lunes, 20 de noviembre de 2017

De las enfermedades, en cuanto son purgatorio de nuestros pecados y ocasión de grandes merecimientos - Por el Padre Luis de Lapuente.




   Como las penas del infierno se mudan con otras que se han de pagar en el purgatorio, si no se pagan en esta vida, has de considerar, para tu consuelo, que Dios nuestro Señor tiene dos purgatorios: uno debajo de la tierra, y otro de enfermedades y trabajos en este migado, y que cada uno excede al otro en algo. El purgatorio de la otra vida excede en que es pura pena, sin temor de impaciencia, ni de nueva culpa o mezcla de ella. Y esto es de grande estima, pero es de grande fatiga, porque tampoco hay merecimiento, ni aumento de gracia, ni esperanza de subir a mayor gloria con la pena que se padece; y en cierto modo está allí la caridad muy violentada, más que en esta vida, porque su inclinación es o estar unida con Dios, viéndole claramente en la gloria y allí descansar como la piedra en su centro, o subir y crecer siempre, procurando amar más y más, hasta lo sumo que puede, porque de suyo no tiene tasa señalada. Y como en el purgatorio no ve a Dios, ni crece para verle más, está fuera de su centro violentada y afligida, porque pena y no medra.

   Mas el purgatorio de esta vida, por el contrario, tiene peligro y temor de impaciencias y culpas que suelen mezclarse con las enfermedades y aflicciones, aunque no faltan ayudas de Dios para preservarse de ellas. Pero tiene otras grandes excelencias para pagar y purgar las culpas cometidas; porque en la enfermedad, el tormento pequeño en breve tiempo satisface mucho más que el tormento largo y grande del purgatorio, y el ardor de la calentura de un día podrá rescatar el fuego del purgatorio de un mes o un año; pues no solamente paga padeciendo, sino satisfaciendo y mereciendo con actos heroicos de caridad, haciendo de la necesidad virtud y ofreciendo a Dios lo que padece por el amor que le tiene. Así como en el mundo es de menos estima la satisfacción que da el reo obligado por el juez a restituir la honra que quitó, que cuando él se humilla por su voluntad y se desdice por hacer lo que debe. Y de aquí es que en el purgatorio cada alma paga por sí sola, sin poder aplicar nada a la otra; más en esta vida es tanta la riqueza del que padece, que muchas veces paga todo lo que debe, y de lo que le sobra puede aplicar a otros vivos o difuntos, y enriquecer con su mérito los tesoros de la Iglesia. De suerte, que si padeces un día de calentura fuerte y quieres aplicar tu satisfacción por un alma que está ardiendo en el purgatorio, pagas por ella su deuda; y en tal coyuntura, puedes hacer que con tu fuego salga ella libre del suyo y se vaya al cielo, en donde rogará a Dios por quien tanto bien la hizo. Todo esto ha de serte motivo de gran consuelo, alabando a Dios, que te da aquí tal modo de | purgatorio que puedas pagar por ti y por otro, y quitar los estorbos de las manchas que impiden la entrada en el cielo, para que tu caridad siempre siga su inclinación, o subiendo sin parar a su fin último, o gozando de él con eterno descanso.

MEDITACIÓN SOBRE LA IRA




Colaboradora del blog.


   I. Considera los efectos de la ira y aborrecerás este vicio. La ira o cólera te vuelve insoportable a ti mismo, turba la paz de tu alma y arruina la salud de tu cuerpo; además, te hace odioso a tu prójimo, porque nadie quiere conversar con un hombre que se arrebata por las cosas más insignificantes. ¡He merecido yo el infierno por mis crímenes y no quiero sufrir nada para expiarlos! ¡Los santos soportaron el martirio por Jesucristo y yo me irrito por una palabra! Si consideras que lo que te contraría te sucede por la permisión de Dios, te someterás a sus órdenes sin quejarte y sin dejarte llevar por la cólera. Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza, vienen de Dios (Eclesiastés).

   II. ¡Cuántas faltas no arrastra consigo la cólera! Las injurias, las calumnias, las enemistades, las muertes y las guerras, son los funestos efectos de este vicio. Para corregirte de él, acuérdate de la paciencia que Jesucristo te ha enseñado con sus palabras y con sus ejemplos. ¿Acaso Dios echa mano del rayo todas las veces que lo ofendes? Nada emprendas, nada resuelvas en el momento de la ira; deja que primero se calme la tempestad.

   III. Alguien te ha ofendido; vete a buscarlo cuando se ha calmado tu cólera, hazle ver su falta con dulzura y caridad: te escuchará infaliblemente y reconocerá sus yerros. Reconcíliate con él lo antes posible; cuando tuviere falta, no vaciles en prevenirlo. Si falta a su deber, ¿no faltas tú al consejo que Jesucristo te da?; perdónalo, no sea que te vuelvas tú malo como él. ¿Has recibido una injuria? Perdona a fin de que no haya dos culpables.


   La mansedumbre. Orad por los que os hacen mal

LAS ALMAS EUCARÍSTICAS (pensamientos sobre la Eucaristía, para cada día del año) – 20 de Noviembre.





Padre mío: ¡qué alegría se experimenta en abandonarlo todo en los brazos de Jesús!


   ¡Se está tan bien con Jesús a solas! El alma fiel hácese de Jesús hija queridísima, y le abre los brazos y la estrecha contra su corazón. ¡Oh Jesús, siento mucha necesidad de vuestro amor! No es posible pasar un instante delante de Jesús en el tabernáculo, sin experimentar la mayor de las fieldades. ¿Por ventura no estoy en el paraíso, cuando Jesús me hace penetrar en el sagrado recinto, donde se hallan su cuerpo y su sangre presentes en el pan eucarístico?

   Esta tarde no podré hacer mi visita a Jesús. ¡Qué pena! Jesús adorado: te ofrezco desde ahora el sacrificio de no estar en hora tan querida contigo, sino en casa, ocupándome en cosas tan distintas. Jesús, que sepa hacer tu voluntad.


Padre Fr. Bernardino Izaguirre
De Orden de los Menores.



domingo, 19 de noviembre de 2017

LAS ALMAS EUCARÍSTICAS (pensamientos sobre la Eucaristía, para cada día del año) – 19 de Noviembre.


San Tarsicio mártir de la Eucaristía


Desagraviemos a Cristo.

   Cuando el mundo le hace una tan cruda guerra, todas las almas piadosas debemos agruparnos al pie del altar. ¿Para qué? Para desagraviarle con nuestras fervorosas comuniones, con nuestras adoraciones, con las expresiones de nuestro más sentido afecto.

   Solo subió al Calvario: ¡qué vergüenza para sus discípulos, para los que tantos beneficios recibieron de sus manos! No le abandonemos nosotros ahora, y si nos tocase morir, muramos por El.



Padre Fr. Bernardino Izaguirre
De Orden de los Menores.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Conoce Usted perfectamente el derecho. Pero ¿sabe Usted también el Catecismo? Un rasgo de García Moreno.




   El presidente del Ecuador, deseoso de formar una buena magistratura, asistía personalmente a los exámenes de la facultad de Derecho y dirigía preguntas a los discípulos.

   Un día cierto aspirante al doctorado contestó a los examinadores de la manera más satisfactoria.

   —“Conoce Usted, perfectamente el Derecho—le dijo García Moreno;— pero ¿sabe Usted, también el Catecismo? Un magistrado debe conocer ante todo la ley de Dios para administrar justicia.”

      Y preguntó en este sentido al examinando, que se quedó mudo.


   —Caballero—le dijo gravemente el mártir del Ecuadorsois doctor; pero no ejerceréis vuestra profesión hasta que hayáis aprendido la Doctrina cristiana. Id unos cuantos días al convento de Franciscanos para aprenderla.

¿Por qué preocuparme por el futuro?




   Dios se conforma con una mirada, con un suspiro de amor. (Santa Teresa de Lisieux)

   Ni ayer, ni mañana... Y dejo el tormento del pasado, para dejar paso a otro fantasma. Cuanta fantasía dirigida hacia el futuro… cuánta paz robada; cuanto miedo, cuánta congoja.

   ¿Por qué rechazo la serenidad el momento presente? No hago más que angustiarme por lo que será mañana. Todo se convierte en problema: la salud, la casa, el trabajo, la vejez, los hijos, los parientes, la política… ¿por qué ese empeño en vendarse antes de que la herida se produzca?

   ¿Cómo puedo saber lo que ocurrirá mañana? Cuando cada evento será determinado por factores que hoy son imprevisibles y desconocidos. No quiero perder el tiempo buscando en el laberinto de tantas combinaciones posible. Tengo que pensar en el hoy.

   ¿No es más real, vivir con empeño y paz cada hora, como si fuese la primera, como si fuese la única, como si fuese la última? Para el afán de esta jornada, ¿acaso Dios, no está cerca de mí, con una providencia que se adapta y es proporcional a mi necesidad del momento?… En el presente, no hay fantasmas.

   El evangelio me garantiza esta presencia providencial, que me invita a confiar sobretodo en Dios, que es padre. Me asegura que nada podrá faltarme si sé buscar, antes que nada “sus cosas”.

   Tengo que aprender a llamar a Dios, ¡Padre! Sobre todo en la hora del dolor, en el que tengo solo dos caminos para escoger: uno en bajada, que lleva a la desesperación y al rechazo. El otro en subida, que con dificultad conduce a su regazo.

   Nada es más importante, nada es más precioso en mi vida de sufrimiento, como que éste sea aceptado con humildad, soportado con paciencia, ofrecido con amor. El señor está cerca, aunque aún tal vez no lo sepa. Nada en mi vida ocurre por casualidad: todo es personalmente, querido y permitido, por Dios. “sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio” (Rom VIII, 28)

   Dios no es ajeno a mi dolor, que ha previsto para mí, que con sabiduría sostiene de una forma providencial adaptada al momento. Quien sufre con Cristo, vence siempre. Quien sufre sin él está solo para llorar. ¡Alabado sea Jesucristo!



AMOR A MARÍA – PARTE PRIMERA




MARÍA AMABLE
I
María amable por su excelencia y dignidad.


   Para amar a María es preciso conocerla Nunca será nuestro amor a la excelsa Señora tan grande e ilustrado, tierno y profundo, como, debe ser, si no conocemos, según la cortedad de nuestro entendimiento, lo que María es respecto de Dios y de los hombres, el puesto que ocupa en el plan y consejo divino y lo muchísimo que le debemos.

   “María aparece en las Escrituras como una mujer prodigiosa, vestida del sol, calzada de la luna y coronada de estrellas (Apoc. XII, 1). Yo—dice ella misma–salí de la boca del Altísimo, engendrada primero que existiese ninguna criatura. Yo hice nacer en los cielos la luz indeficiente, y, como una niebla, cubrí toda la tierra. En los altísimos cielos puse mi morada, y el trono mío sobre una columna de nubes. Yo sola circuí el ámbito del cielo, y penetré por el profundo del abismo, me paseé por las olas del mar y puse mi pie en todas las partes de la tierra; y en todos los pueblos y en todas las naciones tuve el supremo dominio... Entonces el Criador de todas las cosas dió sus órdenes... y me dijo: Habita en Jacob, y sea Israel tu herencia, y arráigate en medio de mis escogidos... Y me arraigué en un pueblo glorioso y en la porción de mi Dios, la cual es su herencia; y mi habitación fué en la plena reunión de los santos. Elevada estoy cual cedro sobre el Líbano, y cual ciprés sobre el monte de Sión... Extendí mis ramas como el terebinto, y mis ramas llenas, están de majestad y de hermosura. Yo, como la vid, broté pimpollos de suave olor, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Yo, madre del amor hermoso, y del temor, y de la ciencia de la salud y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia para conocer el camino de la verdad: en mí toda esperanza de vida y de virtud. Venid a mí todos los que os halláis presos de mi amor, y saciaos de mis dulces frutos; porque mi espíritu es más dulce que la miel, y más suave que el panal de miel mi herencia. Se hará memoria de mí en toda la serie de los siglos. Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mí beben. El que me escucha, jamás tendrá de qué avergonzarse; y aquellos que se guían por mí, no pecarán. Los que me esclarecen o dan a conocer a los demás, tendrán la vida eterna (Eccli. XXIV, 5-31.).”

   Según los Santos Padres, María es, entre todas las criaturas, la obra maestra que ha salido de las manos de Dios; el gran negocio de todos los siglos; reparadora del orbe, verdadera madre de los vivientes, como Eva lo fué de los que habían de morir; alba alegrísima, precursora del sol de justicia, que baja de los collados eternos, pacificadora, del mundo, en cuyo virginal seno se obraron los reales desposorios de la naturaleza divina con la humana en la persona del Verbo...

   Con razón se expresaban así los Santos Padres. Porque sabían muy bien que María, en la mente y decretos del Altísimo, ocupa un lugar muy superior a todas las simples criaturas, que la eleva hasta introducirla en el mismo orden divino; por manera que, subiendo de las criaturas al Criador, más arriba de la Virgen sólo se encuentra la divinidad, y, bajando de Dios a las criaturas, la primera es María, encumbrada sobre todos, ya que no por naturaleza, que en esto es inferior a los ángeles, pero sí por gracia, por dignidad, por la incomparable grandeza a que Dios la levantó.

   Es sabido que el misterio de los misterios, la obra portentosa que Dios puso en medio de los siglos, fué la encarnación del Verbo. Jesucristo es el alpha y omega, principio y fin de todas las cosas, centro hacia el cual converge toda la creación. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia: Él restableció la paz entre el cielo y la tierra por medio de la sangre que derramó en la cruz.

LAS ALMAS EUCARÍSTICAS (pensamientos sobre la Eucaristía, para cada día del año) – 18 de Noviembre.




La Eucaristía es la caridad inagotable de Cristo.


    ¿Habéis visto alguna vez sus límites?

   Si os acercáis alegres, también llega gustoso a nosotros.

   Si vais frías, aun se deja comer de nosotros.

    Si vais con miserias, aun se llega a vuestro corazón.

   Y si fuerais con ánimo de venderle, aun llegaría a vuestro corazón, sin mostrar los estremecimientos de su santidad ultrajada.

   ¿Habéis visto que se agote la caridad de Cristo en la Eucaristía?


Padre Fr. Bernardino Izaguirre

De Orden de los Menores.

viernes, 17 de noviembre de 2017

MEDITACIÓN SOBRE LA BUENA Y LA MALA CONCIENCIA





COLABORADORA DEL BLOG.


   I. No hay en este mundo placer comparable al que nos proporciona una buena conciencia. Si tienes esta dicha, ningún tormento es capaz de afligirte; si no la tienes, ninguna diversión puede verdaderamente regocijarte. Que se acuse al justo; que se lo maltrate: su conciencia le procurará más consuelo que el que podrían darle los aplausos del mundo entero.

   II. No hay suplicio comparable al de la mala conciencia: es un acusador, un juez, un verdugo que persigue en todo lugar al culpable y que no perdona a nadie; la conciencia ataca a Herodes, a Nerón, a Teodorico, y los hace temblar en medio de sus guardias. Nada es capaz de apaciguarla: te perseguirá hasta el fin de tu vida, si no la descargas del peso que la agobia.

   III. La mala conciencia continúa, después de esta vida, atormentando al pecador; lo sigue al juicio de Dios, lo acusa, lo confunde, desciende con él al infierno. Uno de los más grandes suplicios de los condenados es el gusano roedor que nunca muere. ¿Quieres evitarlo? Nada hagas en este mundo contra tu conciencia, escucha los reproches que te hace y sigue sus advertencias; nada podrá afligirte en este mundo ni en el otro. Nada más agradable, nada más seguro que una buena conciencia. Aunque el cuerpo sufra, aunque el mundo nos tiente, aunque el demonio nos espante, ella permanece tranquila.


El examen de conciencia
Orad por los pecadores

MEDITACIÓN SOBRE LAS MISERIAS DEL MUNDO





COLABORADORA DEL BLOG



   I. Sólo engaño hay en el mundo. No se encuentra fidelidad entre los amigos, ni caridad entre los parientes; por todas partes reina el disimulo; todos disimulan sus sentimientos, ocultan sus proyectos, buscan sus intereses y sus placeres. ¿En quién se podrá uno confiar? ¿De quién no se habrá de desconfiar? Sin embargo, ¡oh Dios mío! ¡Nos fiamos en el mundo que tan a menudo nos ha engañado y no en Vos, que siempre habéis sido fiel a vuestras promesas!

   II. No hay paz en el mundo; por todas partes reinan la división y la turbación: los hombres guerrean unos contra otros y se rebelan contra Dios con sus pecados; ¡concedednos esa paz que dais a vuestros servidores y que el mundo no puede darnos! Imita a los santos, que viven sin turbación en medio del mundo, porque no están animados por el espíritu del mundo, sino por el de Jesucristo.

   III. No existen en el mundo verdaderos bienes. Sus favores son emboscadas que nos tiende para perdernos. Sus bienes no son sino aparentes. Sus placeres siempre están mezclados de hiel y de amargura: nunca han contentado ni a uno solo de sus partidarios; cuanto más se tiene, más miserable se es. Renunciemos a un mundo poco fiel y siempre sospechoso: los pequeños son en él presa de oprobios, y los grandes de la envidia (San Euquerio).


El desprecio del mundo.

Orad por los jefes de Estado.

LAS ALMAS EUCARÍSTICAS (pensamientos sobre la Eucaristía, para cada día del año) – 17 de Noviembre.




   Nos llegamos a comulgar todos los días y jamás se niega a venir a nosotros.

  Nos acercamos al Tabernáculo para contarle nuestros desfallecimientos, nuestras alegrías, nuestros más grandes cariños; y jamás se cansa de escucharnos.

   ¡Si supiéramos toda la bondad que atesora Cristo en su santísimo Corazón!


Padre Fr. Bernardino Izaguirre

De Orden de los Menores.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Con verdad un hombre desengañado escribía en un cráneo humano: “Cogitanti vilescunt omnia... Al que en esto piensa todo le parece vil...”




   Quien medita en la muerte no puede amar la tierra... ¿Por qué hay tanto desdichado amador del mundo? Porque no piensan en la muerte... ¡Míseros hijos de Adán!, nos dice el Espíritu Santo (Salmo 4, 3),

   “¿Por qué no desterráis del corazón los afectos terrenos, en los cuales amáis la vanidad y la mentira?” Lo que sucedió a vuestros antepasados os acaecerá también a vosotros; en vuestro mismo palacio vivieron, en vuestro lecho reposaron; ya no están allí, y lo propio os ha de suceder.

   Entrégate, pues, a Dios, hermano mío, antes que llegue la muerte. No dejes para mañana lo que hoy puede hacer (Eclesiastés, 9, 10); porque este día de hoy pasa y no vuelve; y en el de mañana pudiera la muerte presentársete, y ya nada te permitiría hacer.

   Procura sin demora deshacerte de lo que te aleja o pueda alejarte de Dios. Dejemos pronto con el afecto estos bienes de la tierra, antes que la muerte por fuerza nos los arrebate. ¡Bienaventurados los que al morir están ya muertos a los afectos terrenales! (Apocalipsis, 14, 13). No temen éstos la muerte, antes bien, la desean y abrazan con alegría, porque en vez de apartarlos de los bienes que aman, los une al Sumo Bien, único digno de amor, que les hará para siempre felices.


“PREPARACIÓN PARA LA MUERTE”

San Alfonso María de Ligorio

viernes, 10 de noviembre de 2017

De las enfermedades que nos vienen por nuestros pecados, en la que resplandece la divina justicia con su misericordia. – Por el Padre Luis de Lapuente.




Aunque es verdad que algunas enfermedades son enviadas por algunos fines de la gloria de Dios, como después veremos, a ti te conviene considerar que las tuyas son castigo de tus pecados, o de los que conoces, porque sabes bien que has ofendido a Dios, o de los ocultos que no conoces, pero conócelos el juez, que justamente te castiga por ellos. Los muy santos, dice San Dionisio, padecen estas cosas por la gloria de Dios solamente, porque han sido inocentes y están libres de culpas graves; pero yo, miserable pecador, padezco las enfermedades por mis pecados, y confieso que merezco estos castigos, y en mí se cumple lo que dijo David: Por su maldad castigaste al hombre, e hiciste que su vida se secase como una araña. Vuelve, pues, los ojos a lo que padece tu cuerpo flaco y desvirtuado, y por ello sacarás lo que eres en el alma. Y ¿qué ha sido tu alma, sino una araña ponzoñosa, cuya ocupación era desentrañarse, tejiendo telas de vanidad que se lleva el viento, y urdiendo telas de codicia para cazar a los prójimos con engaño, y sustentarte de la sangre inocente, o quitándoles la hacienda o la fama y honra? ¿Qué araña hay tan seca como tu espíritu? El cual, habiendo de ser como abeja que coge miel de las flores, es como araña sin jugo, ni devoción o ternura, y seca como una arista. Luego justo es que Dios castigue a tal alma, poniendo su cuerpo también enfermo, flaco y seco como araña. Pues ¿de qué te turbas, miserable, si te dan lo que mereces y te ponen el cuerpo como tú has puesto el alma? Por esto añade David: Verdaderamente en vano se turba el hombre cuando está enfermo y atribulado, pues él ha dado la causa para ello. Por tanto, Señor, yo me vuelvo a ti, y te suplico que oigas mi oración y atiendas mis lágrimas y pongas fin a mis miserias.

jueves, 9 de noviembre de 2017

CUÁL DEBE SER NUESTRO AMOR A MARÍA. (Segunda parte final)









MARÍA AMADA DE LA IGLESIA MILITANTE

   Esta confianza filial, de que vamos tratando, debe ser además FIRME Y UNIVERSAL, de suerte que nada sea capaz de enflaquecerla, y al propio tiempo se extienda a todas las eventualidades y tropiezos de la vida. Nada, ni las cosas prósperas o adversas que nos sobrevengan, ni la malicia de los hombres o de los demonios, ni nuestras propias caídas, por graves o vergonzosas que sean, ni las mismas pruebas de Dios, a que según su beneplácito se digne someternos, deben ser parte para entibiar nuestra inquebrantable confianza en nuestra bondadosa Madre, María. Especialmente debemos recurrir a ella, como los niños corren al regazo de su madre cuando se ven acosados por enemigo más poderoso, en las ocasiones siguientes:

  PRIMERA, cuando nos asalta la tentación. María es el terror del infierno.

   Y nada sienten tanto los demonios como verse vencidos y arrollados por el poder de María. Al fin, ella fue la que aplastó la cabeza del dragón infernal; y esa derrota y la herida mortal que entonces recibió le llenan de confusión, y quiere desahogar en nosotros su rabia, ya que contra la Virgen es impotente. Y por eso mismo, María que ve que el infierno pretende vengar en nosotros el daño que Ella le hizo, vuela presurosa en nuestro auxilio siempre que la invocamos. Sigamos, pues, el consejo de San Bernardo. “¡Oh tú, cualquiera que seas, que te crees fluctuar con grande riesgo entre los huracanes y tempestades de este siglo, más bien que andar a pie firme sobre la tierra! no apartes tus ojos del esplendor de esta Estrella, si no quieres morir entre borrascas. Si se enfurecen los vientos de las tentaciones, si tropiezas en escollos de adversidades, vuelve los ojos a esta Estrella, invoca a María.  Si te mirares impelido fuertemente por las olas de la soberbia, de la ambición, de la detracción o envidia, vuelve los ojos a la Estrella, invoca a María. Si la ira o avaricia, o el estímulo de la carne agitaren la navecilla del alma, vuelve los ojos a María. Si turbado por la enormidad de los crímenes, confuso por la fealdad de la conciencia, aterrado por el horror del juicio futuro, comienzas a ser sepultado o como absorbido en el báratro de la tristeza, en el abismo de la desesperación, acuérdate de María. En los peligros, en las angustias, en las perplejidades de la vida, piensa en María, a María invoca. No se aparte de tus labios, no se aparte de tu corazón; y para lograr el favor de sus plegarias, no ceses de seguir el ejemplo de su vida. Siguiéndola, no te extravías; llamándola, no desesperas; acordándote de Ella, no yerras; si ella te sostiene, no caes; si te protege, no hay por qué temas; si encamina tus pasos, no te fatigas, y con su favor llegas a la eterna felicidad”.

   SEGUNDA.  La segunda ocasión en que hemos de recurrir especialmente a María, ha de ser cuando se trata de la elección de estado, ya propia, ya de aquellos que dependen de nosotros.

   Este es un negocio de suma importancia, íntimamente ligado con la eterna salvación y aun con la felicidad y dicha temporales. Muchos se condenan o viven vida infeliz, porque erraron en este punto, y siguiendo el ímpetu de la pasión o el egoísmo de la naturaleza, no tomaron a María por Madre y consejera.

   TERCERA. Hemos de recurrir en tercer lugar al patrocinio de María, siempre que nos asalte la enfermedad o nos veamos en peligro de muerte.

   ¡Ah! en este último trance, sobre todo, nos hemos de acordar de María y llamar muy de corazón a las puertas de su maternal misericordia, recordándole de una parte lo mucho que nos ama y padeció por nosotros al pie de la cruz, y por otra los años de nuestra infancia y el amor que le teníamos cuando niños, para que nos alcance perfecta contrición de las culpas y extravíos que cometimos después. Invoquémosla, si no podemos con los labios, con gemidos del corazón; pidamos a tiempo los santos sacramentos, que es error muy perjudicial guardar cosas tan importantes para cuando uno ya no sabe lo que se hace; roguemos que nos repitan con frecuencia los dulcísimos nombres de Jesús y María; besemos con filial cariño su imagen y escapulario, y las cuentas del rosario, objetos para nosotros de más estima que rico collar de perlas y brazaletes de oro, y... muramos, en fin, con la muerte de los justos que mueren en el Señor, cerrando los ojos a la luz de este mundo para abrirlos en la risueña alborada del día de la gloria. ¡Oh, dichoso el que muere besando la imagen de María o pronunciando su dulcísimo nombre!

miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA ORACIÓN HUMILDE.


CUÁL DEBE SER NUESTRO AMOR A MARÍA. (Primera parte)







   Nuestro amor a la Santísima Virgen ha de ser, ante todo, amor FILIAL. Esto es lo primero que se deriva de nuestra cualidad de hijos de esta excelsa Señora, dada a nosotros por Madre de la manera más solemne desde el sangriento árbol de la cruz. Pero este amor filial importa a la vez RESPETO Y OBEDIENCIA a nuestra querida Madre. ¿Quién ama a la suya, que no la reverencie y obedezca? Nada más puesto en razón.

   Este RESPETO  hará que hablemos siempre bien de Ella, que la saludemos al pasar por delante de sus imágenes, por lo menos interiormente, si lo advertimos, que oigamos con gusto sus alabanzas y la honremos pública y privadamente, rezándole cada día nuestras devociones y, siempre que podamos, el santísimo rosario. ¡Ah! ¿Qué buen hijo, si puede, dejará pasar mucho tiempo sin saludar o dirigir la palabra a su madre, sin verla o visitarla?

   Este amor respetuoso hará también, no sólo que nunca digamos palabras ofensivas a nuestra Señora, más que asimismo procuremos, hasta donde alcancen nuestras fuerzas, que ninguno las diga. ¿Qué buen hijo sufriría que deshonrasen a su Madre? Por esto los buenos hijos de María, que en viajes o en otras partes tienen que callar para no promover mayor escándalo y ser ocasión de que se cometan más pecados, al oír ciertas bocas del infierno, groseras y mal habladas, reparan las blasfemias contra Dios y la Virgen con interiores alabanzas, y procuran, ya que no reprender al impío o asqueroso blasfemo, desarmar la cólera celeste, indignada contra el procaz y sucio gusano de la tierra.

   La OBEDIENCIA, nacida de este mismo amor filial, hará que seamos dóciles a las inspiraciones que nuestra buena Madre nos envíe por medio de los santos ángeles, que están a sus órdenes, o por el dictamen y remordimiento de nuestra conciencia, No contristemos a María, ni mucho menos la ofendamos a sabiendas. Si oímos su voz y seguimos sus consejos, todo nos saldrá bien. “Observa, hijo mío—nos dice ella, —los preceptos de tu Padre, y no abandones la ley o los documentos de tu Madre: tenlos siempre grabados en tu corazón, y sírvante como de collar precioso. Cuando caminares vayan contigo, guárdente cuando durmieres, y en despertando conversa con ellos; pues, el mandamiento de tu Padre es a manera de antorcha, y la ley o instrucciones de tu Madre como una luz, y la corrección que conserva a los jóvenes en la disciplina es el camino de la vida”.

   En segundo lugar, nuestro amor a la Virgen Santísima ha de ser TIERNO Y CONFIADO. ¿Qué hijo no siente ternura y confianza hacia su madre? ¿Quién la merece mejor que ella? ¿Quién sabe compadecerse de las debilidades y flaquezas de los hijos con más ternura que las Madres? ¿Y quién más Madre que María?

lunes, 6 de noviembre de 2017

Acerbo Nimis (fragmento) – Carta encíclica de san Pío X (sobre la enseñanza del Catecismo) 15 de abril de 1905




Necesidad de instrucción

   …¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! –Al decir “pueblo cristiano”, no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y –lo que es más triste la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote –por no perder la esperanza de su salvación– les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre –por desgracia, con harta frecuencia– que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.


   Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos. (Instit. 27, 18.)

martes, 24 de octubre de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte VI)






Malicia, habilidad, y astucia del Demonio.

   El  demonio, dice San Cipriano, es llamado serpiente, porque se desliza y arrastra como ella; se adelanta insensiblemente, ocultando su marcha a fin de engañar. Su astucia es tan grande, sus planes tan hábiles y capciosos, que hace tomar la noche por el día, el día por la noche, el veneno por el remedio; lleva la desesperación bajo pretexto de esperanza, y la deserción bajo pretexto de fidelidad; ofrece a nuestros homenajes al Anti-Cristo bajo el nombre de Cristo. De esta suerte, haciendo pasar la mentira por verdad, escamotea sutilmente la verdad misma.

   Satanás se transforma en ángel de luz para seducir, dice el gran Apóstol.

   La malicia, la habilidad y las astucias de Satanás se manifiestan:

   1° en que observa cuáles son los lugares menos fortificados, como dice San Jerónimo.

   2° en que, como también dice San Jerónimo, no presenta jamás al hombre el pecado descubierto, sino que se sirve de rodeos; no se lanza de repente, sino que se adelanta poco a poco y echa completamente a pique la débil navecilla. Para hacer caer en el pecado, se oculta; porque es tan asqueroso, tan horrible y tan infecto, que si se presentase, haría morir de miedo a todo el mundo; nadie querría acercarse a él. Oculta la fealdad del pecado, de aquel pecado, que, hijo de Satanás, es asqueroso, horrible e infecto como su padre; disfraza el pecado con la apariencia y el nombre de dulzura, de flores lozanas, da felicidad y hasta de virtud. Oculta el anzuelo del pecado, y sobre todo del deleite, a fin de que quedéis cogidos a este aguijón penetrante y mortal, mientras saboreáis un placer engañoso y emponzoñado. Impele al hombre al vicio paso a paso; comienza por hacerle cometer faltas ligeras, y le arrastra asi á las mayores.

   El demonio, tan audaz, bien quisiera, si se atreviese y pudiese, hacernos desde luego tan malvados como él; pero, demasiado astuto, prevé que no tendría éxito su seducción. Bien quisiera atacarnos a campo abierto; pero, demasiado maligno, teme que se le escape su presa. Va por grados, dice Bossuet, y se oculta. Su fealdad, como ya hemos dicho, y la fealdad del pecado que quiere hacer cometer, darían horror: oculta una y otro; porque si el hombre pudiese ver al demonio y al pecado tales como son, jamás, jamás se daría al demonio ni al pecado...

   El demonio se arrastra como la serpiente, y toma sus movimientos y rodeos; ya enseña la cabeza, ya la cola. Se arrastra cuando está lejos, para que no le vean, y muerde cuando está cerca...

   Estudia nuestras inclinaciones y las admite: asi es que no tentará por impureza al avaro, porque para ser libertino habría de ser pródigo. No tentará por avaricia al impúdico. Transportará en espíritu al ambicioso a la cumbre del poder; llevará al orgulloso a adorarse a sí mismo; enviará hambre al hombro dominado por la gula, etc...

   Seduce al libertino de un modo, al sabio de otro, al escrupuloso de diferente manera. Ataca al niño, a los jóvenes, al hombre adulto, al anciano; a cada uno según su edad, su parte débil, su inclinación.

   Ataca ora al cuerpo, ora al espíritu, ora al corazon Hiere ya por fuera, ya por dentro; busca el paraje más débil; sube por asalto; presenta la flor, y oculta la espina; dora la copa Mirad esta flor: ¡qué hermosa! respirad el agradable olor que despide Examinad esta copa: ¡qué excelente licor contiene! bebed, bebed... Pero, ¡deteneos! esta flor y esta copa está envenenada; si las tocáis, moriréis al momento para la eternidad...

   No es más que un pensamiento, dice aquel maligno espíritu, una simple mirada, una complacencia probadlo, ya os detendréis cuando queráis. Si buscáis la felicidad, aquí la podréis hallar... Tened cuidado; ya se avanza el asesino; el incendio empieza por una chispa… Que un buque vaya a pique, ya recibiendo de repente una gran cantidad de agua, ya tomándola poco a poco, el hecho es qne el buque va a pique… El demonio, este monstruo astuto, dice Bossuet, va por grados; inclina primero a Judas a la avaricia, luego le induce a vender a su Dios, más tarde a la traición, y por fin a la desesperación, a la cuerda, al infierno.

   Ved como el maligno espíritu ataca a nuestros primeros padres. La serpiente, dice la Escritura, que era el más astuto de todos los animales, dijo a la mujer: ¿Por qué motivo os ha mandado Dios que no comieseis del fruto de todos los árboles del paraíso? (Gen. III. 1). Esta sola pregunta es un crimen. ¿Por qué, serpiente infernal, te metes en lo qne Dios ha mandado? Lo que Dios ha prescrito es sagrado ¿No obra asi Satanás respecto de todos los hombres para seducirlos? ¿Por qué no habéis de hacer esto? les dice: ¿Por qué no habéis de ver a tal persona? ¿Por qué no habéis de ir a tal sitio? ¿Por qué, etc.?

   Eva le respondió: Dios nos ha prohibido comer del fruto del árbol que está en medio del paraíso, para que no muramos. (Gen. III. 2-3). ¡Imprudente Eva! ha tenido la debilidad de escuchar un instante a la serpiente, y sólo por esto ha empezado a sucumbir y a ser culpable. ¡Ay de mí! ¿No nos conducimos nosotros también de este modo?...

   La serpiente, viendo la debilidad de Eva, va más lejos: al crimen de la pregunta une el crimen de la negativa, y responde a la mujer: De ninguna manera, no sufriréis la muerte (Gen. III. A). ¿No obra el demonio de una manera parecida con nosotros? No hay tanto mal en esto como se dice; es exageración; son demasiado severos. ¡Qué! ¿El infierno por tan poca cosa?... En tercer lugar, al crimen de la pregunta y de la negativa, la serpiente añade el crimen de la afirmación, para instar a Eva y seducirla del todo: No moriréis, dice, porque Dios sabe que el día que comáis de esta fruta se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. (Gen. III. 5).

   Ya está Eva seducida y perdida. La mujer vió, pues, que aquella fruta era buena “para comer, y bella a los ojos, y de un aspecto  deleitable; y cogió del fruto, y comióle; y dió también a su marido, que comió como ella. (Gen. III. 6). Y los ojos de ambos quedaron abiertos; y reconocieron que estaban desnudos, etc. (Gen. III. 7). Estos son los felices y los dioses que ha hecho el demonio. Todos los que escuchan a la serpiente, hallan las mismas recompensas...

lunes, 23 de octubre de 2017

De la oración que se hace ante el Santísimo Sacramento – Por San Alfonso María de Ligorio.





   



   En cualquier lugar en que se haga la oración, es siempre agradable a Dios; mas parece que Jesucristo agradece de un modo particular la que se le hace ante el Santísimo Sacramento, porque otorga más abundantemente sus gracias y sus luces a los que se llegan a visitarle.  Se ha quedado en este Sacramento, no sólo para alimento de las almas que lo reciben en la santa comunión, sino también para que los que le busquen puedan gozar de su presencia en todo tiempo y en todo lugar. Van los piadosos peregrinos a Loreto donde Jesús vivió, y a Jerusalén en donde fué crucificado; pero, ¡cuánto mayor no ha de ser nuestra oración, al tener delante de nuestros ojos el tabernáculo, en que este mismo Dios, que habitó con nosotros y por nosotros murió en el Calvario, reside noche y día personalmente!

   No es permitido a toda clase de personas hablar privadamente a los reyes de la tierra; mas todos sin excepción, ricos y pobres, nobles y plebeyos, pueden hablar cuando quieran al Rey del Cielo, Jesucristo, y exponerle sus necesidades, y pedirle sus mercedes en este Santo Sacramento, donde está pronto a dar audiencia a todos, y a todos les oye y los consuela.

   La gente del mundo que no conoce otros placeres que los terrenos, no concibe qué placer pueda gozarse al pie del altar en donde está la hostia consagrada; más para las almas que son amantes de Dios, las horas y los días enteros pasados delante del Santísimo Sacramento no son más que minutos: tan dulces son los goces que el Señor allí les da a probar.

   ¿Pero cómo podrían los mundanos gozar de estas dulzuras, ellos cuyo corazón y cabeza no están llenos sino de tierra? San Francisco de Borja decía que para que reinase en nuestros corazones el amor divino, era menester antes quitar de ellos la tierra; de otra manera, el amor divino, ni siquiera entra allí, porque no encuentra lugar donde estar. Cesad, dice David, y ved que yo soy Dios. Para percibir el sabor de Dios y experimentar cuán dulce es para quien le ama, es menester quedar vacante, esto es, despegarse de los afectos terrenos. ¿Queréis encontrar a Dios? Desprendeos de las criaturas y lo encontraréis, decía Santa Teresa.

   ¿Qué debe hacer un alma delante del Santísimo Sacramento? Amar y rogar. No debe permanecer allí para percibir dulzuras y consuelos, sino solamente para agradar a Dios con actos de amor, para entregarse enteramente a Dios, despojándose de toda voluntad propia, y ofreciéndose a su divina Majestad, diciendo: Dios mío, yo os amo, y sólo a vos quiero amar. Haced que os ame siempre: después disponed de mí y de todas mis cosas y mis bienes como sea de vuestro agrado.

   Entre todos los actos de amor divino, el más agradable al Señor es el que hacen continuamente los elegidos en el cielo, el cual consiste en regocijarse por la beatitud infinita de Dios. Los elegidos aman a Dios más que a sí mismos: más desean la felicidad de aquél a, quien aman que la suya propia; y viendo que Dios goza de una felicidad infinita, recibirían por ello un contentamiento infinito; mas por cuanto la criatura no es capaz de un contentamiento infinito, queda llena de él, de modo que el gozo de Dios hace el gozo de ella y su paraíso.

   Estos actos de amor, aunque hechos acá en la tierra sin experimentar dulzura sensible, son muy agradables a Dios. No siempre concede sus consuelos en esta vida a las almas que más quiere: no se los concede sino muy rara vez, y entonces, no tanto es para recompensar sus buenas obras (la recompensa completa se la reserva en el cielo), como por darles más fuerzas para soportar con paciencia los disgustos y adversidades de la vida presente, y en especial las distracciones y sequedades a que están sujetas las almas piadosas en medio de la oración.

   En cuanto a las distracciones, no hay que hacer caso: basta que las alejemos cuando nos enteramos de ellas: los mismos santos las experimentan algunas veces; mas no por esto cesan de orar, y nosotros debemos imitarlos. San Francisco de Sales dice que, aunque en la oración no hiciéramos más que desechar y volver a desechar las distracciones, todavía la oración es de gran provecho.

   Cuanto a las sequedades, la mayor pena de las almas piadosas es el hallarse a veces sin ningún sentimiento de devoción, sin voluntad y hasta sin ningún deseo sensible de amar al Señor, y con esto frecuentemente se les añade el temor de estar en desgracia de Dios por sus culpas, y de ser de él abandonadas. En tan profundas tinieblas no saben hallar la salida, y les parece que tienen cerradas todas las puertas. Continúe entonces el alma su oración: resista al demonio: procure unir su desolación a la que Jesucristo experimento en la cruz; y si no puede decir otra cosa, diga a lo menos con algo de espíritu: Dios mío, quiero amaros, quiero ser enteramente de vos: tened piedad de mí, no me abandonéis. Diga también, como decía una alma santa a Dios cuando más desolada se sentía: Os amo, por más que parezca que me aborrecéis: huid lejos de mí y donde queráis, que yo os seguiré a todas partes para amaros. Acto de amor.


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