieron subir otra vez al cuarto de Nicolás, a fin de hacerle sabedor de la inutilidad de sus pesquisas; mas ¡oh milagro! ¡Cuál no sería su admiración al ver en manos del Santo la lámpara entera por completo, llena de aceite y arrojando viva luz a su derredor! Un hecho casi igual se encuentra consignado en el proceso, el cual nos refiere como sigue el P. Ambrosio Frigerio:

   Hallándose una noche el siervo de Dios arrodillado ante el altar, adorando con fervoroso corazón al Santísimo Sacramento, vió al demonio que se le acercaba, y que agarrando la lámpara, fija en el muro por una fuerte cadena, derramó su contenido sobre los hábitos del Santo y, arrojándola al punto, la hizo mil pedazos. Levantóse Nicolás para ir a cambiarse de hábitos; más para esto le era necesario pedirlos prestados a sus hermanos. Se puso, pues, a recoger todos los pedazos del vaso que estaban tirados por tierra, y, dirigiéndose a Nuestro Señor, le dijo con dulce melancolía: “No consintáis una tal indignidad en vuestra presencia; no toleréis tan grande audacia en un enemigo que se atreve a haceros tan indignos ultrajes”. Al momento, por un insigne milagro, los pedazos que el Santo tenía en su mano se reunieron, y la lámpara volvió á encontrarse toda entera con su aceite y su luz resplandeciente, que alumbró nuevamente la iglesia.

   ¿No manifestaba con esto a su siervo el divino Salvador que Él se hallaba presente en el divino tabernáculo, y que con su tierna y poderosa protección velaba sobre él y lo preservaba de la rabia y de las asechanzas del Infierno? Cerca del lugar, donde está a fín hoy día colocada la lámpara del Santísimo, se lee la inscripción siguiente destinada a perpetuar la memoria de este hecho prodigioso: “San Nicolás restituyó a su forma primitiva la lámpara quebrada por el espíritu maligno, y, habiendo sido apagada, Nicolás, orando, volvió sin fuego a encenderla”.

   El Hermano Juanito, que parece haber sido el compañero privilegiado del Taumaturgo de Tolentino, a causa sin duda de su inocencia y docilidad, fué todavía testigo de un tercer milagro análogo a los precedentes. Trátase esta vez de una imagen de Jesús crucificado, colocada sobre la puerta de la sacristía, y ante la cual hemos dicho que acostumbraba a orar el Santo. Un sábado en que se hallaba orando delante de este cuadro, hacia la hora de Tercia, vino el demonio a romper delante de él la lámpara colocada sobre la imagen, y derramó todo el aceite de la misma sobre su hábito. El Hermano Juanito, que ya probablemente se iba acostumbrando a las artimañas de Satanás, corrió en busca de otro vestido, a fin de que se mudase de ropa el siervo de Dios; más quedóse profundamente admirado a su vuelta, al ver a éste recoger tranquilamente los fragmentos del vaso roto, que se reunieron y juntaron otra vez en sus manos. Pronto la lámpara reconstituida se encontró llena de aceite y encendida, de tal modo, que pudo volver a colocarla en su lugar y continuar sus oraciones como si nada hubiera pasado. Cuando éstas hubieron terminado, aproximóse Juanito, más fué para presenciar otro objeto de admiración: la túnica de Nicolás se hallaba limpia y sin señal ninguna del aceite derramado por el demonio.

   Era, pues, evidente que este enemigo infernal había perdido su trabajo; sin embargo, no desistió él de sus persecuciones y violencias al acecho de su víctima, cuya dulzura, continua oración y poder sobrenatural parecía exasperar y redoblar su furor. Tan pronto como el siervo de Dios se recogía para orar, acudía a acometerle con todo género de tentaciones, o bien con imaginaciones extravagantes, o bien agobiándole de una fatiga extraordinaria, pasando por fin a las amenazas y a los golpes.

   Había una noche bajado Nicolás al oratorio, situado cerca de la iglesia del convento, con la intención de pasar allí parte de la noche delante del tabernáculo; y apenas había comenzado sus amorosos coloquios con su Dios, cuando el demonio, que conocía su piadosa costumbre, se puso a rugir de una manera espantosa, imitando los aullidos de los animales salvajes. El. Santo, abismado en la contemplación del Santísimo Sacramento, no se preocupó lo más mínimo de este alboroto infernal, y continuó su oración como si el más profundo silencio reinase a su alrededor. Una tropa de espíritus malvados apareció entonces a sus ojos, prorrumpiendo en desaforados clamores y alaridos y removiendo con tan inaudita violencia las tejas del techo del oratorio, que parecía a punto de desplomarse. El valeroso adversario de Satanás, firme y constante en la misma posición, parecía que, o no oía nada, o pretendía burlarse del Infierno. Ante esta actitud impasible del Santo entró el monstruo infernal en espantosa cólera, y, tomando un palo, golpeó al heroico religioso con tal fuerza, que se lo rompió en el cuerpo. Este palo, partido en dos, se conserva todavía en Tolentino en un rico estuche de plata. Levantóse entonces el Santo lleno de cardenales, y llevó por mucho tiempo señales visibles de los golpes de su verdugo.

   No fué ésta la sola vez en que Nicolás fue herido por el demonio, pues asegura San Antonino que el espíritu infernal lo golpeaba frecuentemente; y el Hermano Juanito ha atestiguado en el proceso, como ya hemos dicho, que son imposibles de referir todas las violencias, las asechanzas y las luchas que tuvo que sostener nuestro Santo contra el demonio durante los tres últimos años de su vida. Antes de esto, en casi todos los conventos donde había vivido había sido el glorioso agustino atormentado por Satanás; pero, sobre todo, al acercarse el fin de su existencia, parece que el Infierno desplegó todas sus astucias y todas las crueldades por arrancar al Santo un alma tan pura y tan magnánima. En este tiempo fué cuando Belial acudió a los insultos y a los golpes.

   Cierto día, por ejemplo, azotólo el demonio tan cruelmente, que lo dejó cubierto de gravísimas heridas. Su confidente Juanito conmovióse  profundamente al verle tendido en medio de su celda sin fuerzas y aun casi sin vida. Preguntóle la causa de su mal, y respondió simplemente el Santo: “El diablo ha hecho esto; mas, por los méritos de la Virgen María, espero que no me ha de vencer”.

   Otra vez sucedió que, como tuviese Nicolás la costumbre de adelantarse a la hora de Maitines, que se decían a media noche, salió de su celda para el coro. Más, habiendo encontrado cerrada la puerta, decidió entrar en el refectorio, con objeto de orar allí ante la imagen de Jesús crucificado. Sucedió, pues, que, viniendo por detrás el demonio, descargó sobre el Santo tan terrible golpe que, pegando con la cabeza en el umbral de la puerta, cayó en tierra casi sin conocimiento. Cuando ya Nicolás pudo respirar y removerse, pronunció amorosamente el nombre de Jesucristo, y se levantó decidido a entrar, por encima de todo, a hacer oración en el lugar dicho. Entonces el enemigo, en un ímpetu de rabia imposible de describir, arrojólo por segunda vez contra el suelo y azotólo terriblemente. Forzado por fin a retirarse el siervo de Dios, quebrantado y sin fuerzas, probó de apoyarse en un ángulo de la pared; más los monstruos infernales lo persiguieron y maltrataron de tal suerte, que le rompieron un pie. De resultas de esto tuvo necesidad ya toda su vida el Santo de un palo para poder andar.

   Nicolás, en esta ocasión, hallábase ya casi moribundo. Sin embargo, los espíritus infernales no se daban todavía por satisfechos, y querían, por esta vez, ir más allá, hasta acabar con su víctima. Tomaron, pues, al Santo en sus brazos y comenzaron, como por juego, a arrojárselo los unos a los otros, a través del espacio, por entre las columnas del claustro. Tal fué el ruido causado por los demonios, y tales los gritos de alegría en que prorrumpieron, que despertaron llenos de sobresalto los religiosos, acudiendo inmediatamente al lugar del suceso, donde encontraron al soldado valeroso de Jesucristo tendido en tierra, todo ensangrentado, acardenalado y medio difunto. Tomáronlo en sus brazos, y lo condujeron respetuosamente a su pobre lecho. Mas ¡oh cosa admirable! Habiendo esta dulce víctima de Satanás invocado el nombre de Jesucristo, apareciósele Nuestro Señor al momento y se entretuvo en conversar con él. ¿Qué pasó allí? El Santo no ha revelado jamás el secreto de esta divina visita; pero se le vió confortado e, instantáneamente repuesto, levantarse y apoyado en su bastón, a pesar de no estar aún curada la herida del pie, volverse al coro para rezar Maitines y dar gracias a Aquel que por él había hecho un nuevo é inefable milagro.

   Para conservar la memoria de este maravilloso suceso, grabaron los religiosos sobre la puerta del refectorio la siguiente inscripción, que todavía allí se lee: “Esta puerta fué ilustrada por un importante combate de Nicolás. Golpeado cruelísimamente durante la noche por el enemigo del género humano, fué arrojado en tierra exánime y con un pie roto. Mas, ayudado por los Padres y habiendo invocado el nombre de Cristo, fué curado”.

“VIDA DE SAN NICOLÁS DE TOLENTINO”
Agustino – Abogado de las Almas del Purgatorio.

Escrita en francés por el P. ANTONINO M. TONNA-BARTHET
de la misma Orden

y traducida al castellano por el
P. PEDRO CORRO DEL ROSARIO.
Agustino Recoleto.


Año 1901

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