viernes, 30 de septiembre de 2016

La mala prensa (leyenda de Gutenberg y Satanás)




   Es también curiosa esta otra leyenda: la del encuentro de Gutenberg, inventor de la imprenta, con el diablo.

   Gutenberg, hacia el año 1400, tuvo la gran dicha de ver salir de su rudimentario taller el primer libro impreso, y este era el mejor de la humanidad, el libro digno de que con él se consagrara la gran invención: la Biblia.

   Cuando Gutenberg sacó de la prensa la primera copia, la tomó en sus temblorosas manos, la besó y la estrechó contra su corazón, como un padre feliz hace con su recién nacido primogénito.

   Pero he aquí que, mientras el gran inventor se encuentra inundado de gozo por la gran victoria, se le aparece el mismísimo Satanás, sonriéndose repugnante y sarcásticamente, y, golpeándole con una mano en las espaldas, le grita:

   ¡Bravo, amigo!... Tú has hecho hoy a nuestra causa el mayor de los servicios. Te estoy agradecido y te ofrezco la mitad de mi reino...

   Gutenberg, espantado, miraba al extraño interlocutor, sin comprender una palabra de lo que decía....

   –– ¿Qué quieres decir?..., preguntó.

   Y Satanás, con una sonrisa cada vez más repugnante, le repitió:

   ––Si, me has hecho un servicio de oro... Has fabricado un arma para mí... que vale, ella sola, por un ejército de los más astutos y valientes demonios. ¡Ah, Gutenberg..., la victoria es nuestra!... Hoy la tenemos en la mano. Si tantos siglos de lucha contra Dios fueron esfuerzos inútiles, hoy tu intervención reanimará nuestra suerte. ¡Es nuestro desquite, el desquite de Satanás!...

   –– Pero no comprendo... no puedo comprender… –– murmuró Gutenberg, con la palidez de la muerte en el rostro, herido en lo más vivo del corazón, como lo puede estar un padre a quien se le repite: ¡Tu hijo es un miserable, es un criminal!...

   Y, con un movimiento enérgico, Gutenberg coge el libro acabado de imprimir y se lo muestra a Satanás.

   –– ¿Ves? Esta es la Sagrada Biblia. Yo la haré correr por el mundo en miles y miles de ejemplares a poco precio. La regalare a los pobres, como se regala un pedazo de pan. De esa manera todos los hombres la podrán leer, la podrán estudiar... Y la Biblia, tú lo sabes muy bien, es la historia de tus derrotas, es la historia del amor de Dios, de tu perversidad, oh Satanás!...

   Satanás a estas palabras, rechino los dientes, como desgarrado por un atroz martirio, vaciló un instante, pero, volviendo a su sarcasmo, continuó amenazador:

   –– ¡Rechazas, oh Gutenberg, la gloria y las riquezas que te he propuesto!... Pues bien ¡oh miserable, imprime tu Biblia... si, la historia de mi tormento! Imprímela en miles de ejemplares... pero voy a decirte lo que pienso hacer en adelante...

   Y, ante los ojos de Gutenberg, desfiló una extraña visión.

  En un taller, como jamás él lo había visto, centenares y centenares de obreros trabajaban febrilmente.

   Máquinas enormes, como monstruos, engullían pliegos inmensos de papel blanco, y al momento arrojaban de si hojas impresas, libros, carteles, ilustraciones, periódicos, etc.

   –– ¿Qué es esto?, pregunto Gutenberg, espantado.

   Y Satanás, triunfante y sarcástico, le respondió:

   –– ¿No la conoces? Es tu máquina de imprimir.... Tú la has inventado, y mis fieles servidores la llevaran hasta el súmmum de la perfección, de modo que pueda correr con la velocidad del relámpago... Pero esto ¡no te debe interesar mucho!... Acércate a aquella pila de papel impreso, toma y lee... Es la victoria que te he preanunciado... No es la Biblia que tú tienes en las manos....

   Y la mirada de Satanás manifestaba todo el orgullo del triunfo.

  Gutenberg se acercó a aquel montón de papeles impresos que la potente maquina vomitaba, como un río represado y de manantiales inexhaustos.

   Tomó y leyó

   Como buen cristiano y hombre honrado que era, no tuvo necesidad de leer mucho.

   Llenósele el corazón de profunda indignación. Enroscó la hoja y se la lanzó a Satanás a la cara, gritándole:

   –– ¡Que indignidad!.... ¡Que miserable eres!... Pero no te reirás de mí, no te servirás de mi obra.

   Tomó en sus manos una gran maza, la levantó sobre la preciosa invención...; unos pocos golpes y todo quedará hecho pedazos...; pero Satanás no se reirá.

   Y he aquí que, cuando la maza estaba para descargar su golpe, impulsada por toda la energía de un hombre generoso y desesperado, le detiene una mano invisible, y una voz grita:

   –– ¿No, Gutenberg!... ¡No arruines la obra de Dios!

   La imprenta en manos de Satanás será el instrumento de la perversión, de la corrupción, de la mentira. Pero la imprenta en manos de Dios será el apóstol de la verdad y de la luz; será el sol que ahuyentara las tinieblas, será otra victoria que el Triunfador del Gólgota podrá escribir en su libro de oro...

   Gutenberg miró a la cara de su nuevo interlocutor... ¡Era un ángel!... Se puso de rodillas, para dar gracias, y adorar el poder y la sabiduría de Dios...

   Satanás, humillado, escondido en un rincón, quiso no obstante decir una palabra:

   –– Pues bien, acepto el reto. Será un gran duelo: tu Dios contra mí, Satanás...

   Y desapareció entre horribles carcajadas.

   Es una mera leyenda, ya lo hemos dicho. No debemos confundir la leyenda con la realidad. Satanás, realmente, se ha aparecido: la historia cita casos en los que no se puede poner en duda la intervención personal del demonio. ¿Se habrá también aparecido a Gutenberg?

   No nos interesa saberlo. Lo que esta fuera de toda discusión es el hecho de que Satanás se ha servido y continúa sirviéndose de la prensa para envenenar las almas con el error y la inmoralidad.

   “Si se apareciesen de repente las almas condenadas por las malas lecturas, quedaríamos maravillados de su número, decía De Maistre: Si los libros nos pudiesen hablar, nos revelarían cosas increíbles sobre el apostolado de perversión que han ejercido en las almas.”

   También hoy el impreso malo, los libros y periódicos sectarios o inmorales, son una peste, y una peste horrible, que produce estragos inmensos en las almas.

   En las calles, en las más insignificantes aldeas, en todas las esquinas, se exponen las más lubricas caricaturas, las más asquerosas figuras en colores, las más inmundas pornografías, que sonrojan a las almas aun honestas, pero que mientras tanto atraen la curiosidad de los muchachos que van a la escuela y que se arremolinan junto a ellas, y que en aquellos impresos y en aquellas figuras aprenden vicios y corrupción; mientras la misma civilización pagana quería que ante los ojos de los niños se levantase un baluarte de pudor; máxima debetur puero reverentia: al niño se debe la máxima reverencia.

   Libros y periódicos escritos en estilo tabernario, impreso tan mal, que al día siguiente no son ya legibles, corren aún en las manos de muchos, porque excitan las malas pasiones y satisfacen todas las curiosidades, licitas o ilícito, poco importa. Así es, bajo el hermoso cielo de España, entre las fragantes rosas y los cándidos lirios perfumados, se publican una cantidad de libros obscenos, cuyo contenido es capaz de ruborizar a un negro; bajo el amplio manto del arte romanesco y novelesco, se esconde la desecha mercancía.

   Amados lectores: escucharemos la voz de la conciencia, la voz del Papa y de los Obispos: no nos entreguemos jamás a la lectura de libros, periódicos, revistas, si antes no estamos seguros de su bondad. Obrando de otra manera, a través del papel impreso, nos inoculará Satanás su diabólico veneno de muerte.


“EL DIABLO”

¿Existe? ¿Quién es? ¿Qué hace? ¿Cómo se vence?

DESIDERIO COSTA, S.P.


Pía Sociedad de San Pablo, Año 1940

jueves, 29 de septiembre de 2016

Asistencia espiritual a los enfermos (Parte I)



A MARÍA

   A vos, celestial Señora, constituida madre nuestra por vuestro moribundo Hijo, a vos, que asististeis a la agonía del Patriarca San José y presenciasteis la angustiosa muerte de Jesús, a vos ofrece hoy este humilde opúsculo la Sociedad San Miguel, Propagación de Buenos Libros, que, accediendo al pedido de muchas personas, ha reunido en este librito los pensamientos y. afectos, que en la última enfermedad conviene sugerir a los enfermos, para disponerlos a morir cristianamente.

   Oh Madre de Piedad, escuchad benigna las súplicas de las familias cristianas, para que ninguno muera en sus hogares sin haber recibido El Santo Viático

FUNESTO DESCUIDO

   Lo es, y lo es en grado sumo, el de muchas familias con sus enfermos, a quienes no disponen convenientemente, en caso de gravedad, para recibir los santos sacramentos.

   Proporcionar los últimos socorros de la religión a los enfermos es, no sólo un acto de caridad meritoria a los ojos de Dios, sino también un deber sagrado que no se infringe sin incurrir en una responsabilidad terrible. Si uno se hace culpable de homicidio cuando deja morir de hambre a su semejante, ¿qué nombre dar al crimen horroroso de dejar perecer un alma por no suministrarle los auxilios de nuestra santa Religión?

   Y, sin embargo, ¡cuántas veces nos muestra la experiencia que se comete este crimen aun por familias católicas! Sea por quiméricos terrores o sea por una inexcusable debilidad, se llama al sacerdote lo más tarde posible y a veces cuando el enfermo está ya destituido de los sentidos. No hablamos aquí de las familias que esperan ex-profeso a que el enfermo entre en agonía y que hacen de la religión una vana formalidad de pura conveniencia. ¡Apartemos la vista de tanta indignidad! Hablamos de esas familias, en las que aún queda bastante fe para considerar los sacramentos como cosas santas, para desear que los enfermos los reciban con disposición cristiana y en las que, sin embargo, no se les habla de confesarse sino después que se ha perdido toda esperanza de curación. ¿Y qué sucede a menudo en este caso? Se vacila todavía, se dilata el momento; los terribles síntomas se declaran; entonces se apresuran, corren en busca de un sacerdote, pero llegan tarde ¡todo ha concluido! ¡No permita Dios que seáis tratados así en vuestra última hora!

   Pero, ¿qué es lo que detiene en el cumplimiento de esta misión sagrada? — “No me atrevo a hablarle de un sacerdote”, decís, “temo asustarle”. —Y aun cuando se asustase, ¿preferís exponer su alma a la condenación eterna o a una larga expiación, en el purgatorio? ¡Asustarle! Pues si durmiese al borde de un abismo o en una casa invadida por las llamas, ¿vacilaríais en despertarle por no asustarle?

   Decís, que llamaréis al sacerdote, cuando el enfermo lo pida. ¿Pero ignoráis, que rara vez se dan cuenta los enfermos de su gravedad? Vuestro es el deber de preparar al enfermo, para que reciba a tiempo los auxilios religiosos. Acudid con tiempo a vuestra parroquia o al sacerdote conocido, que os facilitará el cumplimiento de este grave deber.

   Desterrad de vuestra mente la falsa preocupación de que el enfermo se asustará si le habláis de sacramentos.

   La experiencia enseña, que el enfermo sabe, que el sacerdote viene a llenar a su lado el más dulce y benéfico de todos los ministerios, a purificar y consolar su alma, a traerle, en fin, en medio de las más crueles angustias, la paz y la dulzura de Jesucristo. Nota. En algunos países existen ligas, cuyos adherentes se comprometen a avisarse mutuamente en caso de enfermedad grave, para recibir a tiempo los auxilios espirituales. ¿Por qué no podrían establecerse, también aquí entre nosotros?

   La primera diligencia que se ha de hacer cuando se advierta que un enfermo está de peligro, es llamar al párroco o al confesor, para que le administre los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía y Extremaunción y le aplique la indulgencia plenaria en el artículo de la muerte.


“SOCIEDAD SAN MIGUEL”

AÑO 1928





Don Bosco y el demonio




   Esas frecuentes comunicaciones con el más allá, con ese Cielo abierto ante la mirada deslumbrada del humilde sacerdote, y esos secretos entrevistos en él, no podían dejar tranquilo al infierno. El príncipe de este mundo, como lo llama Jesucristo, se inquietaba ante el apoyo divino. Su odio por las almas que el apóstol, iluminado de aquel modo, salvaba por millares, lo impulsaba de todas maneras a esterilizar el esfuerzo del Santo. Por innumerables asaltos intentó debilitar su celo. A partir de 1862, esas persecuciones fueron verdaderamente infernales.

   De noche, preferentemente, no cesaba de atormentarlo. Sobre este punto poseemos las confidencias de la víctima. Al clérigo Cagliero, a Bonetti y a Ruffino, quienes, en una mañana de febrero de 1862, lo hallaron pálido y extenuado, confesó que el demonio infestaba sus noches, y agregó detalles.

   Ora aullaba junto a su oído; ora desencadenaba en el cuarto un viento tempestuoso, que barría con todos los papeles del escritorio; en ciertos momentos partía sin descanso astillas de madera, o hacía salir llamas de la estufa apagada, o bien arrebataba las cobijas, o agitaba violentamente el lecho. La señal de la cruz detenía el asalto, que volvía a comenzar instantes después con renovado vigor. Lanzaba gritos estridentes y siniestros, que provocaban espanto; desencadenaba en el techo un estruendo terrible, semejante a un escuadrón de caballería lanzado al galope; sacudía a Don Bosco por los hombros; se sentaba irónicamente sobre su pecho; hacía danzar la mesa de luz por el centro de la habitación; le pasaba un pincel helado por la frente, por la nariz, por el mentón; levantaba la cama y la dejaba caer bruscamente al suelo; sacudía puertas y ventanas hasta durante un cuarto de hora; se le aparecía en forma de animales feroces: osos, tigres, lobos, serpientes, o de monstruos indescriptibles, que se abalanzaban furiosos sobre él...

   Advertidos de tales hechos por Cagliero, algunos discípulos de Don Bosco, los más valientes y fuertes: Savio, Bonetti y Ruffino, quisieron velar junto a la puerta. Pero luego de algunos minutos huyeron espantados. No podían resistir aquel tumulto infernal.

   El mismo Don Bosco, en ciertos días, salía agotado de esa lucha que no le dejaba ninguna noche tranquila. Una vez, incluso no soportándolo más, corrió a refugiarse en casa de su amigo el obispo. La primera noche, todo marchó a maravilla; tranquilidad absoluta. El Santo se lisonjeaba ya de que el demonio había perdido su rastro. Desgraciadamente, desde la siguiente noche el asalto volvió a comenzar. Por precaución habíase quedado charlando de sus asuntos con el buen obispo hasta la una de la mañana. Pero no hacía un cuarto de hora que se había dormido, cuando un monstruo horroroso se alzó a los pies de su lecho, pronto a lanzarse sobre él. Ante esta visión Don Bosco lanzó tal grito, que todos los moradores se despertaron, y acudieron para informarse sobre el motivo de lo sucedido. El Santo respondió que había sufrido una pesadilla, y que era esa la causa de su alarma y terror. Al día siguiente, por la mañana, en el desayuno, confesó todo al obispo, y por la noche retomaba el camino a Turín, persuadido de no poder despistar al adversario.

      ¿Cuál era, pues, el motivo del desencadenamiento de este furor demoníaco?

   Sin duda, el perjuicio que Don Bosco causaba al infierno; la cantidad de víctimas que le arrebataba, y sobre todo, el pensamiento de los estragos que causaba y seguiría causando en el reino del mal la joven Congregación, que ese mismo año iba a afirmar su vigor por la profesión religiosa de sus veintidós primeros miembros.

   Acaso se agregaran también razones especiales. Don Bosco pensó durante mucho tiempo que una de las causas de esos asaltos diabólicos era la parte activa tomada por él en la apertura de la escuela católica que en el otro extremo de Turín, muy cerca de su Oratorio de San Luis, debía combatir a la escuela protestante. Estaba persuadido, sobre todo, que sufriendo tales asaltos desviaba hacia él la rabia del infierno, y protegía también de ese modo el alma de sus hijos.
— ¿Por qué, pues — le preguntaba uno de sus hijos, al volver de Ivrea —, no exorcizasteis al demonio, como lo habíais prometido?

—Pero si lo alejo de mí, os atacará a vosotros.
— Entonces la noche que os dejó tranquilo en Ivrea, ¿hizo de las suyas aquí en Turín?
—En efecto — respondió Don Bosco. — Esa noche hizo grandes estragos en el Oratorio.
—Pero, ¿por qué no le preguntáis lo que quiere?
— ¿Quién os dijo que no lo he hecho?
— ¿Y qué os respondió? — preguntaron ansiosos todos los jóvenes.
Don Bosco juzgó prudente no responder a la pregunta, y dijo simplemente:
— Orad.
   Los jóvenes no dejaron de hacerlo.
   Don Bosco supo recobrar progresivamente sus fuerzas perdidas.
   Esta lucha con el espíritu de las tinieblas duró, a pesar de todo, más de dos años, con intervalos irregulares, hasta 1864.
   Una vez en que el Santo contaba familiarmente a sus íntimos esas noches diabólicas, y narraba el espanto que causa la sola presencia del demonio, lo interrumpió uno de sus jóvenes, diciendo:
— ¡Oh, lo que es yo, no le tengo miedo!
— ¡Cállate! — exclamó Don Bosco con terminante acento que sorprendió a todos. — ¡Cállate! Ignoras hasta dónde llega, con el permiso de Dios, el poder de Satanás.
— Ya lo sé. Mirad, Don Bosco; si lo viera, lo tomaría por el cuello y le haría pasar un mal rato.
— Estás diciendo tonterías, hijo mío. El miedo tan sólo te mataría al menor contacto.
— Pero le haría la señal de la cruz...
— Eso lo detendría un instante.
— Entonces, ¿cómo hacéis para rechazarlo?
— Conozco ahora perfectamente el medio de hacerlo huir. Desde que lo empleo, me deja tranquilo.
— ¿Cuál es? ¿El agua bendita?
— En ciertos momentos, la misma agua bendita no es suficiente.
— ¡Oh, decidnos el remedio! — suplicaron en coro los jóvenes.
— Lo conozco, lo he empleado. ¡Y cuán eficaz es!...
   Luego calló, guardando para sí el secreto.

   De este diálogo sólo podemos sacar esta conclusión: cierto día, por un medio desconocido, pero que nuestra fe adivina, el siervo de Dios eliminó definitivamente la intromisión del demonio en su vida.

   Creemos que, terminado este largo combate, los ángeles, como en la escena de la tentación del Evangelio, se acercaron para servir al vencedor. Estos, por otra parte, jamás lo abandonaron, pues las comunicaciones de lo alto, durante esos dos años de tortura, fueron más abundantes y consoladoras que nunca.

   Al verlo pasar, actuar, entregarse a menesteres humildes; al ver al pobre Don Bosco, como él se llamaba; al escucharlo hablar y bromear con sus niños, ¿quién hubiera sospechado que su alma era teatro de semejantes fenómenos, y que mientras el Cielo lo inundaba de claridad, el infierno lo llenaba de espanto? Es preciso confesar que Don Bosco ocupa un lugar prominente en las filas de la santidad, cabalmente por ese contraste entre la humildad de su exterior y el esplendor de su alma. Hallamos santos más notables, más milagrosos, de una mayor irradiación de obras en veinte siglos de cristianismo; pero convengamos en que hallamos muy pocos en la historia de la Iglesia tan originales y atrayentes.

“SAN JUAN BOSCO” Un gran educador

A. AUFFRAY


AÑO 1954

Los Santos Ángeles - Libro para descargar en PDF.




DESCARGAR: AQUÍ

La fiesta de san Miguel, arcángel. — 29 de setiembre








   Celebra hoy la santa Iglesia fiesta particular, no sólo de san Miguel que es el príncipe de toda la milicia celestial, sino también en honra de todos los santos ángeles. Estos soberanos espíritus, cuya muchedumbre excede, como dicen algunos doctores, al número de las estrellas del cielo y de las gotas del mar y de los átomos del aire, fueron criados antes que todas las criaturas o con las primeras de todas, y son incorruptibles e inmortales. Su inteligencia entiende sin discurso todas las cosas que naturalmente se pueden saber: su voluntad es tan constante que, según dice Santo Tomás, nunca se aparta de lo que una vez escogió; su memoria nunca se olvida de lo que una vez aprendió; su poder es grande sobre toda fuerza de la naturaleza corpórea, y su agilidad es tan admirable, que no hay velocidad en la tierra ni en los cuerpos celestes que con la suya pueda compararse. Enseña el doctor angélico que no hay ningún ángel que no difiera en especie de todos los demás; y con todo, están distintos en tres jerarquías, suprema, media e ínfima, y cada jerarquía dividida en tres coros, como se saca de las divinas Letras y santos doctores. En la suprema jerarquía hay tres órdenes: Serafines, Querubines y Tronos; en la segunda hay tres coros, Dominaciones, Virtudes y Potestades; en la tercera, Principados, Arcángeles y Ángeles. Llámanse todos estos soberanos espíritus con el nombre de ángeles, porque como dice san Pablo, son ministros del Señor para bien de los que han de heredar la bienaventuranza eterna. Todos ellos están vestidos de la estola de la gracia que nunca perdieron, y son la familia lucidísima de criados que sirven a Dios, y de ministros que ejecutan su voluntad soberana en la gobernación del mundo y en la particular providencia que tiene de la Iglesia, y también de cada uno de los hombres, así fieles y cristianos, como infieles y pecadores, pues todos tienen su ángel de guarda. Por estas excelencias de los santos ángeles y por los beneficios que de sus manos recibimos, los debemos honrar, y señaladamente al gloriosísimo príncipe de ellos, San Miguel, que es soberano protector de la Iglesia. Su nombre significa ¿Quién como Dios? porque cuando el príncipe de los ángeles Lucifer, envanecido con la grandeza de sus dones y gracias, se negó a adorar el misterio de la humana naturaleza tan ensalzada en la persona de Cristo, y atrajo a su rebelión a muchos ángeles, el fidelísimo san Miguel volvió por la honra de Dios, y de su Unigénito, y con gran poder arrojó de los cielos a los ángeles rebeldes. Entonces fué exaltado San Miguel al trono que perdió Lucifer, y recibió el principado de todos los ejércitos celestiales, y la representación de la divina autoridad en la tierra, y la protección de la Iglesia de Cristo a la cual defenderá de todos los poderes del mundo y del infierno, hasta el fin de los siglos.

   Reflexión: Entiendan bien todos los católicos que esa actual rebelión de los hombres que ensoberbecidos por los progresos materiales, apostatan de la fe, no es otra cosa que una imitación de la rebeldía de los ángeles malos, que inspira Lucifer a los pobres hijos de Adán, para que no logren la dicha de reinar en el cielo con los ángeles buenos, sino que se condenen y padezcan eternamente con los demonios.

   Oración: ¡San Miguel Arcángel! Defiéndenos en la batalla: sé nuestra protección contra la malicia y las asechanzas del diablo. Reprímale Dios, suplicamos humildemente: y tú, oh príncipe de la milicia celestial, arroja a los infiernos a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan sueltos por el mundo, para causar la perdición de las almas. Amén.



Flos Sanctorvm

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Curso sobre la Penitencia o Confesión (Parte II)




   En esta segunda parte de este humilde pero provechoso curso sobre Penitencia y Confesión se van a tocar los siguientes puntos.

   Condiciones para una buena Confesión. — El examen de conciencia. — Cómo conviene hacerlo. — El dolor: clases, necesidad y eficacia. –– Cuando debemos hacer actos de contrición perfecta. –– El propósito de enmienda. — Suma importancia de evitar las ocasiones próximas de pecado para demostrar nuestra buena disposición. — Comentar la última frase del “Pésame”. –– La Confesión de boca. — Sus cualidades. — La satisfacción de obra.

Condiciones para una buena Confesión

      ¿Cuántas condiciones son necesarias para hacer una buena Confesión?

   Para Hacer una buena Confesión son necesarias cinco cosas: 1) examen de conciencia; 2) dolor de los pecados; 3) propósito de enmienda; 4) confesar al sacerdote los pecados; 5) cumplir la penitencia impuesta por el confesor.

El examen de conciencia. Cómo conviene hacerlo

      ¿Qué es examen de conciencia?

   Examen de conciencia es procurar con diligencia acordarse de los pecados cometidos, desde la última Confesión bien hecha.

      ¿Cómo, se hace el examen de conciencia?

   El examen de conciencia se hace pidiendo primero luz a Dios para conocer los pecados cometidos, y pensando, en los mandamiento de la ley de Dios y de la Iglesia y la Iglesia y  obligaciones del propio estado.

      ¿Y si hubiera algún pecado mortal no confesado por olvido en las anteriores?

   Si hubiese algún pecado mortal no confesado por olvido en las anteriores confesiones, hay la obligación grave de confesarlo.

   1) Hacer examen de conciencia, quiere decir averiguar los pecados que uno ha cometido. Cuando queremos recordar alguna cosa que hemos hecho anteriormente, nos ponemos a pensar un poco; así por ejemplo si nos preguntan: ¿qué hiciste ayer o anteayer o tal otro... día?, reflexionamos un poco y luego nos acordamos lo que hicimos. También olvidamos fácilmente los pecados cometidos y por eso debemos hacer el examen de conciencia.

   2) El examen de conciencia es pues necesario para recordar los pecados y para confesarlos con dolor, porque si uno no recuerda el mal que ha hecho, no puede; arrepentirse verdaderamente, en cambio si conoce el mal que hizo, se inclina a detestarlo y verse libre de esa culpa.

   A veces los niños y aún personas mayores, no dan importancia al examen de conciencia y dicen: el confesor me preguntará. Esto no debe hacerse, en primer lugar porque hace perder inútilmente mucho tiempo al confesor, principalmente cuando hay muchos que desean confesarse; es un inconveniente serio para los que esperan y para el sacerdote, que debe someterse a una fatiga extraordinaria, al tener que estar constantemente hablando para preguntar, lo que cada uno debía decirle por sí sólo. Además como el confesor no puede adivinar lo que cada uno ha hecho, se ve obligado a dirigir muchas preguntas respecto a diversos pecados, que el penitente no ha cometido y que responderá: ––no padre, no hice eso, etc. Por otra parte al no hacer el penitente el examen de conciencia, se expone a confesarse de una manera incompleta, porque no es posible que el confesor pregunte todo.

   3)    El examen de conciencia se ha de hacer bien, pero con discreción, para lo cual hay que tener presentes dos cosas: la primera es no hacer el examen con toda precipitación y ligereza, sin reflexionar por lo menos unos instantes, y la segunda es no hacer el examen con demasiada ansiedad y temor, no quedándose nunca tranquilo y teniendo siempre miedo de olvidarse algo.

   Se han de traer a la memoria todos los pecados cometidos y no confesados. Si algún pecado no se ha confesado en las anteriores confesiones por olvido y en el examen de conciencia uno lo recuerda, debe confesarlo. Si se ha dejado de confesar algún pecado por Vergüenza, entonces las anteriores confesiones han sido malas y se han de recordar todos los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha.|

   4) Un método práctico para recordar los pecados cometidos es el de recorrer cada, uno de los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, y pensar sí se ha quebrantado alguno de ellos sea de pensamiento, de palabra, de obra o de omisión (no cumpliendo lo que se debía), Se debe pensar también en las obligaciones del propio estado. Un niño, por ejemplo, debe pensar en sus particulares obligaciones como hijo, hermano y colegial. Son muy distintas las obligaciones del propio estado; así por ejemplo, el presidente, los diputados, los médicos, etc. tienen por razón de su puesto y profesión obligaciones especiales, que naturalmente no tienen los que no ocupan esos puestos o no ejercen esa profesión.

   5) Para hacer bien el examen de conciencia debemos ante todo, como nos dice el catecismo PEDIR LUZ A DIOS PARA CONOCER LOS PECADOS COMETIDOS. Si queremos encontrar algún objeto en una habitación obscura, lo primero que debemos hacer es encender la luz y, cuanto más pequeño sea el objeto que buscamos, más luz necesitamos. Así también sucede con nuestra alma: para conocer aún los pecados más leves, debemos tratar de pedir mucha luz al Espíritu Santo y de esta manera corrigiendo aún las más pequeñas faltas, adelantaremos mucho en la virtud.

   6) En el examen de conciencia hay que averiguar también el número de los pecados mortales. No basta confesar todos los pecados mortales, sino que se ha de pensar CUANTAS VECES se ha cometido cada uno de ellos, para luego confesarlos. Si uno no se recuerda con precisión el número exacto, debe decir el número aproximado, para lo cual ayuda pensar cuántas veces se solía caer en ese pecado por día, semana, o mes..

   7) Además se ha de pensar en las circunstancias, que mudan la especie o cambian el pecado de venial en mortal.

   a) Mudan la especie del pecado, es decir la calidad la clase de pecado, porque las diversas circunstancias son causa de que tal o cual acción viole otro mandamiento o quebrante otra virtud. Así por ejemplo, el que roba peca contra el séptimo mandamiento; pero si ese robo lo hace de cosas sagradas, de los bienes de la Iglesia, comete además un sacrilegio, con lo cual no sólo viola el séptimo mandamiento por el hurto que efectúa, sino también el primer mandamiento, por el sacrilegio que comete.

   Si una persona desea un mal grave, por ejemplo, la muerte a otra, peca contra el quinto mandamiento y la caridad; pero si desea la muerte a sus padres, peca además contra la virtud de la piedad debida al padre o a la madre; ese pecado se opone al quinto y al cuarto mandamiento. Esas circunstancias deben declararse.

   b) Circunstancias que cambian el pecado de venial en mortal. Este punto se entiende fácilmente con algún ejemplo: La mentira jocosa por ejemplo, la que se hace por burla o juego, es pecado, pero venial pues de él no se sigue un perjuicio para un tercero. Pero si de esa mentira se sigue un perjuicio para un tercero, la mentira es dañosa y en este caso es un pecado mortal.

Consejo fundamental para hacer siempre bien el examen de conciencia.

   No hay nada más práctico y útil para hacer bien el examen de conciencia antes de la confesión, que examinarse cada día antes de acostarse. He aquí las hermosas palabras de un piadoso autor:

   “De este examen no debe eximirse ninguno, porque es medio, no sólo importante para perfeccionarse, mas también para salvarse, y nos persuadiremos de esto, considerando que es condición de todas las cosas humanas ir siempre decayendo, y al fin, si no se restauran quedan inútiles. Una casa va siempre deteriorándose, ahora en una parte, luego en otra, y si no se repara frecuentemente, vendrá a arruinarse. Una tierra va siempre perdiendo su fertilidad y si no se abona, quedará reducida a un inculto erial. Una vestidura cada día se va estropeando, y si no se repara, estará pronto hecha jirones. Así pasa también con nuestras almas; tanta es la fuerza de nuestras pasiones, que nos inclinan al mal; tantas las instigaciones del demonio que nos incita al pecado; tantas las ocasiones peligrosas que nos inducen al mal, que no es posible que nuestra pobre alma en tantos encuentros no caiga alguna vez, que con tantas solicitaciones no se rinda en alguna ocasión. Por lo cual, si cada día no se resarcen estas pérdidas por medio del examen de conciencia, del arrepentimiento y del propósito, al fin quedará tan mal parada que vendrá miserablemente a perecer.”

   “Como un mercader diligente cada día hace el balance, esto es; examina cuidadosamente las ganancias y las pérdidas, para conocer si prospera su negocio, así, dice San Basilio, si nosotros deseamos adelantar en la vida cristiana, debemos considerar cada día cómo van nuestros negocios espirituales. A la noche, retirado en tu aposento, examínate a ti mismo, diciendo: ¿He ofendido en alguna cosa a mi Dios? ¿He dicho alguna palabra ociosa, o dejado por descuido o por desprecio de hacer alguna obra buena? ¿He disgustado a mi prójimo en algo? ¿He obrado bien o mal?...

   “Si un rey supiese de cierto, decía San Bernardo, que se encuentran en su reino escondidos sus enemigos, ¿dejaría por ventura de hacer diligentes pesquisas? Y después de haberlos encontrado, ¿los dejaría vivir impunes? Entiende, pues, que llevas dentro a tu enemigo, a quien puedes vencer y subyugar, mas no exterminar; son las pasiones, los vicios y las faltas, que de aquéllas nacen: cada día con el examen de conciencia indaga cuál es tu enemigo, y después de haberlo descubierto, castígale con dolor, abátele con la firmeza en el propósito, para que quede, si no muerto, lo cual es imposible a lo menos sin fuerza, mortificado.”

Después de esta publicación vendrán 2 exámenes de conciencia muy provechosos.
Consejo: Cuando hagan el examen de conciencia escríbanlo en un papel, para recordarlos. Una vez hecha la confesión rompan el papel y tírenlo donde nadie lo pueda leer.



“CURSO COMPLETO DE RELIGIÓN”

Las fuentes de la gracia

P. Mariano Núñez Mendoza


Año 1943

martes, 27 de septiembre de 2016

Las cuatro principales puertas del infierno (El robo) ¿Cuál es tu puerta?



   Consideremos otra puerta  del Infierno (la tercera), por la cual entra gran número de personas. Esta puerta es el robo. Hay hombres que adoran, por decirlo así, el dinero, mirándolo como a su Dios y su último fin. (Ps., CXIII, 14.) Pero dictada está su condenación: los ladrones no poseerán el Cielo. (I Cor. VI, 10.) Verdad es que el robo no es el pecado más grave, pero es el más peligroso para la salud eterna, dice San Agustín; pues para obtener el perdón de los otros pecados basta tener de ellos un verdadero arrepentimiento; más para el robo es indispensable, además, la restitución, que es siempre difícil. Cada día lo vemos por experiencia: los hurtos son innumerables, y rarísimas las restituciones.

   Guardaos bien de tomar o de retener los bienes de otro; si lo habéis hecho, por desgracia, restituidlos de poco en poco, si no podéis todo de golpe.

   El bien ajeno os hace pobre en esta vida, y desgraciado en la otra. Vos habéis despojado a los otros, y los demás os despojarán a su turno. (Hab., II, 9.)

   El bien de otro lleva consigo la maldición sobre la casa que le conserva (Zach., V, 3); es decir, que quien posee el bien de su prójimo perderá, no solamente lo que ha robado, sino también lo que posee suyo. El bien ajeno es un fuego que devora todo lo que encuentra.

   Atended, madres y esposas, si vuestros hijos o vuestros maridos introducen en la casa bienes de otro; lamentaos de ello; guardaos de aplaudirlo, ni aun con el silencio. Habiendo oído Tobías un cordero que daba balidos en su casa, “Cuidado, dijo, que no sea robado: devolvedle”.  Hombres hay que toman el bien de otro, y que procuran después aquietar su conciencia por medio de limosnas.

   San Crisóstomo dice que el Señor no quiere ser honrado con lo que pertenece a otros.

   Los robos de los ricos consisten en los actos de injusticia, en los daños que ocasionan con la injusta detención de lo que es debido a los pobres; éstos son también robos que obligan a la restitución; mas ésta es, por desgracia, muy difícil de practicar; así es que muchos se condenan por causa de los robos.


San Alfonso María de Ligorio.

lunes, 26 de septiembre de 2016

La masonería que niega el infierno es una prueba de su existencia. (Lectura imprescindible)



   El último y principal de los intentos masónicos: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo”. (León XIII, “Humanum Genus”, 1884)

   Leyendo la Encíclica de León XIII “Humanum Genus” sobre la Masonería (abril de 1884) y las obras más serenas y objetivas escritas sobre la materia (obras resumidas en el artículo Francmasonería del Diccionario Teológico Católico), se ve cuál es el fin secreto y auténtico de la misma. Desde que la malicia del demonio dividió el mundo en dos campos: dice, en resumen, León XIII, la verdad tiene sus defensores, pero también sus implacables adversarios. Son las dos ciudades opuestas de que habla San Agustín: la de Dios, representada por la Iglesia de Cristo con su doctrina de eterna salvación, y la de Satanás, con su perpetua rebelión contra la enseñanza revelada. La lucha entre ambos ejércitos es perenne, y desde el fin del siglo XVII, fecha del nacimiento de la mentada asociación, que ha reunido fundido en una todas las sociedades secretas, las sectas masónicas han organizado una guerra de exterminio contra Dios y su Iglesia. Su finalidad es descristianizar la vida individual, familiar, social, internacional, y para ello todos sus miembros se consideran hermanos en toda la faz de la tierra; constituyen otra iglesia, una asociación internacional y secreta.



   “El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo. Los que quieren adherirse a ésta de corazón como conviene para su salvación, necesitan entregarse al servicio de Dios y de su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. Con aguda visión ha descrito Agustín estos dos reinos como dos ciudades de contrarias leyes y deseos, y con sutil brevedad ha compendiado la causa eficiente de una y otra en estas palabras: “Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”. Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor”. (Humanum Genus, 1884).

   León XIII, hacia el fin de su Encíclica, revela el modo como estas sectas clandestinas se insinúan en el corazón de los príncipes, ganándose su confianza con el falso pretexto de proteger su autoridad contra el despotismo de la Iglesia; en realidad, con el fin de enterarse de todo, como lo prueba la experiencia; ya que después ––añade el Papa–– estos hombres astutos lisonjean a las masas haciendo brillar ante sus ojos una prosperidad de que, según dicen, los Príncipes y la Iglesia son los únicos pero irreductibles enemigos. En resumen: precipitan las naciones en el abismo de todos los males, en las agitaciones de la revolución y en la ruina universal, de que no sacan provecho más que los más astutos.

   Este objetivo real de la descristianización se enmascaraba antes con otro que sólo era aparente. La secta se presentó al mundo como sociedad filantrópica y filosófica. Más, logrados algunos triunfos, arrojó la máscara. Se gloría de todas las revoluciones sociales que han sacudido a Europa, y especialmente de la francesa; de todas las leyes contra el clero y las Órdenes religiosas; de la laicización de las escuelas, del alejamiento del Crucifijo de los hospitales y de los tribunales, de la ley del divorcio, de todo cuanto descristianiza la familia y debilita la autoridad del padre, para sustituirla por un Gobierno ateo. Practica el adagio: dividir para vencer: separar de la Iglesia los reyes y los Estados; debilitar los Estados, separándolos unos de otros para mejor dominarlos con un oculto poder internacional; preparar conflictos de clase separando a los propietarios de los obreros; debilitar y destruir el amor a la patria; en la familia separar el esposo de la esposa, haciendo legal el divorcio, y más fácil cada vez; separar, en fin, a los hijos de sus progenitores para hacer de ellos la presa de las escuelas llamadas neutras, en realidad impías, y del Estado ateo.

   La Masonería pretende también, contribuir al progreso de la civilización rechazando toda revelación divina, toda autoridad religiosa: los misterios y los milagros deben ser desterrados del programa científico. El pecado original, los Sacramentos, la gracia, la oración, los deberes para con Dios son absolutamente rechazados, igual que toda distinción entre el bien y el mal. El bien se reduce a lo útil, toda obligación moral desaparece, las sanciones del más allá ya no existen. La autoridad no viene de Dios, sino del pueblo soberano.

   Reina en la Masonería particular odio contra Cristo. La blasfemia y la imprecación se reservan de modo especial para su Santo Nombre; se intenta, en fin, robar Hostias consagradas para profanarlas del modo más ultrajante. La apostasía es de rigor en sus miembros cuando son recibidos en los grados superiores. A los ojos de los iniciados, lo mismo a los de los judíos empedernidos, la condenación de Jesús, pronunciada por la autoridad judicial, está perfectamente justificada, y la crucifixión fué perfectamente legítima. La Iglesia Católica, es, pues, combatida como la enemiga. Por fin, la noción de Dios, anteriormente tolerada, es suprimida del vocabulario masónico.



   La perversidad satánica de la Masonería se revela, en fin, en el mismo misterio con que vela y protege sus propios designios. Sus más importantes proyectos, discutidos en reuniones secretas, son cuidadosamente sustraídos al conocimiento de los profanos y hasta de muchos afiliados de los grados menos elevados. En cuanto a los iniciados, cuando son llamados a los grados más elevados, juran no revelar nunca los secretos de la Sociedad; y los que se proclaman defensores de la libertad, se entregan por completo a sí mismos a un poder oculto que desconocen y  del que, probablemente, desconocerán siempre los proyectos más secretos. El hurto, la supresión de los documentos más importantes, el sacrilegio, el asesinato, la violación de todas las leyes divinas y humanas podrían serles impuestos: bajo pena de muerte deberían ejecutar tan abominables órdenes.

   El árbol se juzga por sus frutos. La raíz de este árbol deforme es el odio a Dios, a Cristo Redentor y a su Iglesia. Es, pues, una obra satánica, que demuestra a su modo que el Infierno existe, el Infierno que la secta pretende negar.

   No hay que maravillarse, por tanto, de que la Iglesia haya condenado muchas veces la Francmasonería, bajo Clemente XII, Benedicto XIV, León XII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII (Cfr. Denz., 1967, 1718, 1859 y sigs.) El Santo Oficio, en su Circular de febrero de 1871 al Episcopado, llega a imponer la obligación de denunciar a los corifeos y las cabezas ocultas de estas peligrosas sociedades: el hijo no está dispensado a denunciar al padre, y el padre al hijo. El esposo debe obrar igualmente respecto a la esposa, el hermano con relación a su hermana. El bien universal de la sociedad exige este rigor. El motivo de esta decisión del Santo Oficio se funda en las supercherías a que recurren las logias, ocultándose bajo nombres ficticios.

   La Masonería, primera en negar el Infierno, es, por consiguiente, la prueba, con la propia perversidad satánica, de su existencia. Esto se revela ante todo en las profanaciones de la Eucaristía: ésas son manifiestamente inspiradas por el demonio y suponen, por tanto, su fe en la presencia real. Esta fe del demonio, como explica Santo Tomás (II, II, q. 5, a. 2), no es la fe infusa y saludable con la humilde sumisión del espíritu a la autoridad de Dios revelador; es una fe adquirida que únicamente se funda en la evidencia de los milagros, porque el demonio sabe bien que son verdaderos milagros, completamente distintos de los engaños de que él es autor. Estas horribles profanaciones de Hostias consagradas son, pues, a su manera, una prueba sensible de la protervia satánica y, por consiguiente, del Infierno al que está condenado Satanás. De ese modo el mismo demonio confirma el testimonio de las Santas Escrituras y de la Tradición que él quisiera negar.

  Por lo demás, de cuando en cuando, como en la guerra última, aparece en la vida pública de los pueblos un odio espantoso; se diría que el Infierno se abre a nuestros pies. Esto confirma la Revelación: los delitos de los que no se hace penitencia tendrán una pena eterna.



REGINALD GARRIGOU-LAGRANGE, O. P.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...