martes, 6 de diciembre de 2016

CAUSAS DEL MAL ÉXITO DE LA ORACIÓN (LAS DISTRACCIONES) Por Dom VITAL LEHODEY.




   Señalaremos las distracciones, la tibieza de la voluntad, la vaguedad en los propósitos, las ilusiones y las indisposiciones naturales.

Las distracciones

   Las hay que vienen del demonio. La oración es el gran campo de batalla. “La guerra que nos hace el demonio, dice el santo abad Nilo, no tiene más objeto que haceros abandonar la oración, la cual para él es tan insoportable y odiosa como para nosotros saludable.” Permitirá que nos demos al ayuno, a la mortificación, a todo aquello que puede halagar nuestro orgullo, pero no puede sufrir la oración, en que el alma glorifica a Dios, humillándose y transformándose.

   De ahí que procure extraviar nuestros pensamientos y afectos, fatigándonos con mil recuerdos frívolos e imágenes peligrosas, o quizá malas, agobiándonos con penosas tentaciones, en una palabra, turbándonos y agitándonos; y, tras esto, procura persuadirnos que no tenemos aptitud para la oración, que perdemos el tiempo, que ofendemos a Dios y que valdría más omitirla que hacerla tan mal. Pero ¡ay de nosotros, si nos dejamos engañar! ; cortado el riquísimo venero de las gracias, nuestra alma podría agostarse y morir.

Muchas distracciones vienen de nosotros mismos.

   Distracciones de ligereza. — Si yo doy toda la libertad posible a mis ojos para ver, a mi lengua para hablar y a mis oídos para escuchar, ¿cuántas distracciones no entrarán, como por otras tantas puertas francas, por sentidos tan mal guardados? ¿Cómo será posible domar la imaginación cuando oramos, si en cualquier otra ocasión se cede a sus fantasías? Si tenemos la desgraciada costumbre de dejar la memoria flotante a merced de sus recuerdos y al espíritu volar como loca mariposa adonde lo lleven sus caprichos, ¿cómo será posible estar así constantemente disipados y recogernos después súbitamente en la oración? En ella recogeremos las distracciones sembradas durante todo el día.

   Distracciones de pasión. –– El corazón arrastra al espíritu, y nuestros pensamientos van de por sí adonde están nuestras aficiones, antipatías y pasiones. Entre los ímpetus de cólera, de envidia, de animosidad o de cualquier afecto desordenado, el alma no es dueña de sí misma, azotada como está, cual débil barquilla, en mar procelosa.

   Distracciones de empleos. –– Los estudios, los cargos, el trabajo, sobre todo si nos entregamos a ellos sin medida y con pasión, suelen venir a asediarnos en la calma y reposo de la oración, a veces con una vivacidad y lucidez que no sentimos en el ruido de las ocupaciones.

   Distracciones de debilidad. –– Es costoso cautivar por largo tiempo el espíritu; las verdades de la fe son sobrenaturales, exigen mil sacrificios, y ofrecen a las veces muy poca suavidad; se necesitaría entonces para doblegar el pensamiento una; voluntad muy firme de agradar a Dios y de adelantar en la perfección, y ¡ay, la pobre alma es tan débil…!

   Cualquiera que sea el origen de la distracción, será culpable si la acepto libremente o si la he consentido en su causa; no culpable, si no he puesto la ocasión, y si, al propio tiempo, cuando me doy cuenta de que mi espíritu se desvía, me esfuerzo en recogerlo.

   Debo, pues, por encima de todo, trabajar con verdadero empeño por suprimir la causa de las distracciones, refrenar la imaginación y la memoria, regular según Dios las afecciones, dejar a la entrada del claustro los pensamientos de empleos y negocios, etc.

   Obrando así, por voluntarias que en principio hayan sido las distracciones, dejan de imputárseme desde el momento en que las retracto.

   En cuanto a las distracciones actualmente advertidas, el único remedio es combatirlas. Tres cosas será bueno hacer: 1° Humillarnos delante de Dios; la humildad es remedio para todos los males. Traer suavemente el espíritu a Dios y a la oración mil veces si es preciso, despreciando en general la tentación o invocando a Dios con fervor, pero sin turbación ni inquietud; si nos turbamos, removido el fondo del alma, no hacemos más que levantar fango; fuera de que, aun cuando hayamos pasado toda la oración rechazando distracciones, habremos agradado a Dios, como Abraham cuando espantaba las aves de su sacrificio Gen., XV, 11. No exponemos a nuevas divagaciones examinando minuciosamente de dónde nos han venido las distracciones y si hemos consentido en ellas. Por lo general, será mejor dejar este examen para otra ocasión.

   Toda distracción bien combatida, lejos de perjudicarnos, aumenta nuestros méritos y apresura nuestro adelantamiento; ¡de cuántos actos de humildad, de paciencia y de resignación son causa! Con cada esfuerzo que hacemos para tornar a Dios, le damos la preferencia sobre los objetos que solicitan nuestro pensamiento, triunfamos del demonio y merecemos para el cielo.

“LOS CAMINOS DE LA ORACIÓN MENTAL”


Dom VITAL LEHODEY

Abad Cisterciense de la Trapa de Briequebe

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