jueves, 20 de julio de 2017

DIVERSOS IMPULSOS DE LA NATURALEZA Y DE LA GRACIA – Por el Beato Tomás de Kempis.




   Cristo. Hijo mío, observa atentamente los movimientos de la naturaleza y de la gracia; pues, aunque diametralmente opuestos, son a veces tan fáciles de confundir, que apenas hombres iluminados interiormente y espirituales los distinguen.

   Todos quieren el bien, y tanto en lo que dicen como en lo que hacen algún bien intentan. Por eso, la apariencia del bien a muchos engaña. La naturaleza es astuta; a muchos atrae, seduce, cautiva; ella es siempre su propio fin.

   La gracia es sencilla; huye aun de las apariencias del mal; no intenta seducir; como único fin de todos sus actos se propone a Dios, en quien descansa como en su fin.

   La naturaleza no quiere mortificarse, ni reprimirse, ni vencerse, ni obedecer, ni someterse voluntariamente.

   La gracia se esfuerza por mortificarse, resiste a las inclinaciones sensuales, quiere sujetarse, desea vencerse y no quiere hacer uso de su libertad; le gusta vivir sujeta a la obediencia, y no quiere mandar a nadie, sino vivir, estar y permanecer siempre sujeta a Dios, y por Él está dispuesta a inclinarse humildemente ante todos los hombres.

   La naturaleza trabaja por su propio interés, y calcula siempre la ganancia que de otros puede obtener; la gracia atiende al provecho común antes que a la propia utilidad y ventaja.

   A la naturaleza le gusta que la honren y reverencien; la gracia atribuye fielmente a Dios toda honra y toda gloria.

   La naturaleza teme las humillaciones y los desprecios; la gracia goza “de sufrir afrentas por el nombre de Jesús” (Act 5, 41).

   A la naturaleza le gusta la ociosidad y el descanso corporal; la gracia no puede estar ociosa, y con gusto se dedica al trabajo.

   La naturaleza procura tener cosas bonitas y curiosas, y detesta lo tosco y ordinario; la gracia se complace en lo humilde y sencillo, no desdeña la ropa burda, ni aun se niega a vestirse de harapos.

   La naturaleza a lo temporal atiende, se regocija del lucro material; si pierde, se entristece; de una palabrita descortés se irrita.

   La gracia atiende a lo eterno, a lo temporal no se apega, no pierde la tranquilidad cuando pierde, ni la exaspera el lenguaje duro, porque allá arriba, donde nada se pierde, allá en el cielo, ha puesto su tesoro y su alegría.

   La naturaleza es codiciosa, más le gusta recibir que dar, quiere tener cosas personales y propias.

   La gracia es compasiva y generosa, huye de singularidades, con poco se contenta, “más placer encuentra en dar que en recibir” (Act 20, 35).

   La naturaleza inclina a las criaturas a la carne, a las vanidades, a andar de acá para allá; la gracia atrae hacia Dios y la virtud; renuncia a las criaturas, huye del mundo, odia los deseos carnales, sale poco, de aparecer en público se ruboriza.

   A la naturaleza le gusta tener consolaciones externas que le causen deleite sensible; la gracia sólo en Dios busca su consuelo y, sobre todo lo sensible, pone sus delicias en el sumo Bien.

   La naturaleza todo lo hace por su propio interés y comodidad; nada puede hacer de balde; a cambio de sus beneficios espera recibir igual es o mayores, o al menos alabanza y favor; y quiere que se ponderen mucho sus dádivas y servicios; la gracia no busca ninguna cosa temporal, ni pide por lo que hace otra recompensa sino a Dios solo, y de las cosas temporales necesarias quiere solamente las que puedan servirle para adquirir las eternas.

   La naturaleza se goza de tener muchos parientes, muchos amigos; se ufana de su linaje y nobleza; a los poderosos sonríe, a los ricos adula, aplaude a los que son del mismo modo; la gracia ama a sus mismos enemigos, no se envanece del gran número de sus amigos, ninguna importancia concede al linaje, ni al lugar del nacimiento, si no hubo allí mayor virtud; más favorece al pobre que al rico, más se compadece del inocente que del prepotente, congenia con el sincero, no con el embustero; anima siempre a los buenos a aspirar a gracias más sublimes (1 Cor 12, 31) y a conformarse, por sus virtudes, al Hijo de Dios.

   La naturaleza pronto se queja de molestias y privaciones; la gracia sufre la pobreza con resignación.

   La naturaleza se mira como el centro de todas las cosas, lucha y litiga en su propia defensa; la gracia reduce todas las cosas a Dios, de quien como fuente manan; no se atribuye ningún bien, ni es arrogante o presuntuosa; no porfía ni prefiere su opinión a otras, sino que somete humildemente todas sus opiniones y juicios al juicio de Dios y a la eterna sabiduría.

   La naturaleza desea saber secretos y oír noticias; le gusta manifestarse al exterior y ver, observar y experimentar muchas cosas con sus sentidos; desea ser conocida y hacer cosas que la gente admira y aplaude; la gracia no se interesa oír saber noticias o ver curiosidades; porque tal deseo viene de la original corrupción de la naturaleza, ya que no existe sobre la tierra nada nuevo ni permanente. Así enseña a guardar los sentidos, a huir de la vana complacencia y ostentación, a esconder bajo la capa de la humildad lo que de veras es admirable y laudable, y a procurar que de todas las cosas y de todos los conocimientos resulte la gloria y honra de Dios, y el provecho propio y del prójimo. Y no quiere que se hagan elogios suyos o de lo suyo; antes desea que a Dios se bendiga por todos sus dones, pues nos lo da todo por pura bondad.

   Esta gracia es una luz sobrenatural, un don especial de Dios, el sello que distingue a los elegidos; es prenda de salvación eterna, que de la tierra levanta al hombre para que ame al cielo, y de carnal lo transforma en espiritual.

   Así, cuanto más se reprime a la naturaleza y se la vence, tanta mayor gracia se le infunde, y a cada nueva visita de la gracia, el hombre interior se reforma diariamente para hacerse más y más semejante a Dios.



“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

sábado, 15 de julio de 2017

EL SANTO ROSARIO.




“Tú, que esta amable devoción supones
monótona y cansada, no  la rezas,
porque siempre repite iguales sones;
tú no entiendes de amores ni tristezas.
¿Qué pobre se cansó de pedir dones?
¿Qué enamorado de decir ternezas”


Cada Avemaría
es como una flor,
y el Sagrado Rosario
un rosal de amor.

Cada Avemaría
es un escalón,
y el Rosario escala
que me lleva a Dios.


HOY SÁBADO, DÍA DEDICADO A LA VIRGEN MARÍA, REZAMOS LOS MISTERIOS GLORIOSOS.

Los misterios Gloriosos se rezan en la tradición Católica los días: MIÉRCOLES, SÁBADOS Y DOMINGOS.

Primer misterio: la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. FRUTO: la fe.

Segundo misterio: la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los cielos. FRUTO: la esperanza y el deseo del Cielo.

Tercer misterio: Pentecostés. FRUTO: la caridad y los dones del Espíritu Santo.

Cuarto misterio: la Asunción de Nuestra Señora. FRUTO: la gracia de una buena muerte.

Quinto misterio: la Coronación de la Santísima Virgen en el Cielo como Reina y Señora de todo lo creado. FRUTO: la verdadera devoción a la Santísima Virgen.









viernes, 14 de julio de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte I)




¿HAY DEMONIOS?

   No hay duda que hay espíritus malhechores que se llaman demonios, pues la Sagrada Escritura nos lo atestigua y todas las naciones lo han unánimemente reconocido.

   Las naciones paganas han creído en la existencia de ciertos genios, unos buenos y otros malos; deduciendo de esto que era preciso ganar el afecto de los buenos con respetos, ofrendas y oraciones, y apaciguar la cólera y la malignidad de los malos. De ahí nacieron la idolatría, el politeísmo, las prácticas supersticiosas, la magia, adivinación, etc. Esta creencia ha sido también la de los filósofos paganos...

   La revelación ha venido a ilustrarnos sobre la existencia de los demonios. Moisés nos dice que la primera mujer fué engañada y desobedeció a Dios por sugestiones de un enemigo pérfido oculto bajo la forma de serpiente. (Gen. III. 1). Dice el libro del Deuteronomio que los israelitas inmolaron sus hijos e hijas a los demonios.

   Jesucristo ha hablado de la existencia de los demonios; los arrojaba del cuerpo de los poseídos. También nos hablan de ellos los Apóstoles. La existencia de los demonios es un dogma de la Iglesia católica...

¿QUÉ SON LOS DEMONIOS?

   Demonio quiere decir espíritu, genio, inteligencia: así es que esta palabra, que significa un ser dotado de conocimiento, nada tiene de odioso en sí mismo. En el Nuevo Testamento, el nombre de demonio se toma siempre a mala parte, significa un espíritu malo, enemigo de Dios y de los hombres...

   Al principio de la creación, Dios sacó los ángeles de la nada, como todo lo demás. Los hizo buenos; porque Dios no puede ser el autor de ninguna cosa mala. Está escrito que todas las obras de Dios eran muy buenas: (Gen. I. 31).

   La Escritura nos enseña qne desde el momento de su creación todos estos ángeles, que eran casi innumerables, se hallaron colocados en el cielo. Nos enseña también que muchos de entre ellos se rebelaron contra su Criador, y que en castigo de su crimen fueron condenados a eternos suplicios. A estos últimos aplica la Escrituro el nombre de demonios. Los demás ángeles permanecieron fieles a Dios, y fueron confirmados en la gracia.

   Por su naturaleza los ángeles son espíritus inteligentes, activos, inmortales, desprendidos de toda materia, y destinados por Dios a vivir y a alimentarse puramente de la contemplación...

   Los ángeles son las criaturas que más de cerca se parecen a la majestad divina, infinita en perfecciones. Dios los ha creado para formar su corte. Y es una cosa segura que la munificencia de Dios ha derramado a manos llenas sobre aquellas hermosas inteligencias los dones naturales de que hemos recibido algunas partículas.

   Al caer, nada han perdido los ángeles rebeldes de su naturaleza, de su vasta inteligencia, de su agilidad, de su espiritualidad; no han perdido más que su inocencia, su hermosura, su felicidad. Bien es verdad que para ellos es una pérdida inmensa ¿Qué ha sido de estos ángeles caídos? Nos lo dice San Agustín. El demonio es el doctor de la mentira, el adversario del género humano, el inventor de la muerte, el preceptor del orgullo, el príncipe de la malicia, el autor de los crímenes, el príncipe de todos los vicios, el instigador de los vergonzosos deleites. ¿Puede darse nada más corrompido ni más malo que nuestro enemigo?

   La Sabiduría pinta a los demonios del modo siguiente: Son monstruos de una especie desconocida, llenos de un furor inaudito, respiran llamas, vomitan negro humo, y lanzan de sus ojos horribles centellas; no sólo pueden exterminar con sus mordeduras, sino que únicamente con su vista pueden matar de espanto.

   Jesucristo y sus apóstoles atribuyen a los demonios los mayores crímenes, la incredulidad de los judíos, la traición de Judas, la ceguedad de los paganos, las enfermedades crueles, las posesiones y las obsesiones. Llaman a Satanás padre de la mentira, príncipe de este mundo, príncipe del aire, antigua serpiente, diablo.

   En los exorcismos, el demonio es llamado espíritu inmundo, miserabilísimo, tentador, engañoso, padre de la mentira y de las herejías, feroz, serpiente, autor de la impudicicia, ser desprovisto de prudencia, insensato, devastador, horrible, afeminado, envenenador, monstruo de los monstruos, ser arrojado del paraíso, de la gracia de Dios, de la mansión de la felicidad, de la asamblea y de la sociedad de los ángeles, criatura reprobada y maldita de Dios por la eternidad, orgullosa, infame, llena de crímenes, de abominaciones y de blasfemias, cubierta de maldiciones, cargada de excomuniones y merecedora de los fuegos del infierno. He aquí los nombres y los títulos que la Iglesia da al demonio, apostrofándole en los exorcismos, por ellos, juzgad lo que es efectivamente.

CAUSAS DE LA CAÍDA DE LOS DEMONIOS.

jueves, 13 de julio de 2017

LA FRECUENTE COMUNIÓN PARA LOS NIÑOS – Por Monseñor de Segur. (parte II final)




   ...Me dirás tú que temes el porvenir, y que más vale ir despacio al principio, porque siempre es sumamente enojoso tener que retroceder. ¿Y por qué tendrías que retroceder? ¿Acaso dejarían de amar a Dios estos buenos y piadosos niños? ¿No es, por ventura, la mejor garantía para un porvenir verdaderamente cristiano una juventud fervorosa? Si quieres, pues, que tu hijo se halle más tarde con fuerzas suficientes para hacer frente y contrarrestar al mal, déjale que, de buen principio, las tome con abundancia en el manantial de toda fuerza, y permítele que se una muy íntimamente con el principio de toda fidelidad; y de este modo será su piedad presente la prenda y salvaguardia de la del porvenir, igualmente que la inocencia conservada será, tanto para tí como para él, la aurora de una pura adolescencia.

   Si, pues, a pesar de la sagrada Comunión acontece las más de las veces que no pueden los niños evitar el caer en nuevas faltas, ¿qué sucedería si estuviesen privados de alimentarse del “Pan sagrado que engendra vírgenes” Pocos niños hay a quienes baste comulgar una vez al mes; atrévome a afirmar que no hay casi uno que no pueda sacar gran fruto de la Comunion semanal, y la considero necesaria para aquellos que se hallan inclinados a las pasiones sensuales.

   Confieso y creo, sin embargo, que muy pocos son los que, hasta la edad de catorce o quince años, vienen bastante piadosamente para comulgar más de una vez por semana; pero eso tampoco obsta para que aquellos que aman de corazon a Jesucristo, ejercen sobre sí mismos una exquisita vigilancia y no cometen deliberadamente ningún pecado, puedan hacerlo con gran provecho dos o tres veces por semana.

   En los primeros siglos del cristianismo admitíase indistintamente a la Comunion diaria a los niños y a los adultos; de ella procedía aquella vigorosa savia de la vida cristiana, aquel espirita de fe, de oración y de fervor, que dió a la Iglesia tantos santos y mártires de diez, doce y quince años, ¿Ha disminuido, acaso, el poder de Dios? Luego los mismos medios producirán los mis efectos, en nuestro siglo, y la Iglesia verá brotar nuevos santos de entre los fieles de la angelical infancia, si les damos a gustar el Pan de los Ángeles.

   “Tememos, dicen finalmente algunos padres, que nuestro hijo llegue a ser demasiado piadoso o devoto y que termina por quererse hacer sacerdote, y consagrarse totalmente a Dios.” ¿De cuándo piedad y vocación son dos palabras sinónimas? El tener miedo a la vocación es ya de si una gran aberración por parte de algunos padres cristianos, porque el consagrarse a Dios es sin duda es “la mejor parte” y trae la bendición a toda una familia; pero el tener miedo a la piedad es demostrar muy a las claras una falta completa de sentido común. La piedad es el mejor de los bienes: es la verdadera felicidad, y, como dice la sagrada Escritura, “es buena para todo, teniendo las promesas de la vida futura y también las de la vida presenté” Nunca seremos demasiado piadosos, porque es imposible que lleguemos a ser demasiado buenos. ¡Pobres niños a quienes se pierde tan lastimosamente con semejantes ilusiones!

   Dejemos, pues, que los niños gocen de esta libertad religiosa que por sí sola bastará para abrir sus corazones e iniciarlos en la vida cristiana. Si no tenemos derecho para coartarla, mucho menos nos asiste para violentarla, especialmente en lo que concierne a los santos Sacramentos. Nuestro derecho y nuestro deber es instruirles, dirigirles y procurar salvar su inexperiencia con todo nuestro afán; pero sobre todo que nuestra dirección sea eminentemente católica, y que jamás pueda vislumbrarse en ella el menor asomo de querer poner trabas de conciencia. Por este abuso de autoridad se falsean las almas, y sin quererlo se contrarían los designios que sobre ellas tiene Dios Nuestro Señor.

   Por consiguiente, acérquense también los niños a la sagrada Mesa, y de este modo tendremos generaciones grandes y poderosas, que solo la Eucaristía hace cristianos.
   ¿Pero no es esto pedir un imposible? “Recargados los sacerdotes con un trabajo ímprobo, casi no pueden, a pesar de su exquisito celo, formarles para la piedad, y ponerles en estado de comulgar a menudo.” Yo soy el primero en reconocerlo con sumo dolor. Creo, sin embargo, que si se llegase a apreciar en su justo e incomparable valor esta parte del sagrado ministerio tan a menudo descuidada, se podrían fácilmente tocar preciosos resultados; y si no se pudiese iniciar a todos los niños en los verdaderos principios de piedad, a lo menos habría siempre el tiempo suficiente para preparar a una frecuente Comunión a aquellos que tanto por su clara y despejada inteligencia, como por su buen corazón y felices disposiciones, diesen mejores esperanzas. Séame permitido llamar sobre este punto muy seriamente la atención, tanto de los sacerdotes como de los padres.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


EL DÍA ETERNO Y LAS MISERIAS DE ESTA VIDA – Por el Beato Tomás de Kempis.






El discípulo. ¡Oh, morada felicísima de la ciudad celestial! ¡Oh, esplendoroso día de la eternidad, que la noche con sus tinieblas jamás obscurece, que la Verdad suprema siempre con sus rayos ilumina! ¡Oh día siempre alegre, sereno siempre, en que jamás hay cambios ni vicisitudes de la fortuna!

   ¡Ojalá que ese día ya hubiese amanecido y que todo lo temporal ya se hubiese acabado!

   Para los santos ya brilla con sus eternos resplandores; más a los que aún en esta vida peregrinan, apenas les llegan lejanos y pálidos rayos cual a través de ahumado cristal.

   Gozan los moradores del cielo las dulzuras de aquella vida; gimen los desterrados hijos de Eva por las grandes tristezas y amarguras de ésta. Los días de esta vida son pocos y tristes, llenos de angustia y de dolor; en ellos, el hombre de muchos pecados se mancha, muchas pasiones lo tiranizan, muchos temores le angustian, muchos cuidados le preocupan, muchas cosas curiosas lo distraen, muchas vanidades lo fascinan, muchos errores le rodean, muchas fatigas quebrantan sus fuerzas; lo persiguen las tentaciones, lo enervan los placeres, la miseria lo atormenta.

   ¡Ay! ¿Cuándo se acabarán por fin tantos males? ¿Cuándo me veré libre de la dura servidumbre de los vicios? ¿Cuándo pensaré sólo en ti, Señor? ¿Cuándo serás toda mi felicidad? ¿Cuándo gozaré de verdadera y entera libertad, sin ninguna pesadumbre ni en el alma ni en el cuerpo? ¿Cuándo habrá paz firme, imperturbable, libre de temores; paz interior y exterior, paz de todos lados estable?

   ¡Oh, amable Jesús! ¿Cuándo llegaré a verte? ¿Cuándo contemplaré la gloria de tu reino? ¿Cuándo lo serás todo en todas las cosas para mí? ¡Oh! ¿Cuándo estaré contigo en tu reino, que desde toda la eternidad para tus elegidos preparaste?

miércoles, 12 de julio de 2017

María libra del infierno a sus devotos – Por San Alfonso María de Ligorio.




Es imposible que ningún devoto de María Santísima se condene, si él procura obsequiarla y encomendarse a su patrocinio. Parecerá tal vez a primera vista mucho decir; pero suplico no deseche nadie mi aserción antes de hacerse cargo de las razones. El afirmar que un devoto de Nuestra Señora no es posible que se condene, no se ha de entender de aquellos que abusan de esta devoción para pecar más libremente; por lo que no hacen bien algunos en desaprobar con celo falso lo mucho que ensalzamos la piedad de María para con los pecadores, pareciéndoles que así los malos toman alas para más pecar; cuando lo primero que decimos es que éstos no tienen que lisonjearse; antes bien, por su temeridad y loca presunción, merecen castigo, no misericordia. Se entiende, pues, de aquellos devotos que, con el deseo de la enmienda juntan la fidelidad en obsequiar y encomendarse a la Madre de Dios. De éstos afirmo que moralmente hablando no es posible que se condenen; proposición enseñada por muchos y graves teólogos. Y para ver el fundamento sólido en que se apoyaron, examinemos lo que en la materia habían enseñado antes los Santos y doctores sagrados.

   Lo dice San Anselmo terminantemente, y estas son sus palabras: “¡Oh Virgen benditísima! Tan imposible es que se salve el que de Ti se aparta como el que perezca el que se vale de Ti”.

   Casi con las mismas expresiones lo confirma San Antonino, diciendo: “Así como es imponible que se salve ninguno de cuantos la Virgen desvíe sus ojos de misericordia, así necesariamente se salvan todos aquellos en quienes los ponga abogando por ellos.” Nótese de paso la primera parte de la proposición sentada por estos Santos, y tiemblen los que no hacen caso o dejan por descuido la devoción de María, pues vemos que aseguran resueltamente no haberse de salvar ninguno a quien esta Señora no proteja; sentencia que además sostienen otros muchos doctores, como Alberto Magno, que dice: Señora, el que no te sirva perecerá. San Buenaventura añade que los que no le son devotos morirán en pecado; y, en otra parte, que quien no la invoque en esta vida no entrará en el reino de los cielos; y exponiendo el salmo XCIX, llega a decir que ni esperanza tendrán de salvación aquellos a quienes María vuelva las espaldas, doctrina que mucho antes había enseñado San Ignacio mártir, diciendo claramente que ningún pecador se puede salvar sino por medio de la Virgen, la cual con su intercesión poderosa salva a muchísimos que de rigor de justicia se hubieran condenado. Algunos dudan que estas palabras sean de San Ignacio; pero a lo menos las hicieron suyas San Juan Crisóstomo y el abad Celense, en cuyo sentido le aplica la Iglesia lo que se dice en los Proverbios: el que me halle, hallará la vida; porque, como añade Ricardo de San Lorenzo dando la explicación de otras expresiones del mismo libro divino en que se la compara a una nave, todos los que naveguen fuera de esta barca segura, perecerán en el mar del mundo. Al contrario, dice María, el que me oye no será confundido, respondiendo a lo cual le dice San Buenaventura: Sí, Señora; quien procure obsequiaros estará muy lejos de la perdición, y San Hilario añade que ningún devoto suyo acabará mal, por más que en lo pasado haya ofendido a Dios.

   Ahora conoceremos el motivo que el demonio tiene para afanarse tanto con los pecadores, a que perdida la divina gracia, pierdan también la devoción de María Santísima. Viendo Sara que su hijo Isaac, jugando con Ismael, hijo de la esclava, aprendía malas costumbres, dijo a su marido Abraham, que le echase de casa juntamente con Agar su madre. No se contentó con que Ismael saliese, si no salía también la madre, temiendo que el mozo viniese a verla, y con aquella querencia no se despegase nunca de la casa. De esta suerte el demonio no se contenta con que el alma eche de sí a Jesucristo, si no despacha también a la Madre, porque teme que la Madre con la eficacia de su intercesión le vuelva a traer: temor bien fundado, porque todo el que sea constante en obsequiarla, pronto recobrará la gracia de Dios. Por eso llamaba San Efrén a la devoción a María carta de libertad o salvaguardia para librarse del infierno.

   Y realmente, teniendo para salvarnos tanto poder y voluntad, según la doctrina de San Bernardo: poder, porque es imposible dejar sus ruegos de ser oídos; voluntad, porque es nuestra Madre y desea que logremos la salvación mucho más que nosotros mismos, ¿cómo se ha de perder ninguno que fielmente le sea devoto? Podrá estar en pecado; pero si con deseo de la enmienda sigue encomendándose a Ella, queda a su cuidado el alcanzarle luz, arrepentimiento y verdadero dolor, perseverancia en la virtud, y al fin morir en gracia. ¿Qué madre, pudiendo fácilmente librar a un hijo del cadalso sólo con hablar al juez, no lo haría? ¿Y hemos de imaginar que la Madre más amorosa y tierna que jamás vió el mundo no librará de la muerte eterna a un hijo suyo, pudiéndolo hacer tan fácilmente?

    Demos al Señor gracias incesantes, si sentimos en nosotros este afecto y confianza filial para con la Reina de los ángeles, pues que según afirma San Juan Damasceno, es gracia que Dios concede solamente a los que quiere salvar, y oigamos las palabras del Santo, que alientan sobremanera los corazones: “¡Oh Madre de Dios!, si consigo verme bajo vuestra protección y amparo, no tengo que temer, porque el ser devoto vuestro es señal segura de salvación, y Dios no la concede sino a los que determina salvar!”

   No es extraño, pues, que esta dichosa devoción desagrade tanto al enemigo de nuestras almas. Se lee en la vida del P. Alfonso Álvarez, de la Compañía, devotísimo de la Virgen, que estando en oración y sintiéndose acosado de tentaciones impuras, oyó cerca el enemigo que le afligía diciéndole: Deja tú la devoción de María, y dejaré yo de tentarte. Y a Santa Catalina de Sena fué revelada la verdad que vamos aquí probando. Díjole el Señor: Por mi bondad y reverencia al misterio de la Encarnación, he concedido a María, Madre de mi unigénito Hijo, la prerrogativa de que ningún pecador, por grande que sea, que se le encomiende devotamente, llegue a ser presa del fuego del infierno. Aun el profeta David, dicen los intérpretes, pedía que Dios le librarse de las penas eternas por el honor y gloria de María, clamando así: “Señor, bien sabes que amé la hermosura de tu casa: no se pierda mi alma con la de los impíos.” Dice tu casa, significando a María, que es aquella casa hermosísima que en la tierra fabricó Dios por su mano para habitar y recrearse en ella hecho hombre, como está registrado proféticamente en los Proverbios por estas palabras: “La Sabiduría edificó una casa para sí.” No se perderá, nos asegura el glorioso San Ignacio, mártir, quien procure ser devoto de esta Madre Santísima; apoyándolo San Buenaventura cuando le dice: “Señora, vuestros amantes en esta vida gozan paz envidiable, y en la otra no verán la muerte eterna.” No, jamás se ha visto ni se verá que un siervo humilde y atento de María se pierda para siempre.

   ¡Cuántos se hubieran perdido por toda la eternidad, si esta Señora no hubiese mediado con su Hijo Santísimo alcanzándoles misericordia! Más llegan a decir no pocos teólogos, y especialmente Santo Tomás. Dicen que ha habido muchos casos de personas muertas en pecado mortal, y que, no obstante, por ruegos de María, Dios suspendió la sentencia, y les permitió volver a la vida para que hiciesen penitencia de sus pecados. Entre otros graves autores, Flodoardo, que vivió en el siglo IX, cuenta en su Crónica, que un diácono, por nombre Adelmaro, estando ya para ser puesto en la sepultura, resucitó y declaró haber visto el lugar que le esperaba en el infierno; pero que, interponiéndose la Virgen Santísima, le había conseguido la gracia de volver al mundo para hacer penitencia.

   Surio refiere, que la misma Señora alcanzó gracia igual a un vecino de Roma llamado Andrés, muerto Impenitente. Perbarto escribe también, que pasando en su tiempo por los Alpes, con un ejército, el emperador Segismundo, oyeron que de un esqueleto salía un grito pidiendo confesión, y añadiendo que la Virgen María, con quien en vida tuvo devoción siendo soldado, le había conseguido vivir en aquellos huesos mientras durase la confesión. Se confesó y volvió a morir.

   Estos y otros ejemplos no deben servir a ningún temerario de motivo para seguir pecando, con la esperanza de que la Virgen le librará también del infierno; porque así como sería gran locura echarse de cabeza en un pozo esperando que la Virgen había de impedir la muerte por haberlo hecho alguna vez, mucho más lo sería el aventurar la salvación eterna, con la vana presunción de que le librara del infierno. Para lo que sirven los ejemplos referidos, es para avivar la confianza, considerando que, si fué su intercesión tan poderosa, que llegase a librar de las penas eternas alguno que otro muerto en pecado, incomparablemente más eficaz será en favor de aquellos que en vida recurren a Ella y la sirven fielmente, con deseo de enmendarse y mudar de vida.

   Animados con esto, acojámonos bajo las alas de su misericordia, diciéndole con San Germán: ¡Oh Madre, oh esperanza, oh vida de los cristiano! Sin Vos, ¿qué sería de nosotros? Repitamos con San Anselmo: Señora, aquel por quien pidáis una vez, no verá los suplicios eternos. Si cuando sea llamado a juicio abogáis por mí, como Madre de misericordia, saldré absuelto. Añadamos con el beato Susón: si el Juez quisiere condenarme, pase la sentencia por vuestras manos, porque en manos tan piadosas, se impedirá la ejecución. Concluyamos con San Buenaventura: En Vos espero, Señora, no seré confundido, sino salvo en el cielo, donde os veré, alabaré y amaré para siempre.

DESPRECIO DE TODA HONRA MUNDANA – Por el Beato Tomás de Kempis.



   Cristo. Hijo, no te entristezcas de ver que alaben y honren a otros, y a ti te humillen y desprecien.


   Eleva tu corazón al cielo y a mí, y no te contristará el desprecio de los hombres en este mundo.

El discípulo. Estamos ciegos, Señor, y la vanidad nos seduce fácilmente.

Si bien me considero, nunca he recibido injuria de ninguna criatura. Por lo cual tampoco puedo, con justicia, quejarme de ti.

   Merecidamente, todas las criaturas se arman contra mí, porque tantas veces y tan gravemente pequé contra ti.

   Por eso merezco yo desprecios y humillaciones; tú, alabanzas, honor y gloria. Y si no me preparo a querer sufrir desprecios y ser abandonado de toda criatura, y a parecer pura nada, no podré gozar de firme y durable paz del corazón, ni ser espiritualmente iluminado, ni unirme a ti perfectamente.


“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

martes, 11 de julio de 2017

LA FRECUENTE COMUNIÓN PARA LOS NIÑOS – Por Monseñor de Segur. (parte I)




   Casi se vería uno obligado a caer, teniendo en cuenta  la ligereza de los niños, que no es posible para ellos una frecuente Comunión, y que en este caso las reglas de la Iglesia solo hacen referencia a los adultos. Nada de esto; y he aquí todavía una de aquellas preocupaciones desastrosas, causa de las ruinas de tantas almas jóvenes, puesto que las entrega indefensas a los terribles ataques de las pasiones.

   Los niños; lo mismo que los mayores, pueden y deben comulgar a menudo; porque Nuestro Señor Jesucristo, que conoce mucho mejor que nosotros esa ligereza qué nos espanta, no les pide más que aquello que son capaces de darle y además, como el maligno espíritu tiende todas sus asechanzas a arrebatarles desde muy temprano el más inestimable de todos los tesoros, que es la inocencia; de aquí que el único medio para defenderse de sus emboscadas y ardides es la sagrada Comunión.

   Ya hemos dicho que nunca se comulga dignamente; bastando para ello recibir al Señor con sincera y buena voluntad. Esto es una verdal tanto para los niños como para los hombres. Cuidándose, pues, la experiencia de enseñarnos que nada hay tan sincero como la buena voluntad del niño que acaba de hacer la  primera Comunión, ¿por qué no se le ha de administrar este santo Sacramento, cuando él ama y a Jesucristo, y desea fervorosamente recibirlo?

   Las más de las veces, mucho más dignos son  ellos de acercarse a recibir el divino Sacramento que nosotros que menospreciamos su piedad; y esto mismo parece indicarnos el divino Maestro cuando dice: “Permitid que se acerquen a mí los niños, el reino de los cielos es para aquellos que se les parecen” El reino de los cielos sobre la tierra es la sagrada Eucaristía.

   Tú me ¡recordarás aquí la ligereza de la infancia. Nada hay más cierto, es verdad: pero por esto mismo es necesario hacerles comulgar a menudo, cuando aman y quieren amar al buen Jesús. La ligereza no es ningún obstáculo cuando no es voluntaria. Para un niño una semana es un mes; a esta edad sucédense rápidamente las impresiones; hácese por lo tanto indispensable repetir con frecuencia estas impresiones cristianas, si queremos preparar para el porvenir hombres fuertes en la fe.

   ¿Me vuelves a decir que la infancia es ligera? Si: soy de tu mismo parecer; pero en cambio es buena y afectuosa; y como es necesario dar el verdadero pábulo (alimento) a su incesante necesidad de amar, resulta de aquí que se hace indispensable procurar se ponga en relación íntima con Jesucristo para alcanzar el fin apetecido, que es su amor. Aunque sean una realidad todas las faltas y todos sus defectos, tienen, sin embargo, poca consistencia; y por medio de la piedad se impedirá que aquellos defectos y faltas pasen a ser vicios.

   Todo niño cristiano, a partir de la primera comunión, debería tener por regla recibir la sagrada Eucaristía todos los domingos y demás fiestas de guardar, si a ello no se opusiesen su director espiritual, o sus padres o sus maestros, por haber observado que le faltaba evidentemente la buena voluntad indispensable para recibirla dignamente: y así todo deberíase, con mucha circunspección, ordenársele el retraimiento porque el peligro de tomar malas costumbres, peligro que hiela el corazon maternal, y que solamente es combatido con eficacia por la sagrada Eucaristía, se presentaría de frente, produciendo males incalculables. ¿Quieres conservar la inocencia: quieres conservar la pureza de tu hijo? Anímale, pues, a comulgar muy a menudo, y no se lo impidas, mayormente cuando a ello fuere incitado por su director espiritual.

   ¡Cuántos padres y cuantas madres; obrando inconscientemente y por un celo mal entendido, son la causa principal de que sus hijos se pierdan miserablemente! ¡A cuántos y cuántos he conocido, que han sido la causa directa y final de aquella misma corrupción que tanto temían!

   No temas, pues, mientras tu hijo asista con frecuencia a la sagrada Comunion: pero si desgraciadamente observares en él negligencia y poco amor a tan divino Sacramento, ¡desdichado de tí! porque todo se puede temer del niño que se aleja de Dios.


“La Sagrada Comunión”

viernes, 7 de julio de 2017

Del porque sólo tres misterios en el Santo Rosario y no cuatro.



 Nota nuestra: Muchas veces nos preguntaron porque NO rezamos el Misterio de Luz. Existen muchas razones y la vamos a  ir publicando por partes, pues proceden de diferentes fuentes. El argumento más fuerte es que el Santo Rosario tiene carácter TRINITARIO. Así siempre lo entendió la Santa Iglesia Católica, y los más grandes autores Marianos. Si agregamos un Misterio más se destruye su significación TRINITRIA. Para más abundamiento y para los que quieran refutar los argumentos que no son nuestros, les comentamos que hasta la forma de recitar el Padre Nuestro fue cambiado después del CVII y muchos no lo saben. Pues la Iglesia siempre rezo: “…y perdónanos nuestras DEUDAS, así como nosotros perdonamos a nuestros DEUDORES.” y no como se reza ahora, cambiando DEUDAS POR OFENSAS que no es lo mismo. Sin contar que en la Misa Tradicional SÓLO EL SACERDOTE REZA EL PADRE NUESTRO.


   Fragmento “del Secreto admirable del Santísimo Rosario” de San Luis María Grignion de Montfort.


   El salterio o rosario de la Santísima Virgen se compone de tres rosarios de cinco decenas cada uno, con el fin: 1.°, de honrar a las tres personas de la Santísima Trinidad; 2.°, de honrar la vida, muerte y gloria de Jesucristo; 3.°, de imitar a la Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y aliviar a la paciente; 4.°, de imitar las tres partes del salterio, la primera de las cuales mira a la vía purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía unitiva; 5.°, de colmarnos de gracia durante la vida, de paz en la hora de la muerte y de gloria en la eternidad.

miércoles, 5 de julio de 2017

ORIGEN Y DIVISIÓN DE LOS JUEGOS, PARA DISCERNIR LOS DAÑOSOS DE LOS QUE NO LO SON. Reflexión II




   El juego nació de la necesidad, se nutrió a los pechos de la religión, se oreó en los brazos de la virtud, creció a la sombra del placer y la ociosidad, y se enfermó por el vicio que le trajo mil achaques. Su cuna fue Lydia, país del Asia, cuyos habitantes combatidos en tiempo de su Príncipe Atys de la carestía y el hambre, para engañarla y entretenerla, inventaron, según Heródoto, (550 años ante de Jesucristo) los juegos.


   Es verdad que Platón atribuye algunos a los egipcios, y Sófocles a Palamedes, introducidos con el mismo fin de divertir el hambre; pero los más, y probablemente los primeros, reconocen por autores a los Lydios, por lo que los latinos los llamaron Lydi cuya palabra deformo en  Ludi.

   En seguida los adoptó la religión de los pueblos, para solemnizar con ellos las festividades de sus dioses. Bajo este aspecto tan sagrado los abrazaron gustosos los hebreos y los egipcios, los griegos y los romanos, y éstos los propagaron a las demás naciones, a proporción que con su imperio extendían su religión y sus costumbres.

   La virtud encontró en ellos un pábulo abundante digno de su atención. El fomento de la sociedad, el ejercicio moderado, tan conveniente para conservar la salud, ejercitar las fuerzas del cuerpo para tenerlas prontas en defensa de la patria, instruirse y perfeccionarse en las artes de la guerra, y demás necesarias a la vida, sobre todo, recrear el espíritu fatigado del trabajo para emprender con nuevo vigor las ocupaciones serias, son las conveniencias que aportaron los juegos, y otras tantas razones que empeñaron a la virtud en fomentarlos y cultivarlos. Pero no fué este el principio a que debieron sus mayores auges: nuestra propia constitución y naturaleza fué su verdadero origen.

   El hombre está casi siempre combatido de una continua lucha entre la ociosidad, que le causa tedio, y el trabajo, que le fatiga. Aquella sucesión interminable de diversos pensamientos e ideas, que no puede faltar cuando está despierto, traen alterados su entendimiento y fantasía, mientras no se fija a un objeto determinado; pero si éste es serio, lo cansa y lo fastidia, porque lo arrastran sus inclinaciones al placer. Sólo en el juego halla combinadas todas las circunstancias, que parecía imposible unirse para calmar la pugna interior que lo agita. En él descubrió una ocupación, que lo libra de la ociosidad, sin precisarlo al trabajo, y que divierte sus pensamientos, sin abstraerlo del regocijo: razón porque nuestro idioma lo llamó Juego, de la voz latina Yocus, que significa alegría, y que también suele aplicarle aquel dialecto. A la sombra de estas utilidades era muy consiguiente adquiriera notables creces.

DE LA MEDITACIÓN DE LA MUERTE – Por el Beato Tomás de Kempis.




   Muy pronto acabarán tus días. Mira, pues, cómo te encuentras, porque hoy existe el hombre, y mañana no aparece.

   Y cuando ya no se le ve, pronto también se le olvida.

   ¡Oh estupidez y dureza del corazón humano que no más considera lo presente y no de prever más bien lo futuro!

   Así deberías pensar y obrar en todo como si hoy mismo hubieras de morir.

   Si buena conciencia tuvieras, la muerte poco temieras.

   Mejor fuera huir del pecado que huir de la muerte.

   Si no estás hoy preparado, ¿lo estarás mañana? Mañana es día incierto; pues ¿cómo sabes tú si mañana vivirás?

   ¿De qué sirve vivir mucho, cuando nos enmendamos tan poco?

   ¡Ay, una larga vida no siempre enmienda, antes suele el número de las culpas aumentar!

   ¡Ojalá que siquiera un día hubiéramos vivido bien en este mundo! Muchos llevan la cuenta de sus años en religión; pero muchas veces poco es el fruto de la conversión.

   Si terrible cosa es morir, quizá sea más peligroso aún vivir más.

   ¡Dichoso quien siempre piensa en la hora de la muerte, y cada día se prepara a morir!

   ¿Has visto morir a alguien? Pues considera que tú también pasarás por allí.

   Al amanecer piensa que no anochecerás.

   Al anochecer, no esperes amanecer.

martes, 4 de julio de 2017

REFLEXIONES SOBRE LA INFELICIDAD DEL HOMBRE – Por el Beato Tomás de Kempis.




      Desdichado serás donde estuvieres y a donde fueres, si a Dios no te convirtieres.

   ¿Por qué te inquietas cuando las cosas no te salen como querías y tenías proyectado?

   ¿Hay acaso persona a quien le salga todo al deseo? No, ni a mí, ni a ti, ni a hombre alguno sobre la tierra.

   No hay hombre en este mundo que esté libre de angustias y pesares, aunque sea rey o papa.

   ¿Quién es el que lo pasa mejor? Sin duda quien es capaz de sufrir algo por Dios.

   Dicen muchos de alma débil y enfermiza: “Mira qué buena vida se da ese señor, qué rico, grande y poderoso es, y qué encumbrado está.” Pero, si consideras las cosas celestiales, verás que comparadas con ellas nada valen las del mundo, porque son muy inseguras, y más que felicidad, inquietud es lo que causan, porque sin temor y zozobra no se pueden poseer.

   No consiste la felicidad del hombre en la abundancia de bienes temporales; bástale lo suficiente.

   Verdadera desdicha es vivir sobre la tierra.

   Cuanto más espiritual quiere ser el hombre, tanto más amarga se le hace la presente vida, porque ve más claramente y siente más agudamente las miserias de la humana corrupción.

   Porque el comer y beber, el dormir y estar despierto, el trabajar y descansar, en una palabra, el estar sujeto a las necesidades corporales, es en verdad una gran desdicha y pena para los hombres espirituales, quienes querrían estar desembarazados de ellas y libres de todo pecado.

   Al hombre espiritual mucho le pesan las necesidades de la vida. Por eso, para librarse de ellas, pide fervorosamente el profeta: “Líbrame, Señor, de mis necesidades” (Sal 24, 17).

   ¡Ay de los que no ven su miseria, y más todavía de los que, conociéndola, viven apegados a esta vida miserable y mortal!

   Pues hay algunos tan tenazmente apegados a ella, aunque consigan apenas lo necesario trabajando o pidiendo limosna, que si eternamente en el mundo vivir pudieran, del reino de Dios ningún caso hicieran.

   ¡Oh insensatos, paganos de corazón, que tan profundamente sumergidos en las cosas terrenales yacen, que sólo en las cosas de la carne piensan! Mas al fin de la vida verán con dolor, los infelices, qué vil, nada en realidad, fue lo que tanto amaron.

   Mientras que los santos y todos los fieles amigos de Cristo no han buscado lo que a la carne acaricia, ni lo que en el mundo resplandece: todos sus anhelos, toda su esperanza, en los bienes eternos concentraban.

   Todo el ardor de su corazón hacia lo celestial, hacia lo invisible y eterno suspiraba para que el amor de lo sensible hacia la tierra no los arrastrase.

   No pierdas, hermano mío, la esperanza de adelantar en la virtud: aún tienes tiempo y oportunidad.

   ¿Por qué quieres dejar tu propósito para mañana? Levántate ahora mismo y empieza, diciendo: “Éste es el tiempo de trabajar, éste es el tiempo de luchar, éste es el tiempo oportuno para enmendarme.”

   Cuando sufras y estés afligido, entonces es tiempo de merecer.

   Tienes que pasar por agua y fuego para llegar al descanso (cf. Sal 65, 12).

   Si no te haces violencia, no triunfarás de los vicios.

   Mientras carguemos con este frágil cuerpo, no podremos vernos libres de pecado, ni vivir sin dolor y hastío.

   Ya quisiéramos descansar de nuestras penas y dolores; mas, como por el pecado perdimos la inocencia, también perdimos la felicidad verdadera. Así que tengamos paciencia y esperemos en la misericordia de Dios, hasta que pasen estas miserias, y la vida mortal en inmortal se transforme (cf. Sal 56, 2; 2 Cor 5,4).

      ¡Ay, cuán grande es la fragilidad humana, siempre tan inclinada al mal!

   ¿Confiesas hoy tus pecados? Mañana vuelves a caer en ellos.

   ¿Te propones guardarte? A la hora ya obras como si nada te hubieses propuesto.

   Justamente, pues, debemos humillarnos y tenernos siempre en poca estima, pues tan frágiles y mudables somos.

   ¡En corto tiempo se puede perder por negligencia lo que al cabo de mucho tiempo apenas se ganó con la gracia. ¿Qué será de nosotros al fin, cuando tan al principio nos entibiamos? ¡Ay de nosotros que queremos echarnos a descansar como si ya estuviésemos en paz y seguridad, cuando en nuestra vida no se ven todavía trazas de perfección verdadera!

   ¡Cuánto necesitaríamos que otra vez nos formasen en santas costumbres, como se hace con los buenos novicios, por si acaso hubiera alguna esperanza de enmienda y progreso espiritual para el futuro!



“LA IMITACIÓN DE CRISTO”
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