jueves, 25 de mayo de 2017

Testimonio del poder de María Santísima y su Santo Rosario sobre el infierno y sus demonios – Por San Luis María Grignion de Montfort.




   …Entonces los demonios comenzaron a gritar:

   “¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por ti, ¡oh abogada de los pecadores, a quienes sacas del infierno; oh camino seguro del cielo!, seamos obligados —a pesar nuestro— a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!

   ¡Oíd, pues, cristianos! “Esta Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras intrigas, rompe nuestras redes y reduce a la inutilidad todas nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros. Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. Ea tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores.

   Tened también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan gracias a su intercesión. ¡Ah! Si esta Marieta —así la llamaban en su furia— no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión —obligados por la violencia que nos hacen—, que nadie que persevere en el rezo del rosario se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos.”



“EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO”

LOS SACRIFICIOS DEL CORAZÓN – Por Augusto Saudreau (canónigo honorario de Angers)



   Es también voluntad de Dios que nuestro corazón sea muy suyo, y para que ame perfectamente a Dios se le exigen sacrificios que purifiquen y sobrenaturalicen mucho las afecciones más legítimas. Es tan dulce el amar; es la gran necesidad de toda naturaleza inteligente, porque Dios que es amor: Deus charitas est, formó a su semejanza las más nobles de sus criaturas. Amar será la gran felicidad del cielo; es también la verdadera dicha en la tierra: amar a un padre, a su madre, a los hermanos, a  las hermanas, amar aquellos a los cuales hemos hecho algún bien o que nos lo han hecho, amar a su patria, ¿hay cosa mejor, y quien no es feliz y se enorgullece sintiendo en su corazón estas dulces afecciones? Sólo los corazones depravados por el egoísmo o corrompidos por el vicio quieren deshacerse de esos afectos y siempre consiguen disminuirlos. Pero tales sentimientos no deben menoscabar el amor divino. “El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”, dice el Salvador (Mat. X, 37).

   El amor es el principio de todas nuestras acciones; obramos o por amor de Dios o por amor de uno mismo o por amor del prójimo; si pues queremos que nuestra vida sea en todo de Dios es necesario que ordenemos por entero nuestro amor, que esté dominado e inspirado por el amor divino. Debemos amar a Dios con todo nuestro corazón; para cumplir perfectamente este mandamiento, no será necesario que lo que existe de más íntimo, de más ardiente, de más delicado en los sentimientos del corazón humano pertenezca a Dios, lo dirijamos a Dios. ¿No es menester que la gracia insinuándose en el fondo de esta facultad del alma que es la potencia amativa se apodere de ella, la transforme, la sobrenaturalice enteramente? Pero esto no será posible sino después de purificar el corazón, o cuando lo que hay en él demasiado natural sea destruido. Una afección muy viva por legítima que sea produce fácilmente actos que no son irreprochables, como procurar con ahínco satisfacciones personales que desagradan al Dios de la santidad, y dificultan la operación de la gracia. Se quiere gozar con exceso de la afección (apego) de un ser querido, nos complacemos sin medida en las diversiones con perjuicio del deber; y así con estos sentimientos legítimos de un afecto querido por Dios, nacen y se confunden y barajan juntamente otros muy humanos, los cuales arraigan, y no se pueden desarraigar sino como despedazando al alma que ama. Toda persona ferviente pues debe imponer a su corazón generosos sacrificios, pero Dios que la ama y quiere su santificación no se contentará con eso: será preciso que las penas del corazón ocasionadas por las separaciones, los duelos, las desgracias de los que amamos, o también por sus resistencias a los buenos consejos, por sus flaquezas y caídas, destruyan lo demasiado humano que hay en el afecto que entrañan, y que en lugar de sentimientos imperfectos reine un amor más puro y muy sobrenatural.

   Despojándose por estos sacrificios y privado con estas pruebas de los goces humanos de la afección, el alma fiel se despega de ellos; ya no ama para gozar, no quiere ya amar sino según Dios y para Dios; su amor desinteresado, es por eso mismo más fuerte. Abrahán no amó menos a Isaac después de consentir en sacrificarlo, su amor fué un amor más santo, más puro y más fuerte que hasta entonces.



“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”

miércoles, 24 de mayo de 2017

No esta en uso en nuestro país comulgar a menudo –– Por Monseñor de Segur




   Di más bien abuso que uso. Cubiertos con el nombre de usos y costumbres, se han manifestado entre nosotros una infinidad de preocupaciones tales, que poco a poco han ahogado, especialmente en la hermosa y cristiana Francia, todos los principios de la vida religiosa; este trabajo de destrucción ha durado más de un siglo, y ha logrado hacer casi imposible, bajo las hipócritas apariencias del respeto, toda práctica de piedad, dejar vacías nuestras iglesias y secar nuestros corazones, A remediar estos males, a sacudir este polvo, a desterrar estos usos desastrosos se encaminan desde hace veinte años, todos nuestros trabajos y sacrificios.

   Han tocado ya los excelentes efectos producido por la práctica de la frecuente Comunión un gran número de parroquias, que han entrado otra vez en el verdadero camino de la piedad por medio da las santas doctrinas católica y por el ilustrado celo de buenos y animosos sacerdotes. Conozco algunas comarcas que en pocos años han sufrido una trasformación completa; viniendo a deducir de todo esto, que tanto para una parroquia como para una comarca, lo mismo que para un alma, la sagrada Comunión es, sin duda alguna, el principio y el foco de la vida.

   Así, pues, dejando a un lado todos los respetos humanos, sin pusilanimidad ni cobardía, emprendamos todos por el amor de Dios la obra de nuestra regeneración, y sacudamos el yugo de la mentira; que rompiendo la capa de hielo que impide penetren los rayos del sol hasta el agua viva, salvaremos a estos pobres pececillos, harto tiempo aletargados, y volveremos a dar la vida y la alegría a una multitud de almas que languidecen, porque se les niega a Jesucristo.

   Cuanto más respetables son los buenos usos, tanto más peligrosos son los abusos; pero este es el peor entre todos, y al mismo tiempo uno de los obstáculos más fuertes para la regeneración cristiana de nuestra patria.



“LA SAGRADA COMUNIÓN”

ORACIÓN DE CONFIANZA A MARÍA AUXILIADORA




   Madre amable de mi vida auxilio de los cristianos, la pena que me atormenta, pongo en tus divinas manos. Dios te salve María...

   Tú qué sabes mis congojas, pues todas te las confío, da la paz a los turbados y alivia el corazón mío. Dios te salve María...

   Y aunque tu amor no merezco, no recurriré a Ti en vano, pues eres madre de Dios y auxilio de los cristianos. Dios te salve María...

   Acuérdate, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección haya sido abandonado; animado con esta confianza, me presento a ti. ¡Oh Madre de Dios!, no desoigas mis súplicas; escúchalas y acógelas benignamente, ¡oh clemente, oh dulce Virgen María!

(Pedir la gracia que se desea y rezar una Salve)



martes, 16 de mayo de 2017

Los Novísimos (el Juicio particular)




   Por juicio se entiende el estricto examen de toda nuestra vida ante el tribunal de Dios, seguido de la sentencia que decidirá nuestra suerte por toda la eternidad.

Hay dos juicios: uno particular entre el alma y Jesucristo inmediatamente después de la muerte; y otro universal al fin del mundo entre Jesucristo y todos los hombres reunidos. El juicio universal es una ratificación o confirmación del particular.

Certeza o pruebas de este Juicio.

   Pruebas de fe. — En varios pasajes de la Escritura hallamos sentencias, ejemplos o parábolas que prueban la realidad del juicio de Dios. He aquí algunas citas: Dice San Pablo: Está establecido que los hombres mueran una sola vez y que a la muerte siga el juicio.

   Jesucristo habló del juicio cuando dijo: Estad siempre preparados (para morir) porque a la hora que menos penséis el Hijo del hombre va a pediros cuenta de vuestra vida.

   Y en otra ocasión: Vigilad, pues, porque ignoráis el día, y la hora (de la muerte y del juicio).

   También hacen a este propósito las parábolas del rico Epulón y Lázaro, la del mayordomo injusto (Lucas, XVI, 1-9) de las diez vírgenes (Mat., XXV).

   Pruebas racionales.l) Dice Santo Tomás: El hombre puede ser considerado como individuo aislado y como parte del género humano; luego debe someterse a un doble juicio: a) uno particular en el cual sea premiado o castigado según sus obras, pero, sin que trascienda su sentencia, b) Otro juicio, universal en el que llegue a conocimiento de todos la sentencia merecida y todos alaben la justicia o misericordia de Dios.

   2) Por analogía. — En toda sociedad bien constituida nunca se condena a un hombre sin antes juzgarlo; asi también Dios, juez rectísimo y sapientísimo,  juzga al hombre para que este comprenda el motivo de su salvación o condenación.

   3) Testimonio de los pueblos. Aun los pueblos privados de la luz de la fe creían en un juicio de las almas. Se han hallado  en las tumbas egipcias dibujos que representan ese juicio bajo el símbolo de una balanza donde es pesada el alma. El poeta Virgilio en su “Eneida” (libro sexto, versos 565 y siguientes) hace ver cómo las almas se presentan al juez Radamanto, quien las obliga a confesar sus delitos. Análogas creencias existen en los pueblos salvajes.

Celebración del Juicio.

   El juez será Jesucristo, según lo dijo Él mismo: El Padre no juzga a ninguno: mas todo el juicio ha dado al Hijo. La razón es porque Jesucristo ha sido nuestro Redentor y como a tal le corresponde pedirnos cuenta del uso que hemos hecho de su redención.

   Jesucristo cuando nos juzgue estará revestido ya no de los atributos de la misericordia, pero sí de la justicia: será un juez justo que dará a las obras buenas y malas su verdadero valor; sabio, que todo lo conoce, hasta los más leves pensamientos; no podrá ser engañado como los jueces de la tierra; incorruptible, que no se deja desviar, como los jueces humanos, por premios o amenazas; inapelable, del cual no se puede apelar a otro juez superior para que cambie la sentencia.

   Lugar del juicio. — Donde la muerte sorprendiera al hombro, allí se levantará el tribunal del supremo Juez.

   Modo. — Dios iluminará el alma con una luz tan viva, que abarcará de una sola mirada todos los detalles de su vida, la fealdad y gravedad de sus pecados, como también la belleza y méritos de sus obras buenas.

   Materia. — Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y lo malo que hubiéramos hecho, a saber:

   a) El mal cometido, juzgado en sus causas, en su malicia, en sus efectos.
   b) El bien voluntariamente omitido (pecado de omisión) hecho con negligencia, practicado con hipocresía o por fines humanos, p. ej: para ser  visto, aplaudido, etc.
   c) Los escándalos dados a las almas, a los niños, a los criados, a los ignorantes.
   d) Las gracias de que se abusó: sacramentos, instrucciones, remordimientos, buenos ejemplos, enfermedades, reveses de fortuna, bienes materiales.
Será tan riguroso  este juicio, que apenas se salvará el justo. Dice San Pedro en su primera epístola: “Si el justo a duras penas se salvará, ¿Dónde irán el impío y el pecador?

La sentencia.

San Isidro, labrador. — 15 de mayo. (+ 973)




   El gloriosísimo patrón de la villa de Madrid y corte de los reyes de España, san Isidro labrador, fué hijo de Madrid, casado con santa María de la Cabeza, y hombre del campo, que se sustentaba con el sudor de su rostro.

    Solía madrugar mucho para oír las misas que se decían en algunas iglesias de Madrid antes de comenzar las labores del campo en la casería de un caballero de la misma villa, llamado Juan de Vargas; y como los labradores de las caserías vecinas le pusiesen mal con su amo, diciéndole que no cuidaba de su hacienda, quiso un día aquel caballero enterarse por sí mismo de lo que pasaba, y viendo que se había puesto muy tarde a arar, fuese para él con intención de reprenderle; mas acercándose a la heredad, vio como estaban arando a una parte y a otra de su criado dos pares de bueyes más, los cuales eran blancos como la nieve; con lo que entendió que los ángeles le ayudaban en su labranza.

   Otra vez sucedió que yendo unos hombres a buscar a san Isidro a la heredad, no le hallaran, sino sólo a los bueyes uncidos, que estaban por sí arando, sin regirlos nadie, y habían arado mucha tierra.

   Cuando se dirigía el santo labrador a sembrar, repartía el trigo que llevaba a los pobres, echando también puñados de él a las avecillas del campo diciendo: Tomad avecillas de Dios, que cuando Dios amanece, para todos amanece: y aunque en el camino iban los costales menguados con tanto repartimiento, en llegando a la heredad, los hallaba llenos de trigo.

   Acontecíale también, yendo al molino, repartir gran cantidad de trigo a los pobres y a las aves, y moliendo después lo poco que había quedado, salía tanta harina, que no cabía en el costal.

   Era tan caritativo que tenía costumbre todos los sábados de hacer una olla aparte para los pobres en honra de la Virgen santísima, y para dar un día de beber a su amo en la heredad, hirió con su aguijada una piedra, y al punto salió una fuente clara y milagrosa, la cual dura hasta hoy cerca de Madrid, en una ermita del santo.

   Resucitó a una hija de aquel caballero, cuando estaba ya preparada la cera y todo lo demás que era necesario para el entierro: y habiéndose un día ahogado en el pozo un hijo del santo, se puso éste con su mujer en oración; y estando así, creció el agua del pozo hasta el brocal, apareciendo el hijo vivo sobre las aguas.

   Finalmente siendo ya san Isidro muy lleno de años y virtudes, y habiendo recibido devotísimamente los sacramentos, entregó su humilde espíritu al Criador, y cuarenta años después fué hallado su bendito cuerpo sin corrupción alguna, y trasladado con grande pompa a la iglesia de san Andrés, tocando todas las campanas de aquel templo por sí mismas, y sanando milagrosamente muchos enfermos. Muchas veces ha remediado el Señor faltas muy grandes de agua por intercesión de este santo.

   Reflexión: Es de admirar la sabiduría de Dios que ha hecho a un santo labrador patrón de la corte de los reyes de España, para que los príncipes y grandes venerasen a un pobre quintero e implorasen su favor y ayuda. ¡Oh! ¡Cuántos monarcas se han postrado al pie del sepulcro de San Isidro, confesando la ventaja que hace la virtud a todas las grandezas humanas! De ella dice el Sabio, “que vale más que los tronos y cetros reales y que todas las riquezas del mundo: porque todo el oro es en su comparación un poco de arena, y la plata es como lodo delante de ella.” (Sapient. VII)

   Oración: Rogámoste, oh Dios misericordioso, que por la intercesión de tu bienaventurado confesor Isidro, nos concedas tu gracia para no sentir vanamente de nosotros mismos, y servirte con aquella humildad que te agrada. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



“FLOS SANCTVM”

lunes, 15 de mayo de 2017

Mis deseos serian comulgar a menudo; pero mi confesor no me lo permite.




   ¿Qué motivos tendrá tu confesor para no permitirte que comulgues a menudo? De seguro que si conociese que tienes las debidas disposiciones para reportar las inmensas ventajas que produce la Comunión frecuente, no solo te lo permitiría, sino que te incitaría a ello. Y yo pregunto: ¿le has suplicado tú alguna vez seriamente que te otorgue este precioso favor? Casi puedo afirmar desde ahora que no. Dice el evangelio: “Llamad, y se os abrirá: pedid, y recibiréis” Así, pues, créeme: manifiesta tu buen dedeo al director espiritual, removiendo para eso los obstáculos, modificando las costumbres, y amerándote más y más en el cumplimiento de las prácticas piadosas, sin lo cual no obtendrías quizás una respuesta favorable; y te convencerás fácilmente de que si no comulgabas más a menudo no tenía la culpa el confesor, sino que la tenías tú solo. Ahora me dirás: “Pero si yo hago todo lo que buenamente puedo, vivo del mejor modo que se, y todavía se me niega.” Si es realmente así, y dado caso de que no te engañes a tí mismo, haciéndote la ilusión de que eres bueno entonces sí que compadezco al confesor, no solo porque falta a sus deberes, sino también por la inmensa responsabilidad que pesa sobre él a los ojos de Dios, siendo la causa de tu desaliento para continuar por la verdadera senda de la piedad.

   Todos los santos sacerdotes que están animados del verdadero espirita de la Iglesia son partidarios de que se comulgue con frecuencia; siendo por esta misma razón fieles servidores del evangelio, puesto que, con un celo infatigable, conducen las pobres almas a Jesús, inspirándoles una completa confianza, e incitándolas a que se acerquen, cuanto antes les sea posible, al banquete Eucarístico, cumpliendo así el mandato del divino Maestro: “Compéleles a entrar para qué así se llene mi casa” Y siguiendo ésta máxima, no hacen más que aplicar y poner en práctica una regla general, formalmente ordenada por la misma Iglesia.

   Efectivamente, no tenemos nosotros libertad sobre este principio de la Comunión frecuente, antes bien tenernos reglas precisas que todos debemos seguir cuando se trata de la dirección de las almas, reglas que no podemos infringir sin fallar gravemente a nuestros deberes. La Iglesia las ha resumido en el célebre “Catecismo Romano de Trento” se publicó por disposición del sagrado concilio Tridentino y por los especiales cuidados del papa San Pío V, siendo su objeto el trazar a los sacerdotes el camino que deben seguir en la enseñanza de los fieles. Ahora bien; el Catecismo del sagrado concilio de Tiento declara, que los curas párrocos están obligados en conciencia a exhortar a sus feligreses a que se acerquen a comulgar con frecuencia, y hasta diariamente, puesto que el alma, lo mismo que el cuerpo, tiene necesidad de alimentarse diariamente; y añade que esta es la doctrina de los santos Padres y la de los Concilios.

La Comunión bien hecha nos preserva de los pecados veniales.




   “Llegamos al final de esta larga y edificante publicación. Si de algo les sirvió por favor eleven una oración por el ya difunto Padre José Luis Chiavarino, quien es el autor de esta obra muy antigua”

Discípulo. —Dígame, Padre: ¿cómo borra los pecados veniales la Santa Comunión?

Maestro. —La Sagrada Comunión es también medicina que sana, y fuego que abrasa y purifica. Pero, antes, dime, ¿qué es pecado venial?

D. —Es una mancha del alma que la afea, la deforma y, a veces, la hace asquerosa.

M. —Muy bien.

La Sagrada Comunión es como el hierro y como el fuego del médico, que quema y hace desaparecer las llagas del alma, quitándole las manchas. Nuestra alma se vuelve cada vez más hermosa y limpia, encontrando Jesús sus delicias en comunicarnos sus gracias especiales.

D ¡Oh Padre, qué grande es el bien que nos reporta la Comunión frecuente! Jamás se debería dejar, aunque sólo fuera por conseguir este solo efecto.

M. –– ¡Así es!...

De la misma manera que todas las mañanas nos lavamos las manos y la cara para quitarnos el polvo y las manchas y estar limpios, así cada mañana debemos lavar nuestra alma en la Sagrada Comunión. Para esto la instituyó Jesucristo, y la Iglesia desea que nos sirvamos de ella como remedio cotidiano para las deficiencias de cada día.

D. —Cosas son éstas, Padre, en las que nunca había pensado seriamente, a pesar de ser tan hermosas. Dígame ahora cómo preserva la Sagrada Comunión de los pecados mortales.

M. —De dos maneras: interna y externamente. Ante todo, nos preserva internamente nutriendo y robusteciendo nuestra alma hasta hacerla casi invulnerable al pecado mortal. La comprenderás mejor con dos ejemplos sacados de la obra Las grandezas de la Comunión.

Cuentan los misioneros venidos de Africa que en aquellas regiones se cría un animal un poco más grande que nuestro gato y que le llaman gato salvaje.

Este animal, casi siempre está en lucha con las serpientes, tan abundantes en aquella tierra: y cuentan que casi siempre vence, porque conoce bien una hierba que tiene la propiedad extraordinaria de preservar de las mordeduras venenosas de las serpientes. Cuando le asaltan, apenas ha sentido el mordisco, se revuelca en aquella hierba y la come; así está siempre dispuesto a luchar.

Herido dos y tres veces, vuelve siempre a la hierba y recupera fuerzas, hasta que logra aplastar la cabeza de su enemiga.

También nosotros estamos constantemente luchando con la serpiente infernal, que de mil formas y maneras acecha a nuestra alma.

¿Queremos salir vencedores? Tomemos el remedio infalible, el contraveneno, que es la Comunión frecuente y bien hecha, y el demonio no podrá con nosotros.

viernes, 12 de mayo de 2017

VIRGEN DE FÁTIMA Y LOS ENFERMOS –– SALUS INFIRMORUM (Salud de los Enfermos)




   ¿Cómo explicar aquel creciente entusiasmo de los fieles hacia Cova de Iria?

   La Virgen Santísima, al manifestarse a los tres pastorcitos, había prometido que escucharía las súplicas de los que confiadamente recurrieran a Ella, y los hechos han manifestado hasta la .evidencia que no fué vana su promesa:

   Hemos visto que desde la primera aparición, los fieles frecuentaron aquel lugar bendecido por la presencia de la Madre de Dios. A Ella acudían invocándola en sus necesidades espirituales y temporales, convirtiéndose Cova de Iria en escenario de continuos milagros.

   Los enfermos que llegan hasta ese lugar aumentan de año en año; la estadística oficial del: Santuario registra desde 1926 a 1987 el número de 14.725 enfermos. El 13 de mayo de 1946 en que fué solemnemente coronada la milagrosa estatua de Nuestra Señora de Fátima concurrieron a aquel sagrado lugar unos 6 mil enfermos.

   Cuando llegan los enfermos son atendidos por los Siervos de Nuestra Señora y conducidos a la Oficina de Verificación, en donde unos treinta doctores examinan los documentos y certificados médicos de cada uno, y después de someterse a una nueva inspección médica reciben el boleto de entrada al pabellón de los enfermos, donde asisten al Santo Sacrificio y reciben la bendición con el Santísimo Sacramento. Los enfermos graves, en todo momento tienen preferencia.

   Si en Fátima no se viera nada más que aquel amor desinteresado por los enfermos, sería suficiente para afirmar: “en verdad, aquí, está el dedo de Dios”; así lo nota el nombrado doctor Fischer.

   “Sería presunción pensar — escribe el Padre Da Fonseca — que en Fátima todos los enfermos recuperan milagrosamente, la salud. Es cierto, no se curan todos los que allí afluyen, pero todos regresan a su hogar espiritualmente regenerados. Allí, todos reciben un alivio espiritual, la gracia sobrenatural, que puedan, conforme a la voluntad de Dios, llevar su cruz, cruz de dolencias y contrariedades”.

   Según el registro oficial del Santuario, en veinte años recuperaron allí milagrosamente la salud más de ochocientos enfermos. Entre éstos había tuberculosos en los últimos grados de avanzamiento, ciegos, sordos, paralíticos, diversas clases de meningitis, úlceras, cáncer, etc.

   Expondremos a continuación algunas curaciones, las más notables, extraídas del libro del P. Luis G. Da Fonseca “NOSSA SENHORA DA FATIMA” y “As Grandes Maravilhas da Fátima”, de Visconde De Montelo:

NOTA: Iremos en sucesivas publicaciones contando estos milagros baste por hoy el primer ejemplo.

   —Rosa María Ribeiro, de 22 años, soltera, natural de Santo Tomé de Vade, Ponte Da Barca, hacía 16 meses que sufría los dolores de una úlcera gástrica, sin ningún mejoramiento positivo a pesar de los esfuerzos del doctor Bernardo Ribeiro Vieira. Después de permanecer internada dos meses en el hospital de Ponte da Barca, fué enviada a Porto para someterse a una intervención quirúrgica, donde permaneció otros seis meses, sin resolverse a ser operada; en la casa de la familia Pestana recibía las atenciones médicas del doctor Albino dos Santos; además, se interesó por el curso de su salud el doctor Cuoto Soares, siendo de opinión de que debía ser internada inmediatamente en un hospital por el estado en extremo grave en que se hallaba.

   Su estómago, llegado a un ínfimo grado de debilidad, no admitía ninguna alimentación. En tan crítica situación, la paciente manifestó deseo de ser trasladada a Fátima y obtener del cielo lo que el esfuerzo humano no había podido otorgarle: la salud. No obstante opinión contraria del facultativo, se sumó al número de 32 peregrinos que se dirigían a Cova de Iria de los cuales tres viajaban en busca de salud, regresando dos físicamente sanos, y otro, moralmente. El 13 de septiembre arribaron a Cova de Iria, asistiendo a la Misa de los enfermos y recibiendo en ella la paciente el sacramento de la Eucaristía a la una de la tarde. Durante la bendición especial con su Divina Majestad dada a los enfermos, no sintió ninguna mejoría, más cuando minutos más tarde, el sacerdote bendecía al pueblo, se encontró repentinamente curada, así como su compañera Narcisa de Jesús Texeira.

   Retornó a su hogar con la alegría que es fácil suponer, agradecida a la Santísima Virgen,  que bondadosamente le había devuelto la perdida salud.


“APARICIONES de la SANTÍSIMA VIRGEN en FÁTIMA”

P. Leonardo Ruskovic O. F. M.


(Año 1946)

miércoles, 10 de mayo de 2017

DE QUÉ MANERA DEBE PONERSE EN MANOS DE DIOS EL HOMBRE DESOLADO –– Por el Beato Tomás de Kempis.




El discípulo: Señor Dios, Padre santo, bendito seas ahora y para siempre, porque se hizo lo que quisiste, y es bueno lo que tú haces. Que tu siervo se alegre en ti, no en sí ni en otro alguno, porque tú solo eres la alegría verdadera, tú eres mi esperanza y corona, tú eres, Señor, mi alegría y mi honor.

¿Qué tiene tu siervo sino lo que tú le diste, aun sin merecerlo? Todas las cosas son tuyas: tú las hiciste y tú nos las diste. “Soy pobre y moribundo desde niño” (Sal 87, 16). Algunas veces mi alma llora de tristeza, y otras se alarma por la furia de mis pasiones.

Deseo la alegría de la paz. Suspiro por la paz de tus hijos, a quienes sustentas con la luz de tus consuelos.

Si me das la paz, si en mi pecho derramas alegría santa, estará el alma de tu siervo llena de armonía, y fervorosa cantará tus alabanzas.

Pero si de mí te alejas, como tantas veces lo haces, no puede mi alma correr por el camino de tus preceptos; antes cae de rodillas y se golpea el pecho, porque no se siente como antes, cuando la claridad de tu luz la iluminaba, y contra la furia de las tentaciones bajo tus alas la protegías.

Padre justo y digno de sempiternas alabanzas, ha llegado a tu siervo la hora de la prueba.

Padre amable, es justo que ahora sufra tu siervo un poco por ti. Padre digno de adoración eterna, ya llegó la hora que desde toda la eternidad previste que llegaría, en la que por breve tiempo y exteriormente sucumba tu siervo, pero interiormente viva sin cesar contigo; en la que los hombres lo vilipendien y humillen un poquito, y en su presencia se anonade; en la que tentaciones y dolencias lo torturen; más para volver a levantarse contigo en la aurora de un nuevo día y ser glorificado en el cielo.

Padre Santo, así lo mandaste, así lo quisiste: se hizo lo que ordenaste.

martes, 9 de mayo de 2017

GRACIAS ESPIRITUALES EN FÁTIMA –– Varios ejemplos conmovedores.






   La Santísima Virgen, en su Santuario de Fátima no solamente dispensa múltiples gracias curando las dolencias físicas de quienes fervorosamente acuden a Ella; dispensa también otro género de gracias, para nosotros de muchos más subidos quilates, gracias tan necesarias para nuestra salvación.

   Estos milagros morales, milagros en sentido espiritual, son consoladoramente más numerosos que las curaciones instantáneas de enfermedades materiales. No hay peregrinación en que no se registren varios de estos milagros morales. Referiremos los principales, extraídos del libro ya anteriormente citado del Padre Luis G. Da Fonseca, profesor del Instituto Bíblico en Roma.

   Ya hace tiempo debí haber venido aquí. Era el 13 de mayo de 1928. Después de la bendición con su Divina Majestad, impartida a los enfermos por Monseñor José Alves Correira Da Silva, cayó ante él un joven elegantemente vestido, llorando amargamente...

   — ¿Hay algún enfermo más? —preguntó el doctor Pereira Gens, director del hospital del Santuario, quien siempre acompaña al Santísima Sacramento, en el acto de la bendición a los enfermos para registrar los diversos efectos producidos en ellos. Nadie respondió a la pregunta del doctor.

   — ¿Qué se le ofrece a usted? —preguntó entonces el doctor, dirigiéndose al joven.

—Soy un enfermo del alma —contestó éste— y también quiero recibir la bendición.

   Conmovido el señor obispo, lo bendijo. Se levanta, abraza al doctor, y todo emocionado le dice:

   —Ya: hace tiempo que debí haber venido aquí.

   —Amigo —contesta el doctor—, mientras vivimos nunca es tarde.

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Vino a burlarse y la Santísima Virgen lo convirtió.

   En otra ocasión, durante la procesión nocturna, encontrábase muy cerca un grupo de señores que llegaron a Cova de Iria para ver y hacerse ver.

   Estaban con los sombreros puestos y en actitud evidentemente irónica. De improviso, uno de ellos, impulsado por una fuerza superior, se quita el sombrero, se arrodilla y empieza a rezar.

   — ¡Hola!... ¿Y tú también sabes rezar? —le decían mofándose de él sus compañeros.

   — Aquí se aprende —fué la respuesta, y siguió rezando.


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No era ni bautizado.

   El 12 de mayo de 1930, entre la multitud de fieles que esperaban el turno para confesarse, se destacaba un hombre de cuya actitud fácilmente se podía deducir que no estaba preparado para confesarse. Y al acercarse al confesionario, el sacerdote le preguntó:

   — ¿Qué deseaba usted?

   — Padre —contestó—, querría confesarme, comulgar y bautizarme.

   De la contestación, el sacerdote dedujo, que hablaba con un hombre ignorante en la doctrina cristiana. Y en verdad; el improvisado penitente era un comerciante de Lisboa, que se había trasladado a Fátima con el fin de “divertirse” un poco de los fanáticos..., pero cuando contempló con sus propios ojos aquella fe viva y ardiente de los peregrinos, brotó en su alma vivo deseo de ser cristiano y buen cristiano. Lo que, gracias a la Santísima Virgen, consiguió allí.

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Un chófer hecho misionero.

CALLAR PECADOS MORTALES EN LA CONFESIÓN, (UN HORRIBLE EJEMPLO) –– Por el P. Fr. Andrés Ma. Solla García.




   En la provincia de Güeldres hubo una mujer que por espacio de once años calló en la confesión un pecado de deshonestidad que había cometido. Pasando por el pueblo en que vivía esta mujer, dos religiosos de la Orden de nuestro Padre Santo Domingo, uno Sacerdote y otro lego, se acercó al primero, creyendo ocasión oportuna de confesar a aquel desconocido el pecado que tantas veces había callado, y le pidió que la oyese de confesión. Accedió gustoso el religioso y mientras la confesaba, el compañero permaneció en oración en la misma iglesia, y luego observó que mientras aquella mujer se confesaba salían de ella muchas y asquerosas culebras, y que una más disforme y asquerosa que las demás, asomaba de cuando en cuando la cabeza para salir, más  luego volvía a recogerse, y que cuando se hubo recogido del todo al terminar la confesión, todas las demás que habían salido volvieron a entrar en aquella mujer. Acabada la confesión, los dos religiosos siguieron su camino, y andadas algunas millas, el religioso lego refirió al otro la visión que había tenido en la iglesia. Este sospechó al momento lo que aquella visión significaba, y determinó volver atrás con el objeto de decir a aquella mujer que volviese al confesonario, más al llegar al pueblo luego les dieron la infausta noticia de que aquella mujer muriera de repente al entrar en su habitación. Consternados los religiosos al oírlo, determinaron pasar tres días en ayuno y oración, pidiendo a Dios que se dignase manifestarles el estado de aquella alma en el otro mundo. En la noche del tercer día se les apareció aquella infeliz mujer rodeada de abrasadoras llamas, y arrastrada por un demonio en figura de horrible dragón; al rededor del cuello tenía enroscadas dos serpientes que la oprimían la garganta y le mordían cruelmente los pechos; en la cabeza una víbora horrible que la punzaba sin cesar; en los ojos dos sabandijas asquerosísimas que la roían sin descanso; en los oídos saetas encendidas que la penetraban hasta el cerebro; de su boca salían llamas de fuego, y dos monstruosos perros la atenazaban y mordían continuamente las manos y los pies, atados con cadenas de fierro candente; y dando un espantoso grito, dijo: ¡Ay de mí! ¡Yo soy la misma desventurada mujer que habéis confesado hace tres días! Aquellas asquerosas culebras que salían de mí, eran los pecados que iba confesando, y aquella otra más disforme era figura de un pecado deshonesto que siempre he callado por vergüenza en las confesiones. Al ver en vos un confesor desconocido intenté confesarlo, pero él demonio me sugirió tal vergüenza que volví a callarlo como siempre. Por eso ha visto vuestro compañero que al terminar la confesión se recogió definitivamente, y con el volvieron a mi todos los demás que había confesado. ¡Ay¡ ¡Y ¡cuánto me atormentan ahora y cuan fácilmente pude confesarlos todos y salvarme! Pero cansado Dios de sufrirme tantos pecados y sacrilegios, me mandó una muerte repentina, y me arrojó a los infiernos, en donde soy atormentada horrorosamente por los demonios en figura de horribles animales.

   Esta víbora que traigo en la cabeza es un demonio que me atormenta espantosamente por mi orgullo y soberbia, y por la vanidad y esmerado cuidado en adornarme para servir de lazo a las almas de los jóvenes incautos y lascivos; las sabandijas que me roen los ojos son otros dos demonios que me atormentan sin cesar por mis miradas impuras y libidinosas; estas saetas encendidas me traspasan los oídos, por haber puesto atención y escuchado con gusto murmuraciones, palabras torpes y canciones deshonestas; estas serpientes que traigo enroscadas al cuello son también otros dos demonios que me ahogan la garganta y me muerden los pechos, por haberlos llevado siempre con poco recato, y a veces de un modo provocativo, por los abrazos deshonestos que he admitido, y por las alhajas y preseas con que excesivamente me he adornado; estos perros rabiosos me atenazan las manos y los pies por mis malas acciones y tocamientos impuros, por mis bailes y paseos a los sitios en que se ofendía a Dios; pero lo que más me atormenta sobre todo esto, es este formidable dragón que me arrastra. Esteme roe y despedázalas entrañas, me punza el corazón, me aprieta y atormenta en todos los miembros que han servido a la iniquidad, me recuerda todos mis pecados, y por cada especie de ellos me da un tormento particular insufrible.

   ¡Desgraciada de mí! ¡Ya no tengo remedio! ¡Para mí se acabó ya el tiempo de la misericordia! ¡Ay! ¡Y cuan fácilmente pude salvarme! ¡Oh maldita vergüenza que me has abandonado para pecar, y me has atado para confesarme! Dicho esto dió un grito espantoso, abrióse la tierra, y el horrible dragón la arrastró consigo a los infiernos, en donde sus tormentos jamás tendrán fin.

   ¿Y qué ha de ser de ti oh cristiano, que esto lees, si por tu desgracia has callado algunos pecados en la confesión, y no té resuelves a confesarlos cuanto antes? ¿Qué ha de ser de ti si al momento no reparas por medio de una confesión general, tantos pecados, tantos sacrilegios como has cometido? ¿No temes que te suceda lo que a aquella desventurada mujer? Ella había callado un solo pecado mortal, y por más que confesó los demás, ninguno le fué perdonado, y por todos es y será eternamente atormentada en los infiernos. Otro tanto te sucederá a ti seguramente si la muerte te sorprende en ese mal estado. ¡No lo permita Dios!



“EL GRAN LAZO DEL INFIERNO”

Conozco muchas personas piadosas que comulgan muy rara vez –– Por Monseñor de Segur.




   En cambio conozco yo muy pocas; pudiendo además afirmar que muy pocas son las personas que comulgando a menudo no sean verdaderamente piadosas en toda la acepción de la palabra.

   Por lo visto estás en un grande error, teniendo por personas piadosas las que solo son religiosas. Ante todo es necesario que no confundas la religiosidad con la piedad. Basta observar al pié de la letra los mandamientos de Dios y de la Iglesia, oír misa todos los domingos y demás fiestas de guardar, comulgar en las más señaladas, guardar el debido respeto a la Religión y vivir honradamente, para ser una persona religiosa: pero de esto, y ser verdaderamente piadoso, hay una diferencia inmensa; pues para que se pueda decir de una persona que es piadosa, es necesario que vaya más allá, que viva más identificada con el amor de Jesucristo.

   El cristiano que una vez ha entrado en las prácticas de la verdadera piedad, no se ciñe exclusivamente al cumplimiento de los preceptos; sino que emplea todas sus fuerzas para poner en práctica todos y cada uno de los consejos que nos da el Evangelio, tales como el desprendimiento de sí mismo, el recogimiento interior, el celo por la salvación de las almas, en una palabra, todo aquel hermoso conjunto de virtudes que constituyen o forman la santidad cristiana; obrando más bien por amor que por deber, y tomando la preciosa costumbre de considerar el servicio de Dios, no como un yugo pesado, sino como un deber tierno y filial.

   Dime tú ahora; ¿conoces por ventura a muchas personas que; estando animadas de esta verdadera piedad, se acerquen pocas veces a recibir la sagrada Comunión? Esta sería la primera vez que habría efectos sin causa, puesto que la Iglesia católica nos enseña que el acto esencial de la piedad es la sagrada Comunión.

   La experiencia, nos demuestra que tan imposible es el que una persona sea piadosa no comulgando muy a menudo, como el que tenga una salud robusta faltándole un buen sistema de alimentación.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


DEL AGRADECIMIENTO DE LA GRACIA DE DIOS –– Por el Beato Tomás de Kempis.



   ¿Por qué quieres descansar, si para trabajar naciste? Prepárate a padecer, más que a recibir consuelos; a llevar la cruz, más que a gozar. ¿Quién de entre los mundanos no se alegraría de recibir consuelos espirituales, si pudiera siempre alcanzarlos?

   Porque los consuelos espirituales son más dulces que todas las delicias del mundo y todos los placeres sensuales.

   Todos los placeres mundanos son vergonzosos o vanos; más los deleites espirituales son los únicos puros y serenos; pues son hijos de las virtudes, y los derrama Dios en el seno de las almas puras.

   Pero nadie puede gozar de esas delicias divinas cuando le plazca, porque las tentaciones no nos dejan mucho tiempo en paz.

   Gran obstáculo para esas visitas del cielo son la falsa libertad de espíritu y la excesiva confianza en sí mismo. Dios hace bien al dar la gracia de la consolación; mas el hombre hace mal no reconociendo que de Él solo la recibe, y no agradeciéndosela.

   Esta es la razón de que los dones de la gracia no se derramen con más abundancia sobre nosotros: que somos ingratos a quien los da, y no lo reducimos todo a la fuente de donde mana.

   Se da siempre la gracia a quien la agradece, y al soberbio se quita lo que al humilde suele darse.

domingo, 7 de mayo de 2017

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO VI - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Pero si Dios es tan bueno...

   Reconfortados ya los contrincantes con una buena taza de café con leche, metiéronse de nuevo en el coche, y al instante partió el tren.

FRANCISCO: — ¿Cómo decías tú, amigo Adolfo, —dijo Francisco, que por ser Dios tan bueno Dios no puede castigar las almas con el fuego del infierno?

ADOLFO: — En efecto; eso digo yo, y conmigo media humanidad...

FRANCISCO: — Pues contéstame: ¿no es verdad que, cuanto mejor es uno, tanto más abomina y detesta la maldad y el pecado?

ADOLFO: — Convenido.

FRANCISCO: — Luego Dios, que es infinitamente bueno, debe aborrecer la culpa a proporción de su bondad, es decir, debe odiar el pecado con odio infinito. ¿Y cómo se manifiesta este odio irreconciliable sino por el modo más expresivo, con el castigo de los que se obstinan en morir en él?

   Estás, pues, en error crasísimo; y tan lejos están la bondad y la justicia de oponerse a las penas del infierno, que antes bien las reclaman con toda su fuerza.

ADOLFO: — Pero, Francisco, Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, ¿cómo ha de sufrir que sus hijos ardan sumidos en un mar de fuego? Esto es demasiado cruel, es bárbaro; es hacer de un Dios un tirano, un Nerón, un...

FRANCISCO: — No te sofoques y no discurras como las mujeres, con el corazón y los nervios, sino con la cabeza. Mira, Adolfo: nunca es cruel lo que no traspasa las lindes de la justicia; y si Dios es Padre lleno de caridad, es a la vez Juez justísimo, que falla sentencia según ley. Escucha esto:

   Refiérese que predicaba en cierta ocasión en la iglesia de su convento un fraile, ponderando con santo celo las misericordias de Dios para que los pecadores arrepentidos volasen con gran confianza a su seno para pedir perdón de sus culpas. Escuchábale un lego; y creído que tanto aladar la bondad de Dios sin hablar palabra de su divina justicia era dar alas a los pecadores para continuar en sus vicios, apenas el Padre hubo concluido su sermón, subióse el lego al pulpito y dijo: — Hermanos míos carísimos: cuanto acaba de predicar el Padre es verdad evangélica; pero no os fiéis, porque os digo, y no me lo negaréis: a Dios, quien se la hace sé la paga.

   Adolfo, inmensa es la bondad de Dios, pero también es infinita su justicia.

Comulgad bien, porque la comunión bien hecha conserva la vida del alma




Discípulo.¿Cuáles son, Padre, los principales efectos de la Comunión frecuente?

Maestro. — En el Catecismo donde se pregunta: “¿Qué efectos produce la Sagrada Comunión?”, se responde: “La Santísima Eucaristía: Conserva y aumenta la vida del alma, así como el alimento material conserva y aumenta la vida del cuerpo; Borra los pecados veniales y preserva de los mortales; Nos une a Jesucristo y nos hace semejantes a Él”.
Vayamos por partes; ante todo, para comprender bien cómo la Sagrada Comunión conserva y aumenta la vida del alma, es preciso estar convencidos de que la Comunión no es una devoción cualquiera, sino que es un Sacramento. Muchos se acercan a comulgar únicamente para conseguir una gracia o por hacer un acto ordinario de devoción. La Comunión no está instituida para esto, aunque pueda conseguirlo, pues la práctica más importante de devoción. Su finalidad es más sublime; su fin principal y su efecto es el de conservar en nosotros la gracia, que es la vida del alma.

Si yo te preguntara cuál es la cosa más preciosa del mundo, ¿qué me dirías?

D. — Pues que la vida es el todo, y que todo se sacrifica por conservar la vida.

M.Muy bien; pero más preciosa es la vida del alma. Y si para conservar la vida del cuerpo estamos siempre dispuestos a soportar fatigas y sudores, medicinas amargas y costosas, operaciones difíciles y peligrosas, aún debemos estar mejor dispuestos para asegurar la vida del alma, y como es la Sagrada Comunión la que conserva y sostiene esta vida del alma, debemos procurar con el mayor empeño y diligencia frecuentar la Sagrada Comunión y hacerla bien.

Cuenta la Historia que la impía reina Isabel de Inglaterra, llena de odio contra Dios y contra los católicos, publicó un decreto con el que condenaba a pagar cuatrocientos escudos de oro y la prisión a quien recibiera la Sagrada Comunión. Un caballero inglés, cristiano ferviente, al conocer el decreto, determinó, a pesar de todo, seguir comulgando. Vendió inmediatamente todas sus mejores alhajas, y del dinero mandó hacer costalitos de cuatrocientos escudos. Cada vez que le sorprendían los guardias comulgando, y por ello era condenado a pagar la multa, tomaba en seguida uno de aquellos costalitos y los llevaba al tribunal, se lo entregaba a los jueces y públicamente protestaba y decía que él de muy buena gana gastaba aquel dinero con tal de no dejar la Sagrada Comunión.

El Cardenal Newman fué antes Obispo protestante. Al tratar de hacerse católico le decía un amigo suyo: — ¿Has pensado bien en el paso que vas a dar? Si abjuras y te haces católico, perderás tu rico sueldo; ten en cuenta que son cincuenta mil pesos anuales.

A lo que Newman, levantándose, respondió: — ¿Qué son cincuenta mil pesos comparados con la Comunión?
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